Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo treinta y cuatro ♡

³⁴

Volver del viaje fue mucho más raro de lo que imaginaba.

Cada uno regresó a su departamento.

A su rutina.

A su vida.

Pero había algo distinto.

Ya no existía esa incomodidad de no saber si escribir o no.

Simplemente...

nos escribíamos.

No demasiado.

Lo justo.

Como si nunca hubiéramos dejado de hacerlo.

Esa mañana estaba preparando café cuando el celular vibró.

Dyl:
"¿Ya llegaste bien?"

Sonreí sola.

Le respondí mientras buscaba una taza.

Al:
"Sí. ¿Vos?"

Tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron.

Dyl:
"También."

Silencio.

Pensé que la conversación había terminado.

Hasta que llegó otro mensaje.

Dyl:
"Extraño el desayuno de la cabaña."

Me reí.

Al:
"Mentiroso. Extrañás que yo hiciera el café."

La respuesta tardó exactamente diez segundos.

Dyl:
"También."

Negué con la cabeza.

Qué insoportable.

Los días siguientes pasaron casi sin darnos cuenta.

Un mensaje.

Después otro.

Un meme.

Una foto.

Un "¿cómo te fue?"

Nada importante.

Y, al mismo tiempo...

todo era importante.

El jueves salí del trabajo bastante más tarde de lo normal.

Estaba cansada.

Lo único que quería era llegar a casa.

Mientras esperaba el semáforo escuché una bocina.

Giré.

Un auto negro frenó a mi lado.

La ventanilla bajó.

—¿Te llevo?

Sonreí antes de verlo.

—Hola, Dyl.

—Hola, Al.

Abrí la puerta y subí.

El interior olía igual que siempre.

Ese perfume amaderado que parecía haberse quedado impregnado en el tapizado.

—¿Qué hacés por acá?

Pregunté.

Se encogió de hombros.

—Salía de una reunión.

Mentía horrible.

Lo miré de reojo.

—¿Y casualmente la reunión terminó justo cuando yo salía?

Sonrió.

Sin vergüenza.

—Más o menos.

—¿Me viniste a buscar?

No respondió enseguida.

Golpeó apenas el volante con los dedos.

Después admitió:

—Sí.

El silencio que siguió fue tan tranquilo que ni siquiera hizo falta romperlo.

Miré por la ventana para esconder una sonrisa.

Cuando estacionó frente a mi edificio, ninguno de los dos hizo el movimiento de bajar.

Nos quedamos sentados.

Como si los dos estuviéramos esperando que el otro dijera algo.

—Bueno...

Murmuré.

—Bueno...

Repitió él.

Ninguno se movió.

Empecé a reírme.

—Somos un desastre.

—Bastante.

Volví a agarrar la manija de la puerta.

—Gracias por traerme.

—De nada.

Iba a bajar.

Pero escuché su voz otra vez.

—Al.

Me di vuelta.

—¿Sí?

Bajó apenas la mirada.

Como si le diera un poco de vergüenza.

—¿Te parece si mañana cenamos?

No dijo "como una cita".

No dijo "para volver".

No dijo nada de eso.

Solo...

cenar.

Sentí una emoción ridícula por una invitación tan simple.

—¿A qué hora?

Él sonrió.

Y esa sonrisa respondió antes que sus palabras.

—Entonces aceptás.

Rodé los ojos.

—No te agrandes.

—¿Ocho?

—Ocho está bien.

Asintió.

Yo abrí la puerta.

Bajé.

Di apenas dos pasos.

Y escuché que bajaba la ventanilla otra vez.

—¡Al!

Me di vuelta riéndome.

—¿Qué?

Él apoyó un brazo en la ventana.

Me miró unos segundos.

—Me alegra haberte vuelto a hacer reír.

No supe qué contestar.

Porque esa frase llegó directo al pecho.

Él arrancó antes de que pudiera decir algo.

Lo vi alejarse por la avenida.

Y recién cuando desapareció doblando la esquina...

me di cuenta de que seguía sonriendo.

Entré al edificio.

Subí al ascensor.

Y, mientras buscaba las llaves en la cartera, apareció un pensamiento que me hizo largar una risa completamente sola.

No sabía si habíamos vuelto.

Pero sí sabía una cosa.

Ya no podía imaginar mis días...

sin esperar un mensaje suyo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.