Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo veintiuno ♡

²¹

Las conversaciones volvieron.

No todas.

No a todas horas.

Pero aparecían.

Un meme.

Una foto.

Un comentario absurdo sobre una receta.

Un "mirá este perro".

Un "no sabía que existía esto".

Nada importante.

Y, justamente por eso...

importaba mucho.

Habían dejado de hablar como dos personas que intentaban arreglar una relación.

Volvían a hablar como siempre.

Una tarde, mientras acomodaba un estante del departamento, Ali abrió una caja que todavía seguía sin desempacar.

Había libros.

Papeles.

Un buzo enorme.

Y una taza negra.

La levantó.

Sonrió.

La giró entre las manos.

Abajo tenía una pequeña grieta.

—Claro...

La taza de Dyl.

La había roto hacía meses.

Él nunca quiso tirarla.

"Todavía sirve."

Había dicho.

Ella se había burlado durante semanas.

Ahora seguía ahí.

La sostuvo unos segundos.

Después agarró el celular.

Pensó en escribir.

No lo hizo.

Sacó una foto de la taza.

La envió.

Ali:

"Creo que encontré una refugiada política."

Cinco minutos.

Nada.

Diez.

Tampoco.

Justo cuando estaba por guardar el teléfono...

vibró.

Dyl:

"¡Pensé que había desaparecido!"

Ella sonrió.

Ali:

"No desapareció.

Solo decidió vivir conmigo."

Él reaccionó con un emoji riéndose.

Después escribió.

"Creo que debería volver a casa."

Ali leyó esa frase dos veces.

Sabía perfectamente que hablaba de la taza.

Y, al mismo tiempo...

no pudo evitar preguntarse si realmente hablaba solo de eso.

Sacudió la cabeza.

—Estás imaginando demasiado.

Escribió.

Ali:

"Cuando quieras te la doy."

Él tardó un rato.

"¿Mañana?"

Silencio.

Ali volvió a leer el mensaje.

No era una cita.

No exactamente.

Era devolver una taza.

Nada más.

Nada menos.

Escribió.

"Mañana está bien."

Al día siguiente eligieron una cafetería que quedaba a mitad de camino entre los dos departamentos.

Era un lugar chico.

Con mesas de madera.

Y olor permanente a café recién molido.

Ali llegó primero.

La taza viajaba envuelta en una bolsa de tela.

Como si fuera un objeto frágil.

En cierto modo...

lo era.

Miró la puerta varias veces.

Hasta que él apareció.

Camisa clara.

Jean oscuro.

El mismo paso tranquilo de siempre.

Cuando levantó la vista y la encontró, sonrió.

No una sonrisa enorme.

Una de esas que nacen solas.

—Hola, Ali.

Ella sintió que escuchar su voz era distinto a leerla.

Muchísimo más.

—Hola, Dyl.

Hubo un segundo raro.

Ese instante en el que ninguno sabía si saludar con un abrazo.

Con la mano.

O simplemente sonreír.

Al final...

hicieron exactamente lo mismo.

Se rieron.

—Esto está siendo incómodo —dijo ella.

—Bastante.

—¿Querés un abrazo o seguimos fingiendo que somos personas normales?

Él soltó una risa.

—Creo que el abrazo va ganando.

Ella dio un paso.

Lo abrazó.

Fue corto.

Muy corto.

Pero alcanzó para que ambos entendieran algo.

Extrañaban eso.

Se separaron casi enseguida.

Como si ninguno quisiera darle al momento más significado del que ya tenía.

Se sentaron.

Pidieron café.

Y durante los primeros minutos hablaron de cualquier cosa.

Del clima.

Del trabajo.

De una serie.

Del video de los fideos.

Hasta que Ali empujó la bolsa de tela hacia él.

—Tu fugitiva.

Él abrió la bolsa.

Sacó la taza.

La observó como si fuera un viejo amigo.

—Sigue rota.

—Como vos cuando insistías en usarla.

Él sonrió.

—Tiene historia.

—Tiene una grieta.

—También.

Ella bajó la mirada.

Jugó con la cucharita del café.

Después preguntó casi sin pensar.

—¿Sabés qué fue lo más raro de estos días?

Él dejó la taza sobre la mesa.

Esperó.

—Que todo me hacía pensar en vos.

No porque quisiera.

Porque estabas en todas partes.

En la cafetera.

En las plantas.

En los libros.

En las listas del supermercado.

Hasta en la forma de doblar una frazada.

Se quedó callada.

Había dicho mucho más de lo que pretendía.

Esperó que él respondiera enseguida.

No lo hizo.

Primero la miró.

Después sonrió con una mezcla de ternura y nostalgia.

—A mí me pasó exactamente lo mismo.

Ninguno dijo nada durante unos segundos.

Y, curiosamente...

ese silencio ya no dolía.

Cuando salieron de la cafetería, caminaron juntos hasta la esquina.

Ahí los caminos se dividían.

—Bueno...

—Bueno...

Hablaron al mismo tiempo.

Los dos se rieron.

—Primero vos —dijo Dylan.

Ali respiró hondo.

—Gracias por venir.

Él negó con la cabeza.

—Gracias por invitarme a devolverme mi propia taza.

Ella levantó una ceja.

—Era una excelente excusa.

—Lo fue.

Se quedaron quietos.

Ninguno parecía tener demasiadas ganas de irse.

Pero tampoco querían apresurar nada.

Entonces él hizo algo muy simple.

Sacó el celular del bolsillo.

La miró.

—La próxima vez...

sin excusas.

Tomemos un café porque sí.

Ali sintió una sonrisa aparecer antes de poder evitarla.

—Me gusta más esa idea.

Él guardó el teléfono.

Le hizo un pequeño gesto con la mano.

—Nos hablamos, Al.

—Nos hablamos, Dyl.

Cada uno empezó a caminar por su lado.

Después de unos pasos, casi al mismo tiempo, los dos giraron la cabeza.




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