Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo veintidós ♡

²²

Hay amistades que aparecen cuando uno las necesita.

Y otras...

que aparecen exactamente cuando dos personas necesitan dejar de pensar demasiado.

Todo empezó un jueves a las ocho y cuarto de la noche.

Mi celular vibró.

Mateo creó el grupo "Viernes 🍻".

Fruncí el ceño.

Otro grupo.

Qué alegría.

Abrí el chat.

Mateo:

Gente, decreto oficialmente que este viernes nadie se queda encerrado en su casa.

Emma:

¿Quién te nombró organizador?

Mateo:

La experiencia.

Tayler:

La necesidad de salir.

Mateo:

También.

Empezaron a caer mensajes uno detrás del otro.

Como siempre.

Memes.

Stickers.

Audios de treinta segundos que podrían haberse resuelto con una sola palabra.

Éramos un desastre.

Y, curiosamente...

funcionábamos bastante bien así.

Un rato después apareció otro mensaje.

Emma:

Propongo Aura Lounge. Charlamos un rato ahí y después cruzamos al club.

Mateo:

Banco.

Tayler:

Banco.

Lucas:

Banco.

Todos empezaron a reaccionar.

Yo todavía no había escrito nada.

Hasta que apareció un nombre.

Dylan reaccionó con 👍.

Sentí un pequeño cosquilleo.

Ridículo.

Era solo una reacción.

Nada más.

Respiré.

Y escribí.

Ali:

Voy.

Mateo tardó menos de cinco segundos.

Mateo:

Perfecto.

Ahora sí somos todos.

Apoyé el celular sobre la cama.

No entendía por qué me había puesto un poco nerviosa.

Era una salida entre amigos.

Nada más.

Nada menos.

El viernes llegó demasiado rápido.

Abrí el placard.

Miré toda la ropa.

Y automáticamente pensé:

"Es una salida con amigos."

Cinco minutos después ya tenía tres vestidos tirados sobre la cama.

—Qué insoportable sos, Alison...

Me señalé a mí misma en el espejo.

—¿Desde cuándo tardás tanto en elegir ropa?

Mentira.

Siempre tardaba.

Probé un vestido beige.

Demasiado formal.

Uno azul.

No.

Uno blanco.

Definitivamente no.

Terminé sacando uno negro.

Simple.

De tela liviana.

Con mangas largas y la espalda apenas descubierta.

Nada exagerado.

Lo acompañé con unos aros pequeños plateados.

El pelo suelto.

Ondas suaves.

Maquillaje natural.

Cuando terminé de prepararme me quedé unos segundos mirándome.

No porque buscara verme perfecta.

Solo quería reconocerme.

Sonreí.

—Bueno...

Así está bien.

Agarré una campera por si refrescaba.

Las llaves.

El celular.

Y salí.

Del otro lado de la ciudad...

Dylan llevaba diez minutos parado frente al placard.

—No puede ser tan difícil elegir una camisa.

Sacó una blanca.

La apoyó sobre la cama.

Después una gris.

Después una negra.

Mateo, que estaba sentado en el sillón de su departamento, observaba la escena con los brazos cruzados.

—¿Sabés qué pienso?

Dylan ni levantó la vista.

—No.

—Que estás tardando más que mi hermana.

Él soltó una risa.

—Callate.

—No me callo.

Mateo agarró la camisa negra.

La levantó.

—Esta.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿No es mucho?

—Dylan...

Lo miró como si estuviera hablando con un nene.

—Vas a un bar.

No a una entrevista de trabajo.

Él terminó aceptando.

Jean oscuro.

Camisa negra.

Reloj plateado.

Perfume.

Nada más.

Mateo sonrió apenas.

—Ahora sí parecés una persona.

—Qué amable.

—Es un don.

Aura Lounge ocupaba la esquina de una avenida iluminada.

Desde afuera parecía tranquilo.

Ladrillos a la vista.

Luces cálidas.

Música sonando apenas detrás de los ventanales.

La entrada estaba rodeada de plantas y faroles bajos.

Era uno de esos lugares donde la gente iba primero a comer algo...

antes de cruzar al club que funcionaba en el mismo complejo.

Llegué unos minutos antes.

Mateo ya estaba ahí.

Emma también.

Nos saludamos con un abrazo.

Después fueron llegando todos.

Lucas.

Martina.

Tayler.

Y finalmente...

él.

Lo vi bajar del auto mientras cerraba la puerta con las llaves en la mano.

Camisa negra.

Jean oscuro.

Las mangas apenas arremangadas.

Nunca había prestado demasiada atención a cómo se vestía.

O quizás sí...

y simplemente había dejado de notarlo.

Qué raro.

No lo recordaba tan...

atractivo.

Sacudí la cabeza.

—Controlate.

Éramos amigos.

Bueno...

Algo parecido.

Él levantó la vista.

Me encontró entre el grupo.

Y sonrió.

No una sonrisa grande.

Solo esa pequeña.

La que siempre aparecía primero en los ojos.

Se acercó.

—Hola, Ali.

—Hola, Dyl.

Nos abrazamos.

Fue natural.

Breve.

Pero completamente distinto al abrazo de la cafetería.

Esta vez ninguno dudó.

—Qué linda estás.

Sentí que el corazón daba un pequeño salto.

—Gracias.

Vos también...

Te produjiste.

Él se rió.

—¿Se nota mucho?

—Un poquito.

—Mateo tuvo la culpa.

Desde atrás se escuchó una voz.

—¡Obvio que fue mi culpa!

Todos nos reímos.

Y, por primera vez en varios días...

todo volvió a sentirse sorprendentemente normal.

Entramos juntos al salón.

Todavía no lo sabíamos.

Pero esa noche iba a cambiar mucho más de lo que cualquiera de nosotros imaginaba.




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