Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 12.2. La confesión

Capítulo 12.2. La confesión

—¡No debe hablar! Guarde fuerzas —dijo el sanitario.
—¡¿Y si no me da tiempo?! —miró Vasily Maksimovich al hombre con reproche—. Nietecito, perdóname a este viejo imbécil. ¡Si eres igualito a un Gorójov! ¡Eres mi viva imagen! —dijo el hombre.
Máxim hizo una mueca de disgusto y apretó los dientes al oír ese apellido.
—Veo que a ti tampoco te hace gracia ese apellido. Tu padre es mi único hijo biológico. Él llevaba el apellido Gorójov hasta que me enteré de que estaba enamorado hasta las trancas de su Margó. Yo quería que mi hijo se casara con Svetlana, la madre de Dania y Anna, pero Román se mantuvo firme. Decía que era hombre de una sola mujer. Aunque esa es la pura verdad. Yo nunca quise a nadie más que a tu abuela Tamara. Olena, la madre de Igor, fue una casualidad que supo embaucarme y me sacó hasta el alma hasta que la eché tras pillarla con su amante. Y yo, como un estúpido, eché a Román y le dije que renegaba de él cuando volvió a repetirme que no dejaría a Margarita. ¡Qué testarudo era! Le di mi apellido a Igor, y mi hijo se casó con Margarita y tomó el de ella. Yo estaba furioso con él. ¡Despechado! Privé a mi único hijo biológico de todo. Se fue con lo puesto. Pensé que se doblegaría, que vendría a pedirme ayuda, ¡pero qué va! ¡Trabajó como un demonio! Montó su propio negocio. ¡Todo él solo! ¡Él solo! Y yo entregando todos mis bienes a gente extraña. A unos canallas desagradecidos que encima planearon envenenarme —contaba el hombre, mientras todos guardaban silencio escuchando su confesión. Solo Max sostenía entre las suyas la manita de Mary y agradecía que ella no la retirara. Ella sentía lo importante que era su apoyo para Max. Y la verdad... Bueno, la verdad ya la sabría después. Ahí estaba ese hombre, que se había pasado toda la vida esperando para contar la verdad.
—Yo me enfurecía aún más porque seguía los éxitos de Román. Me sacaba de quicio que mi hijo no me hubiera hecho caso, que no necesitara mis contactos, que encima desarrollara su negocio en otro sector —decía el hombre, limpiándose las lágrimas—. Comprendí que me había equivocado cuando vi los éxitos de mi hijo. Cuando veía su rostro feliz junto a su esposa. E Igor se casó con Svetlana. ¡Dios los cría y ellos se juntan! ¡Una pareja de víboras! ¡Ojalá se muerdan el uno al otro y se atraganten con su propio veneno! Yo siempre los observaba desde la distancia. Quise felicitar a mi hijo por el nacimiento de su primogénito, pero a Igor justo le nació Dania por las mismas fechas. Da la impresión de que Igor se pasó toda la vida compitiendo con Román. Quería superarlo, pero lo único que conseguía era hundirse más en el fango. Mi imperio empresarial Gorójov empezó a dar tumbos por culpa de sus ideas absurdas. Casi me hunde el negocio. Le quité a ese inútil todas las gestiones importantes. No sé por qué esperaba, ingenuo de mí, que Dania fuera diferente, pero de tal palo, tal astilla... Él también está podrido, echado a perder y agusanado. Nietecito, no sé si mi hijo me perdonará, pero te pido perdón a ti. Por no haber estado a tu lado, por no haberos ayudado, por no haber sabido protegeros de los errores, por no haber querido en su día que tu madre estuviera con mi hijo. ¡Qué idiota fui! Ahora me veo a mí y a mi hijo reflejados en ti. Te pareces a mí por fuera, pero en el carácter eres todo Román. Ahí estás, sosteniendo a tu chica de la mano y mirándola con ese fuego. Perdóname, nietecito —pidió el hombre.
—Llegamos. Ahora le examinará el médico —dijo el sanitario al ver que ya habían entrado en el recinto del hospital.
—Máxim, no me dejes, por favor —pidió el hombre—. Aunque sea ahora, quédate a mi lado.
—Está bien —dijo suavemente Máxim, sin soltar la manita de Mary, quien también estaba conmovida por la confesión de Vasily Maksimovich.
Cuando se llevaron al hombre en la camilla por los pasillos, Max y Mary iban detrás. Vasily Maksimovich sufrió una crisis y los médicos intentaban estabilizarlo. Cuando las puertas se cerraron tras el abuelo, Max miró a Mary.
—Llama a tu mamá, pregúntale qué tal está tu padre —le indicó ella—. Y yo voy a llamar a Violetta.
Mary había visto a Violetta en la fiesta y ahora a la chica le quedaba claro de qué fiesta y de qué confesión hablaba la mujer aquel día en el comedor. ¡Menudo es Max! ¡La tenía acorralada por todos lados! Ya le daría su merecido, pero no ahora.
Mary llamó a Violetta Viktorovna y se enteró de que, tras la marcha de las ambulancias, el ambiente festivo se había echado a perder. La mujer despidió a todos los niños y, junto con su hijo y Serge, se fue a casa de los Veliky. Serge se empeñaba en ir a ver a su padre, pero Violetta logró convencerlo de que en este momento no podría hacer nada. El chico se tranquilizó un poco al oír la voz de su madre, quien le dijo que a su padre lo estaban operando y que todo saldría bien. Apenas le dio tiempo a Violetta de colgar cuando la llamó Mary. María le dijo que estaban en el hospital con el abuelo y que los médicos intentaban hacer todo lo posible.
—Mary, no te enfades con Max. No le dio tiempo a confesártelo. Es muy buen chico. Lo de la reforma lo hizo por ti —defendía Violetta a Max—. Él quería contarte la verdad, pero se le juntó tal cantidad de trabajo que no daba abasto.
—Aún no hemos tenido tiempo de hablar de eso. No es el momento —respondió Mary—. Dígale a Serge que seguimos en el hospital.
—Está bien. Y tú apoya a Máxim. Sé sabia —le aconsejó Violetta—. Es un buen chico.
—Lo sé —respondió Mary.
—¿Qué ha dicho Violetta? —preguntó Max cuando vio que Mary también había terminado la llamada.
—Se ha encargado de los niños que vinieron a la fiesta, y Serge ya está en vuestra casa con Kazimir —respondió Mary—. ¿Cómo está tu padre? —preguntó lo que más le preocupaba.
—Ahora está en el quirófano. Mi mamá dijo que el paciente al que iban a operar falleció, y como ya estaba todo listo para la intervención, los médicos decidieron operarlo de inmediato porque el corazón podía no aguantar —dijo Max, conteniendo a duras penas las lágrimas.
Mary no dijo nada y lo abrazó. Max la estrechó fuertemente contra sí y le susurró en el cabello:
—Perdóname por no haberte dicho la verdad desde el principio. No soy obrero de la reforma. Mentí para estar cerca de ti; tenía miedo de que no me prestaras atención y me tuvieras por un informal.
—Prométeme decir siempre la verdad, sea cual sea, y terminar la reforma del liceo —pidió Mary mientras lo abrazaba, comprendiendo lo mucho que la necesitaba él en ese momento. Era como si pudiera sentir su dolor, su desesperación, su miedo y la angustia de toda esta situación.




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