Capítulo 11.1. ¡El trabajo hierve!
Max se encontró con su padre por la mañana en la cocina. Román Vasílievich estaba animado y dispuesto a entrar en una fase de actividad intensa.
—Buenos días, hijo —saludó el hombre.
—¡Buenos días! Tienes muy buen aspecto —lo animó Máxim.
Tomaron juntos un té con limón y se fueron a los exámenes médicos. En dos centros más, los doctores llegaron a las mismas conclusiones que el médico que recomendó la operación inmediata.
Román Vasílievich no insistió más en sus terquedades y firmó de inmediato todos los documentos. Max no pudo evitar notar los cambios en la actitud y en la motivación de su padre. No se puso a hacer preguntas, pero le contó que ahora tendría que resolver también el asunto del club de fútbol.
—¿Ves como todo encaja? Tu destino es ir a concejal. Hay que renovar a esos viejos carrozas con gente joven y prometedora, porque a ellos el deporte no les importa y en el futuro ni piensan —reflexionó Román Vasílievich.
—Mira, aquí Gregorio envió un informe de trabajo. Resultó ser un chico estupendo. Espabilado y creativo. Papá, dijiste que la empresa podría al menos pagarle parte del alojamiento, porque el sitio donde vive ahora definitivamente no es para niños —dijo Max.
—Si ya terminamos hoy con los hospitales, vámonos a la oficina y allí resolvemos el tema. Se seponía que había un piso de empresa de dos habitaciones para empleados cerca de la oficina; hay que averiguar qué pasa con él —respondió el hombre—. Serge invitó a Ksenia a su cumpleaños.
—Sí. Es una chica muy buena, hay que matricularla en el liceo —continuó Max—. Un montón de cosas por hacer.
—Qué bien que encuentres tiempo para tu amada —soltó de repente Román Vasílievich.
—¿Y tú de dónde lo sabes? ¿Se filtró algo a las redes sociales? —se asustó Max en serio.
—Si es que aquí está claro hasta sin redes sociales. Ayer te pasaste toda la tarde feliz y respondiendo fuera de tono, metido en tu propio mundo —respondió el padre.
Máxim dirigió el coche hacia la oficina y, junto con su padre, descubrieron que había dos pisos para los empleados. Uno lo ocupaba un especialista principal, y el de dos habitaciones había quedado libre hacía poco, ya que la empleada que vivía allí se había casado y se había mudado con su marido.
—Es un piso acogedor y bonito. Buena infraestructura y un nudo de comunicaciones excelente. Y lo principal, al lado de la oficina. A cinco minutos a pie —informó la secretaria.
—Estupendo, prepara los documentos para este piso y las llaves. En el piso vivirá Gregorio Grinchénko —dispuso Román Vasílievich.
Máxim llamó de inmediato a Grinch y le dio la buena noticia. Su amigo al principio no podía creer que algo así fuera posible, y luego empezaron a oírse voces infantiles. Los pequeños celebraban la futura mudanza. Máxim le pidió que recogieran todas las cosas para que pudieran mudarse muy pronto y matricular a los niños en la escuela. A Iliusha había que inscribirlo en primer curso.
Gregorio no cabía en sí de felicidad. Ni se imaginaba que aquel choque fortuito con Máxim fuera a cambiar su vida de una manera tan radical.
Grinch estaba enormemente agradecido y trabajaba el triple de fuerte para no defraudar a Max. Los niños recogían sus cosas y ya pensaban en cómo arreglarían su habitación.
El día siguiente también estuvo lleno de actividad y acontecimientos. Máxim llamó a los obreros de la reforma y les preguntó por los avances. Los trabajadores ya habían adelantado mucho. La reforma avanzaba según lo previsto.
Máxim llamó a Violetta Viktorovna y le advirtió de que en los próximos días aparecería con menos frecuencia por el liceo, porque tenía otro proyecto de obra que requería su intervención directa. Casi no mintió, pues no era un solo proyecto, sino varios, pero uno de ellos era la remodelación del club de fútbol. Violetta le respondió que lo entendía todo y que Max podía pasarse por el liceo cuando lo considerara oportuno. La mujer tampoco se quedaba de brazos cruzados.
Desde su escondite en el campo de fútbol había visto lo felices que se pusieron los niños con el partido contra el equipo de Max, y Kazimir se pasó toda la tarde contando lo estupendo que era Máxim por no dejar que entregaran el terreno del club para construir. Violetta escuchó atentamente y también decidió actuar. ¡Cómo iba a haber semejante movida sin ella! La mujer escribió un mensaje en el chat de padres de los jóvenes futbolistas e hizo varias llamadas a personas influyentes y adineradas que pudieran sumarse a la buena causa. Además de las historias de los niños, que ya se morían por ir a pintar, limpiar y defender el club, los padres de las jóvenes promesas deportivas recibieron de Violetta una información fundamental. Los padres también decidieron colaborar.
Unos con dinero, otros con influencias, y otros prometieron ir en persona a ayudar a pintar.
A Violetta le picaba la lengua por deshacerse en elogios sobre Max delante de Mary. ¡Es que era tan buen muchacho! Pero no quería delatarlo. Máxim tenía que ser el primero en contárselo todo a la chica. ¿Por qué le daba tantas vueltas al asunto? Violetta reconoció a Dania Gorójov. Les enseñó su cara en el teléfono a todos los guardias de seguridad del liceo y les prohibió dejarlo entrar al recinto bajo cualquier pretexto. Violetta no dudaba de que ese Gorójov podía salir con alguna trastada.