Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo treinta y tres ♡

³³

El viaje de regreso a la cabaña fue mucho más silencioso que el de ida.

Lucas iba dormido contra la ventanilla.

Mateo manejaba tarareando una canción que nadie conocía.

Jaz revisaba las fotos que había sacado durante la noche.

Tayler discutía con ella porque aparecía con los ojos cerrados en todas.

Y yo...

miraba por la ventana.

Las luces de la ruta pasaban una detrás de otra.

Sentí algo tibio rozar mi mano.

Bajé la vista.

Dyl.

No dijo nada.

Simplemente apoyó su mano junto a la mía sobre el asiento.

Sin tocarme.

Esperando.

Sonreí.

Muy despacio.

Hasta que fui yo quien terminó de cerrar la distancia.

Nuestros dedos volvieron a encontrarse.

Nadie lo notó.

O, si alguien lo hizo...

tuvo la delicadeza de hacerse el distraído.

Cuando llegamos a la cabaña eran casi las tres de la mañana.

Mateo abrió la puerta bostezando.

—Mañana nadie me despierta antes del mediodía.

—Eso decís siempre.

Contestó Lucas.

—Y siempre me despiertan.

Uno por uno fueron desapareciendo por el pasillo.

En menos de cinco minutos la casa volvió a quedar completamente en silencio.

Yo también iba a entrar a mi habitación.

—Al.

Me di vuelta.

Dyl seguía parado en el living.

Con las manos en los bolsillos.

—¿Sí?

Dudó un segundo.

—¿Te quedás un ratito?

No sé por qué esa pregunta me dio más nervios que cualquier otra cosa.

Asentí.

—Cinco minutos.

Sonrió.

—Cinco.

Nos sentamos en el sillón.

La única luz encendida era la de la cocina.

Lo suficiente para distinguirnos.

No hacía falta más.

—¿Sabés qué pensé hoy?

Preguntó él.

—¿Qué cosa?

—Que nunca te agradecí.

Fruncí el ceño.

—¿Agradecerme qué?

Me miró.

Con esa tranquilidad que siempre tenía cuando hablaba en serio.

—Que me hayas dado otra oportunidad.

Sentí un pequeño vacío en el pecho.

Negué enseguida.

—No me agradezcas eso.

—¿Por qué?

—Porque la segunda oportunidad también me la estoy dando a mí.

Él sonrió apenas.

—Entonces estamos empatados.

Nos reímos.

Después volvió ese silencio raro.

Ese que ya no incomodaba.

Solo acompañaba.

No sé quién fue.

Si él.

O yo.

Solo sé que, en algún momento, nuestros hombros terminaron apoyándose.

Sin intención.

Como pasan las cosas importantes.

Despacio.

Sentí el calor de su brazo.

Qué absurdo.

Había pasado meses pensando que iba a olvidarme de esa sensación.

Y ahí estaba otra vez.

Como si nunca se hubiera ido.

—Extrañaba esto.

Murmuré sin pensar.

Él giró apenas la cabeza.

—¿Qué cosa?

Sonreí.

—No tener que explicar los silencios.

Esta vez fue él quien bajó la vista.

—Yo también.

Escuchamos un trueno.

La lluvia había vuelto.

Más suave.

Más tranquila que la noche anterior.

Me acomodé mejor en el sillón.

Sin darme cuenta.

Mi cabeza terminó apoyándose sobre su hombro.

Cuando reaccioné ya era tarde.

Iba a incorporarme.

Él habló antes.

—Quedate.

Dos sílabas.

Nada más.

Y, sin embargo...

ninguna palabra me había dado tanta paz en mucho tiempo.

Cerré los ojos.

Él levantó despacio una manta que estaba doblada sobre el respaldo del sillón.

La acomodó sobre los dos.

Con cuidado.

Como si ese pequeño gesto pudiera romper el momento.

No me abrazó.

No me besó.

No hizo nada.

Solo permaneció ahí.

Y entendí algo.

A veces el amor no se demuestra acercándose.

A veces se demuestra...

dejándole al otro un lugar donde descansar.

No sé cuánto tiempo pasó.

Quizás veinte minutos.

Quizás una hora.

Hasta que una voz soñolienta apareció desde el pasillo.

—¿Qué hacen despiertos?

Los dos levantamos la cabeza al mismo tiempo.

Lucas.

Con el pelo completamente desordenado.

Nos miró.

Miró la manta.

Volvió a mirarnos.

Y sonrió con cara de sueño.

—Ah...

Entonces ya volvieron.

Dyl y yo nos miramos.

Ninguno respondió.

No hacía falta.

Porque, aunque todavía no lo hubiéramos dicho en voz alta...

los dos sabíamos que algo había cambiado esa noche.

Y que, probablemente...

ya no había vuelta atrás.




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