Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 11.3. Asuntos

Capítulo 11.3. Asuntos

Max se quedó de piedra. No esperaba tener que confesarlo todo aquí y ahora.
—Lo que pasa es que le prometí a Violetta Viktorovna que terminaríamos en tres semanas, pero veo que nos tocará trabajar una semana más y no acabaremos antes de la fiesta —mintió Max sin mucha coherencia.
Violetta solo puso los ojos en blanco. No quería mentirle a Mary y aquella situación la agobiaba bastante.
—¿Antes de qué fiesta? —preguntó Mary.
—Bueno, ¿qué fiesta religiosa hay de aquí a una semana? —preguntó Max, dándose cuenta de que se estaba enredando feamente en su propia mentira.
A Violetta le sonó el teléfono y se alejó para no empantanarse aún más en la mentira.
—¿Qué tal si comemos los dos juntos en una cafetería? —propuso Max. Quería confesárselo, pero no allí. Tenía que mentalizarse y elegir bien las palabras.
—Estupendo. ¿Y te dará tiempo de hacer todo esto? —preguntó Mary, mirando a su alrededor.
—Claro. Tú me inspirarás para un trabajo productivo —sonrió Max y se estiró para darle un beso.
—Aquí no —lo detuvo Mary.
—De acuerdo, espero al descanso para comer. ¿Vendrá Bozhena? —preguntó Max para cambiar de tema y alejar sospechas sobre la confesión.
—No. Le surgieron problemas en el trabajo —respondió Mary.
—¿Podemos ayudar en algo? —preguntó Max.
—No. Trabajará allí dos semanas de preaviso y se vendrá con nosotros —contó Mary—. Bueno, no te molesto más, que aún tienes un montón de trabajo.
Mary se fue y Max se puso a trabajar con una entrega multiplicada por tres. Esta vez ya conocía el procedimiento e intentaba hacer todo con rapidez y calidad.
—Buen resultado —lo felicitó uno de los obreros de la reforma, que entró al comedor para precisar algunos detalles.
—Gracias —sonrió Max.
—Piénsate lo de hacerte un hueco en nuestra cuadrilla. En caso de necesidad, tanto para ti como para Valentín habrá sitio en nuestro equipo.
—Cuando terminen, habrá otro trabajo. Habrá que hacer una reforma en un club de fútbol infantil. Del estadio y la zona contigua nos encargamos nosotros, pero los vestuarios, las duchas y las oficinas administrativas quedan de parte de ustedes. En cuanto al pago nos entenderemos, y el volumen de trabajo lo definimos allí mismo sobre la marcha —dijo Max con seriedad.
—De acuerdo. Nosotros seguimos al mismo ritmo, materiales hay, y luego pactamos el nuevo objetivo —respondió el hombre.
Max y Mary comieron de maravilla en una cafetería cercana. Todo habría sido perfecto si no fuera porque un grupito de chicas sentadas cerca reconocieron a Max y empezaron a soltar frases provocativas. Max pensó en confesárselo, pero comprendió que no era el momento y regresaron al liceo.
Máxim planeaba contarle la verdad a Mary en los próximos días, porque quería ir con ella al cumpleaños de su hermano. Pero algo salió mal.
El jueves, Max se fue desde muy temprano a la oficina y llegó justo a tiempo, pues se encontró con Gorójov, que intentaba entrar a la fuerza en el despacho de su padre. Máxim detuvo al hombre. No le permitió echar basura sobre su padre y le advirtió que llamaría a los guardias de seguridad si no se largaba. Las palabras de Máxim surtieron efecto. Ígor Andréievich salió zumbando de la oficina.
—¿Qué es ese ruido por ahí, hijo? —preguntó Román Vasílievich cuando Max entró en el despacho.
—Todo bien. Le puse los puntos sobre las íes a Gorójov —dijo Máxim.
—Hijo, no te metas con él. No merece la pena. En su día me quitó a mi familia. No le permitiré volver a hacerlo —respondió Román Vasílievich.
El padre con su hijo, Valentín y Grinch continuaron discutiendo las estrategias de desarrollo. Ese día hubo una serie de reuniones con socios. Max y su equipo cayeron bien a todo el mundo. Tuvo un gran papel Inna Guermánovna, ya que fue ella quien le dio una excelente recomendación a Máxim, y eso trajo nuevos proyectos y ventas. Varias empresas les encargaron un paquete publicitario de servicios en todas las redes sociales.
Max se entusiasmó con la idea de crear su propia empresa de servicios publicitarios, no la de su padre, sino la suya. Veía futuro en ello. Estuvieron sentados trabajando en los proyectos hasta altas horas de la noche, hasta que Margarita Mijáilovna empezó a llamar por teléfono y a amenazar con presentarse en la oficina a traerles la cena.
Máxim estaba tan ocupado que en todo el día solo le escribió dos mensajes a Mary. De confesiones ni hablar. Cuando llegó a la cama, simplemente se desplomó y se quedó dormido. Soñó con Mary, que caminaba por la costa con un vestido precioso mientras el mar le acariciaba los pies. Ella le sonreía con sinceridad, se estiraba para darle un beso... y en ese momento sonó el despertador. ¡Maldita sea!
El viernes también estaba completamente planificado. Desde primera hora, Max y sus padres fueron a registrar su candidatura.
—¡Por fin llega un Veliky! —dijo sin saludar una mujer con labios como dos salchichotas y silicona por todo el cuerpo.
—¡Y para usted un feliz día! —respondió Máxim.
—Entrégueme sus documentos —se dirigió ella a Román Vasílievich.
—Tenga —respondió Max, extendiéndole su pasaporte.
—Pero si usted no es... —torció los labios la mujer.
—Dijo que necesitaba a Veliky. Pues aquí tiene a un Veliky. Todos los documentos están en la carpeta —respondió Román Vasílievich.
—Pero había un acuerdo previo sobre Román Veliky —dijo la mujer.
—Pues ahora será Máxim Veliky. Aún está abierto el plazo de presentación de documentos. ¿Querían a un Veliky? ¡Tendrán a un Veliky! ¡Inscríbalo! —respondió Max con contundencia.
La mujer le dio a Max varios formularios para rellenar, y mientras él escribía sus datos, ella envió un mensaje. A quién le escribió quedó claro diez minutos después, cuando Máxim terminó de tramitar todos los papeles.
En la puerta se chocó de frente con Gorójov.
—¡Ah, serás desgraciado! ¡¿Cómo te atreves a presentar los documentos?! —chillaba Ígor Andréievich.
—Grite más fuerte, las cámaras aquí no son muy caras, así que hay que pronunciar las palabras con más fuerza y claridad —se burlaba abiertamente Max, sin perder de vista a su padre para que no se sintiera mal.
—¡Habíamos quedado en que Román presentaría su candidatura! ¡¿A qué te metes tú?! —desgañitaba Gorójov.
—Vivimos en un país democrático. Cumplo con todos los requisitos. ¿Querían participar en la campaña electoral contra un Veliky? ¡Pues lo van a tener! —respondió Max.
—¡Eres un mocoso! ¡Los Gorójov no te van a dejar esto así! —gritaba Ígor Andréievich.
—Si al menos fueras un verdadero Gorójov y no un pariente lejano de pacotilla... —alzó la voz Román Vasílievich.
—Esa fue la elección de mi padre. Él lo decidió así. ¡Tú mismo te fuiste de la familia! —le espetó Gorójov.




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