Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 11.2. Basta de ocultarlo

Capítulo 11.2. Basta de ocultarlo

Max dedicó el martes a los asuntos del club de fútbol. Se reunió con el director y los empleados del club, les contó su plan y les mostró que ya había lanzado la publicidad en las redes sociales. A todos les gustó la campaña, pues incluía fotos de los partidos e historias interesantes sobre los canteranos.
Valentín también presentó los resultados de su trabajo. Ya habían empezado a traer materiales y enviaban fondos a la cuenta bancaria del club. Los niños y los padres también apoyaron al club y, mientras Max con la administración redactaban una solicitud oficial para las autoridades, comenzaron a pintar. Cuando Max salió, satisfecho con el resultado y con los documentos en la mano, recordó que tenía ropa de cambio en el coche. Se cambió rápidamente y se unió a todos.
—¡Hola, Máxim! —escuchó una voz a sus espaldas. Era Kazimir, el mejor amigo de su hermano e hijo de Violetta—. ¿De qué color pintamos los asientos de las gradas?
—Ehh... —se descolocó un poco Máxim. Tampoco es que estuviera tan metido en el papel de capataz como para ir repartiendo tareas y dirigiendo el proceso—. ¿Y qué colores hay? —preguntó Max mirando la cantidad de asientos.
—Lo que más hay es pintura amarilla, verde, azul y roja —informó Kazimir.
—Hm... Propongo pintar los asientos de azul y amarillo, quedará patriótico; la malla de la cerca de verde, y usar el rojo para las papeleras, para que los francotiradores vean exactamente a dónde apuntar —propuso Max, y todos se rieron de su broma sobre los francotiradores.
—De acuerdo. ¿Quedó claro? —se dirigió Kazimir a los chicos.
—¡Sí! —respondieron todos a una y fueron a coger la pintura y las brochas.
—No veo hoy a Serge por aquí con ustedes —dijo Max, escaneando atentamente a los niños una vez más.
—Es que hoy está con Mary. Protegiéndola de toda clase de sabandijas —respondió Kazimir y le guiñó un ojo—. Y mañana estará trabajando con nosotros.
Máxim comprendió que Kazimir sabía más de lo que él pensaba. Le dio curiosidad saber qué tanto sabía Violetta y si no pensaba contárselo a Mary. Sus pensamientos se reflejaron en su rostro y Kazimir se dio cuenta.
—¡Oye, no te preocupes tanto! Mi mamá está al tanto, pero no te va a delatar. Ya lo resolverán entre Mary y tú —dijo Kazimir y se fue con los chicos.
—¡Vaya por dónde! Conque Violetta también está al corriente —se dijo Max para sus adentros.
Él también cogió pintura y una brocha para ayudar a los chicos, pero antes llamó por teléfono y pidió que trajeran agua, vasos desechables y pizza. Trabajar en equipo da gusto, pero el trabajo al aire libre abre un hambre feroz.
Max pintaba, bromeaba y no se daba cuenta de los destellos de la cámara otra vez...
El miércoles se intercambiaron las ubicaciones con Serge. Serge con Kazimir pintaban la cerca del club de fútbol, mientras que Max y Valentín se fueron al liceo.
Durante este tiempo, los obreros habían logrado terminar la reforma en el segundo piso del liceo. Las aulas, los pasillos y el salón de actos ya estaban impecables. Ahora le tocaba el turno a la primera planta. Valentín decidió empezar por la enfermería. Quería hacer las cosas a conciencia allí, porque era donde trabajaría Bozhena. Max se encargó del comedor.
Cuando el trabajo estaba en pleno apogeo, Violetta se acercó a Max. Tan sigilosa como de costumbre, como un gato.
—Buenos días, Máxim. Veo que hoy trabajas por aquí —dijo Violetta.
—¡Buenos días! Sí, hoy pienso hacer el comedor, y los chicos se pusieron con las aulas. Espero que en unas dos semanas terminemos la reforma —respondió Max y bajó de la escalera—. Gracias a usted, Violetta Viktorovna, por haber organizado a los padres de los futbolistas —agregó Max, pues Artiom Vasílievich le había hablado de la presidenta del comité de padres, que había puesto a todo el mundo firme.

—Es que es nuestra causa común —decidió hablar sin rodeos la mujer—. Kazimir me contaba con tanto entusiasmo lo de los partidos, y ahora lo del trabajo en equipo, que no sé cómo darte las gracias. De las pantallas y consolas ni se habla. Llega tan cansado del entrenamiento o de pintar que solo come y se va a dormir. Y antes no había forma de despegarlo de los videojuegos.
—Estas cosas unen. Serge también se olvidó de los juegos —sonrió Máxim—. Violetta Viktorovna, quería pedirle un favor. ¿Sería posible matricular a dos niños en el liceo? Son los hermanos de mi amigo. Se mudaron a nuestro barrio y ahora están buscando centro educativo. La chica tiene la edad de Serge, y el niño más pequeño va a primer curso.
—Está bien, que traigan los documentos —dijo Violetta.
—¿Puedo pedirle algún descuento para estos niños? La madre y el padre están privados de la patria potestad y el hermano mayor asumió la custodia —aclaró Máxim.
—Algo se nos ocurrirá —dijo Violetta—. Máxim, eres un buen muchacho. Inteligente, bueno, y las manos te nacen, de forma inesperada, del sitio correcto; pero habla con Mary. Que se entere de todo por ti —le pidió Violetta—. Es que entiendo perfectamente que ese tal Dania no vino aquí por amor al arte.
—Hablaré con ella sin falta y se lo contaré todo, pero es que no he tenido el momento oportuno. Siempre sale una cosa u otra —se justificaba Max.
—El fin de semana es el cumpleaños de Serge, Mary también está invitada.
—Sí, lo sé —respondió Max.
—Procura contárselo antes de la fiesta, basta ya de ocultarlo todo —dijo Violetta, sin darse cuenta de que detrás de ella estaba Mary.
—¿Ocultar qué? —preguntó la chica.




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