³²
Si algo aprendí de Mateo era que jamás había que preguntarle cuál era el plan.
Porque siempre respondía lo mismo.
—Confíen.
Y cada vez que alguien confiaba...
terminábamos en un lugar completamente distinto al que imaginábamos.
—¿A dónde vamos? —preguntó Lucas por cuarta vez.
Mateo sonrió desde el asiento del conductor.
—Ya van a ver.
—Eso me preocupa.
—A mí me emociona.
Cinco minutos después estacionó frente a un club.
Un cartel luminoso se leía desde la esquina.
Venus.
Era uno de esos lugares donde la música se escuchaba antes de cruzar la puerta.
Había gente riéndose en la entrada, autos llegando sin parar y una fila que daba la vuelta a la esquina.
Mateo levantó dos sobres.
—Relájense.
Tenemos mesa reservada.
Lucas lo miró sorprendido.
—¿Reservaste?
—¿Vieron? También puedo ser responsable.
—No te creo.
Entramos entre risas.
Nos guiaron hasta un sector VIP del primer piso.
Desde ahí se veía toda la pista.
Luces azules.
Pantallas gigantes.
El bajo hacía vibrar literalmente el piso.
Me apoyé sobre la baranda unos segundos.
Hacía mucho que no salía así.
Y, por un instante, sentí que tenía veinte años otra vez.
Jaz apareció con dos vasos.
—Tomá.
—Gracias.
Chocamos los vasos.
—¿Bailamos después?
Me preguntó.
Sonreí.
—Obvio.
No tardó demasiado en convencer al resto.
Lucas desapareció apenas empezó la música.
Mateo ya estaba hablando con un grupo de desconocidos como si fueran amigos de toda la vida.
Tayler intentaba enseñarle a bailar a Dylan.
Sin éxito.
—No tengo coordinación.
Se quejaba él.
—Tenés miedo al ridículo.
Respondía Tayler.
—Es peor.
Todos estallamos en carcajadas.
Una hora más tarde ya estábamos en la pista.
Jaz bailaba conmigo.
Después con Lucas.
Después volvía conmigo.
Era imposible seguirle el ritmo.
Las luces cambiaban de color todo el tiempo.
La música subía.
La gente pasaba de un lado al otro.
En un momento Jaz desapareció entre la multitud.
Empezó a sonar One last time, de Ariana grande.
Quedé sola unos segundos.
Seguí bailando.
Sentí una mano apoyarse con suavidad sobre mi cintura.
No me asusté.
Sonreí.
Sin mirar hacia atrás.
Pensé automáticamente que era Dylan.
El perfume era parecido.
La altura también.
Hasta apoyé apenas la cabeza hacia atrás.
—Pensé que no ibas a bajar...
Murmuré.
No hubo respuesta.
Algo no encajaba.
Giré despacio.
No era él.
Era un chico que sonrió apenas nuestras miradas se cruzaron.
Retrocedí un paso enseguida.
—Perdón...
Pensé que eras otra persona.
Él levantó las manos.
—No pasa nada.
¿Querés bailar igual?
Negué con una sonrisa amable.
—No, gracias.
Justo entonces alguien apareció a mi lado.
—¿Todo bien, Al?
Conocía esa voz.
La habría reconocido entre mil.
Giré.
Dylan.
Tenía las manos en los bolsillos y una expresión tranquila.
Pero lo conocía demasiado.
Sabía cuándo estaba intentando parecer tranquilo.
—Sí.
Contesté enseguida.
Después señalé al chico.
—Pensé que eras vos.
Vi algo cambiar en sus ojos.
Fue apenas un instante.
Como si esa frase hubiera encontrado un lugar donde quedarse.
El otro chico entendió enseguida.
Sonrió con educación.
—Todo bien.
Que disfruten la noche.
Y se perdió entre la gente.
El silencio quedó unos segundos entre nosotros.
Hasta que Dylan habló.
—¿Vamos a tomar un poco de aire?
Asentí.
Sin pensarlo demasiado.
Él extendió la mano.
No dijo nada.
Solo la dejó ahí.
Esperando.
Lo miré unos segundos.
Después entrelacé mis dedos con los suyos.
La calidez de su mano seguía siendo exactamente la misma.
Y descubrí algo curioso.
La había extrañado muchísimo más de lo que imaginaba.
Salimos a un balcón exterior.
La música llegaba amortiguada.
Se escuchaba apenas.
La ciudad seguía despierta.
Había autos.
Luces.
Gente caminando por la avenida.
Apoyé los codos sobre la baranda.
Ninguno habló durante un rato.
Hasta que rompí el silencio.
—Te enojaste.
Él soltó una risa bajita.
—¿Tan evidente soy?
—Conmigo sí.
Suspiró.
—Un poco.
Lo miré de costado.
—¿Por qué?
Se tomó unos segundos antes de responder.
—Porque por un instante pensé que alguien iba a ocupar el lugar que dejé.
Sentí un nudo en el pecho.
Negué despacio.
—Qué tonto...
Me acerqué un paso.
Le acomodé el cuello del buzo.
Un gesto tan automático que recién cuando terminé me di cuenta de lo que había hecho.
Él bajó la vista hacia mis manos.
Después volvió a mirarme.
—Ese lugar sigue vacío desde que te fuiste, Dyl.
La ciudad seguía haciendo ruido.
Pero para mí todo había quedado en silencio.
Él respiró hondo.
Como si hubiera esperado escuchar esas palabras durante semanas.
Le sonreí apenas.
—Nunca dejé de compararte con todos.
Y eso es bastante injusto para el resto.
Él soltó una risa.
Una de verdad.
De esas que le achinaban un poco los ojos.
—Eso sonó horrible.
—Lo sé.
—Pero me gustó.
Nos quedamos ahí.
Muy cerca.
Sin movernos.
Sin necesidad de llenar el silencio.
Hasta que escuchamos la voz de Mateo desde adentro.
—¡Eh! ¡Los tortolitos!
¡Si van a escaparse, avisen!
Los dos nos reímos al mismo tiempo.
Negué con la cabeza.
#5526 en Novela romántica
#493 en Joven Adulto
amor juvenil novela romantica, romance acción drama reflexión amistad, friends to lovers
Editado: 25.09.2026