Capítulo 12.1. Ambulancias
Máxim corrió hacia su padre e intentó levantarlo.
—¡Papá! ¡Papá! —gritaban Máxim y Serge.
Máxim no veía que detrás de ellos había un hombre por cuyas mejillas corrían lágrimas, recriminándose a sí mismo:
—Hijo, ¿pero qué he hecho? —susurraba el hombre.
—¡Máxim! —reconoció la voz de Mary, y Máxim vio que el anciano también había caído sobre la arena y empezaba a asfixiarse.
Máxim corrió rápidamente hacia él. Por todos los síntomas, comprendió que el hombre estaba sufriendo un ataque de asma. Serge también tenía asma y todos los miembros de la familia sabían cómo actuar en situaciones similares.
—Debe tener el inhalador en algún sitio —dijo Máxim inclinándose sobre el hombre, pero siguiendo por visión periférica el estado de su padre. Max vio que su padre abría los ojos. Mary encontró el inhalador y se lo dio a Max. Máxim realizó las maniobras necesarias y sintió cómo el hombre daba una inhalación firme, apoyando su anciana palma sobre la mano de Max.
—¡Serpiente! ¡¿A dónde te crees que vas?! —le rugió Violetta a Dania, que ya intentaba poner pies en polvorosa tras haber hecho de las suyas, confiando en que las ambulancias no llevaran a tiempo a los pacientes a su destino—. ¡¿Te crees que vas a librarte de la responsabilidad?! ¿Te dije o no te dije que no te anduvieras rondando a Mary? ¡Te lo dije!
Dania no se esperaba que lo detuviera una mujer. Y menos de una forma tan pertinaz. Violetta se aferró a su brazo con un agarre mortal.
—¡Suéltame! —gritó Dania e intentó empujar a la mujer.
Violetta reaccionó al instante y le propinó a Dania un golpe seco justo en las partes nobles. Cuando él se dobló en dos soltando un alarido en falsete (porque Violetta le dio pero bien), la mujer le estampó con todas sus fuerzas en la cara su bolso con hebilla metálica. La sangre le brotó de la nariz a chorros y Dania ya no sabía de qué agarrarse: si de las partes nobles o de la nariz, que esta vez definitivamente estaba rota.
Por extraño que parezca, las ambulancias llegaron rápido y una detrás de la otra. En una de ellas metieron a Román Vasílievich. Con él se fue su esposa. Y a la segunda llevaron al hombre, que no soltaba la mano de Máxim.
—Nietecito, por favor... —pidió el hombre y perdió el conocimiento, soltando la mano de Máxim.
—¿Quién va con el paciente? —preguntaron los paramédicos.
—Nosotros —respondió Máxim y tomó a Mary de la mano.
No era el momento más oportuno para confesiones ni para conversaciones, pero Max temía que si soltaba la manita de Mary, no la volvería a ver. Miró su rostro extrañado de una forma tan suplicante y sincera que a ella no le quedó más remedio que asentir en silencio y seguirlo.
Max miró hacia atrás y vio a Violetta junto a la jeta ensangrentada de Dania, y decidió que se le podía confiar el cuidado de los niños. Violetta Viktorovna notó la mirada de Max, que la atravesaba con los ojos, y asintió, dándole a entender que ella se haría cargo de Serge.
Las ambulancias avanzaron por las calles con las sirenas encendidas, anunciando la gravedad de los pacientes.
Margarita Mijáilovna sostenía a su esposo. Ella había reconocido a Máxim Vasílievich: el padre de su marido. Hacía mucho que la mujer no lo veía, aunque en secreto deseaba que su esposo se reencontrara con su padre. Margarita veía a menudo en los ojos de su marido el dolor y la morriña por su padre. No importa cuántos años tengamos, siempre seguimos siendo niños mientras nuestros padres estén vivos. La madre de Román falleció cuando él terminó la escuela, y su padre... Su padre renegó de su hijo. Renegó por culpa de ELLA.
Margarita sintió un pánico enorme al ver a su esposo tendido en la arena. ¿Cómo vivir sin él? ¿Cómo? ¡No! Solo con él. ¡Si aún tenían tantos planes! Se limpió las lágrimas y sacó fuerzas de flaqueza. Margarita comprendió que ya lloraría, pero después. Ahora su esposo la necesitaba. Mientras los médicos le prestaban los primeros auxilios, ella llamó al cardiólogo que atendía a su marido y le contó que se había puesto mal. El médico le pidió que le pasara el teléfono a alguno de los sanitarios.
Margarita así lo hizo. El sanitario escuchó con atención, le explicó el estado del paciente y le dio al conductor otra dirección. La mujer comprendió que a su esposo lo llevaban al centro cardiológico. Resultó que el paciente al que debían operar en ese momento acababa de fallecer. Los médicos, los fármacos y el quirófano estaban listos. Aunque el turno de Román Vasílievich era dentro de mes y medio, considerando el estado del paciente y esta situación, ¡el médico tomó la decisión de operarlo de inmediato!
En la segunda ambulancia la situación no era menos dramática. Mary y Max iban sentados uno al lado del otro mientras los sanitarios atendían al hombre.
Cuando los monitores dejaron de pitar y el estado del paciente se estabilizó más o menos, el paramédico se dirigió a Máxim:
—¿Tiene alergias a algún medicamento?
—No lo sé —respondió sinceramente Máxim.
—¿Qué edad tiene el paciente? —preguntó el mismo sanitario.
—No lo sé.
—¿Y el nombre? —preguntó el hombre con disgusto.
—Vasily —susurró con voz ronca el abuelo—. Nietecito, ¿cómo está mi hijo? ¿Cómo está Román? —preguntó el hombre lo que más le carcomía por dentro.
—No lo sé. Mi mamá tiene la línea ocupada —respondió Máxim. Le resultaba extraño escuchar la palabra «nietecito». Sabía que su madre se había criado en un orfanato y no conocía a sus padres, aunque en más de una ocasión había intentado buscarlos. Sabía que su abuela por parte de padre había muerto antes de que él naciera, y sobre su abuelo nunca se hablaba.
—Margarita es muy buena. Es una gran esposa. Fiel, sincera, amorosa. Fui yo, un imbécil, que no supe ver sus virtudes en su momento y obligaba a mi hijo a casarse con otra...