Capítulo 10.3. Los ojos nunca mienten
—Una propuesta bastante inesperada, papá —respondió sinceramente Max.
—Entiéndeme, yo no pensé que todo esto llegaría tan lejos. Gorójov propuso presentar nuestras candidaturas para postularnos al concejo municipal. Me soltó un rollo tan bonito, me insistió tanto... No entiendo por qué acepté entonces. Y justo me acaban de llamar por lo de los documentos y me recordaron otra vez que el propio Gorójov abogó por mí. Se mete en todas partes.
—¿Y si renuncias? —intentó una última oportunidad Max.
—Yo prometí, y tú bien sabes que los Veliky siempre cumplen su palabra —respondió Román Vasílievich.
—Presiento que me tocará cumplirla a mí. Pero si con la empresa ya voy entendiendo algo, lo de la concejalía me resulta un terreno completamente desconocido.
—¡Bah!, si no hay nada de complicado ahí. El registro, las fotos para la publicidad, un par de entrevistas y las elecciones. Bueno, también hay que preparar tu campaña electoral. Tus ideas te darán la oportunidad de conseguir buenas perspectivas, desarrollo y contactos —intentó orientar a su hijo Román Vasílievich—. Tampoco es obligatorio ganar en esas elecciones. Pero podrás dar la cara y demostrar de lo que eres capaz. Y de paso dejar a Gorójov a la altura del betún.
—Aceptaré esta locura únicamente si tú aceptas y te ingresas para la operación —tomó la decisión de inmediato y puso su condición Max.
—¿Y tú eras el que me llamaba chantajista? —sonrió Román Vasílievich.
—Aprendo rápido —respondió Max y le guiñó un ojo a su padre.
—Bueno, este es el típico caso en el que el alumno supera al maestro —respondió con orgullo el hombre.
Fueron bromeando juntos de camino a casa. Cuando el padre y el hijo entraron a la vivienda, Serge estaba contando animadamente lo sucedido con Mary. Margarita Mijáilovna oyó que su hijo le contaba por teléfono a uno de sus compañeros de clase —que no había querido ir al liceo a ayudar— la escena que se había perdido. La mujer le pidió que le contara a ella también qué era lo que había pasado exactamente. Margarita Mijáilovna nunca había ocultado su postura hacia todos los Gorójov. No los tragaba. Los despreciaba, porque motivos no le faltaban.
—Qué alegres están por aquí —dijo Román Vasílievich al oír la risa de su esposa. Se acercó y le dio un beso en la sien. Esa era otra tradición de los Veliky. Un beso suave, tierno y lleno de amor que decía tanto que no hacían falta palabras para expresar el cariño: todo quedaba claro de por sí.
—Ejem... —se turbó un poco Serge y sopesó qué decir para no delatar a Max ni hacer preocupar a su padre.
—No logro comprender por qué te da tanta risa cada vez que mencionan el apellido Gorójov —se interesó el padre.
—Es que a uno de ellos hoy le dieron un buen escarmiento —se armó de valor para empezar Serge.
—¿Y a cuál de ellos? Espero que no hayas sido tú el que organizó todo —frunció el ceño el padre, pues conocía las mañas de su hijo menor.
—Yo no tengo nada que ver con eso, aunque lo repetiría con gusto y más de una vez —respondió sonriendo Serge.
—Pues cuenta qué pasó —se moría ya de curiosidad Román Vasílievich.
—Bueno, hoy Dania Gorójov se llevó un buen puñetazo en la nariz por parte de nuestra profesora —soltó de golpe Serge, omitiendo algunos detalles.
—¡Vaya! ¿Y eso por qué? —se sorprendió Román Vasílievich.
—Ni idea. El demonio lo trajo a nuestro liceo. Dania vio a nuestra Mary y empezó a acosarla. Ella no se lo aguantó y le soltó un mamporro. Está vivo y casi ileso, pero creo que a nuestro liceo ya no vuelve más —dijo Serge sonriendo.
—¿Mary? ¿Es la profesora que invitaste a tu cumpleaños? ¿La de inglés, me parece? —recordó Román Vasílievich.
—Ajá, ella misma.
—¿Así que ya invitaste a todos? Tu madre me decía que ya está casi todo listo para la celebración —miró a su esposa Veliky padre.
—A todos.
—¿Tienen planes para hoy? —preguntó Margarita Mijáilovna.
—Papá aceptó hacerse los exámenes e ingresarse para la operación —decidió adelantarse Máxim a su padre para dejarlo sin escapatoria.
—¡Vaya! ¿Cómo lo lograste? —le preguntó Margarita Mijáilovna a su hijo y miró a su esposo—. ¿Es verdad?
—Sí. Hoy estamos de celebración. Ahora mismo saco un espumoso —dijo Román Vasílievich.
—¡Pero si tú no puedes beber! —protestó la esposa.
—Pues es para ustedes —se zafó Veliky padre—. Tenemos que celebrar que Máxim va a postularse a concejal del ayuntamiento.
—¡Madre mía! ¿Y qué se le ha perdido a él allí? —se extrañó Serge.
—De repente me brotó el amor por la política —bromeó Max—. Lo que hay que hacer para convencer a papá —destapó sus cartas.
—Ahora nos cambiamos rápido de ropa y bajamos —dijo Veliky padre, y ambos se fueron a sus respectivas habitaciones.
—¿Así que Mary, eh? —preguntó sonriendo el padre.
—¿Qué pasa con Mary? —repuntó Max.
—No me vengas a tomar el pelo. Vi cómo se te encendieron los ojos cuando Serge contaba lo de sus dotes de luchadora. La lengua puede mentir, ¡pero los ojos jamás!