Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo Veintinueve ♡

²⁹

Un fin de semana

El grupo de WhatsApp llevaba exactamente treinta y siete minutos discutiendo.

Nadie hablaba del mismo tema.

Mateo:
—Propongo hacer un viaje.

Lucas:
—¿Con qué plata?

Mateo:
—Ese detalle lo resolvemos después.

Tayler:
—Me preocupa que tu planificación siempre empiece por el final.

Jaz:
—A mí me preocupa más que Lucas siga debiendo plata del último asado.

Lucas:
—No era deuda. Era inversión social.

Apoyé el celular sobre la mesa y me reí sola.

Cinco segundos después volvió a vibrar.

Dyl:
—¿Vos también estás leyendo este desastre?

Le respondí enseguida.

Ali:
—Hace diez minutos.

Dyl:
—Mateo ya reservó algo, ¿no?

Ali:
—Le doy cinco minutos más.

No llegamos ni a tres.

Mateo:
—Listo. Reservé.

El grupo explotó.

Lucas:
—¿¡Qué reservaste!?

Mateo:
—Una cabaña.

Jaz:
—¿Dónde?

Mateo:
—Todavía no sé.

Volví a largar una carcajada.

Siempre hacía lo mismo.

Primero actuaba.

Después averiguaba.

Una semana más tarde estábamos todos arriba de una combi alquilada.

Mateo manejaba.

Lucas iba de copiloto intentando poner música.

Tayler protestaba porque nadie respetaba su lista de reproducción.

Dylan, como siempre, intentaba mediar.

Yo estaba atrás.

Al lado de Jaz.

Al principio pensé que iba a ser incómodo.

Después de la fiesta apenas habíamos hablado.

Pero bastaron veinte minutos para que la conversación fluyera sola.

—¿Te puedo hacer una pregunta?

Me dijo de repente.

—Obvio.

Se acomodó el cinturón.

—La primera vez que me viste...

¿te caí mal?

La miré sorprendida.

Después me reí.

—¿Tan obvio fui?

Ella empezó a reírse también.

—Un poquito.

Negué con la cabeza.

—No era por vos.

Era por la situación.

Pensé cualquier cosa.

Jaz sonrió.

—Yo también.

Fruncí el ceño.

—¿Vos también qué?

—Pensé que me odiabas.

Las dos nos miramos.

Y, sin saber por qué, empezamos a reírnos otra vez.

—Qué ridículas...

Dije.

—Bastante.

Respondió ella.

Hubo un silencio corto.

Después agregó:

—La verdad...

Dylan habló muchísimo de vos hace años.

Lo miré por reflejo.

Estaba unas filas más adelante, discutiendo con Mateo porque se había pasado de la salida de la ruta.

Volví la vista hacia Jaz.

—¿Ah, sí?

Asintió.

—Siempre pensé que el día que te conociera ibas a ser distinta.

—¿Mejor o peor?

—Más seria.

Solté una risa.

—Te decepcioné entonces.

—Al contrario.

Me sorprendiste.

Me caíste bien.

Y creo que a vos también.

La observé unos segundos.

Tenía razón.

Era imposible fingir con alguien tan directo.

Le sonreí.

—Sí.

Creo que sí.

Después de varias horas llegamos a una pequeña cabaña rodeada de árboles.

No era un hotel de lujo.

Ni falta que hacía.

Había una parrilla enorme.

Una pileta.

Hamacas.

Y una vista increíble.

Mateo levantó los brazos apenas bajó de la combi.

—¡Este fin de semana nadie trabaja!

Lucas lo miró.

—Vos tampoco.

—Principalmente yo.

Mientras todos elegían habitaciones, me alejé unos metros.

Había un muelle de madera sobre un pequeño lago.

Fui hasta allá.

El agua estaba completamente quieta.

Escuché pasos detrás de mí.

No hizo falta girarme.

—Sabía que te iba a encontrar acá.

Sonreí.

—¿Cómo hacés para aparecer siempre?

Dylan se puso a mi lado.

Miró el paisaje.

—Porque ya te conozco.

Cuando hay mucha gente...

vos siempre buscás cinco minutos de silencio.

Lo miré de reojo.

Seguía sorprendiéndome que recordara detalles tan pequeños.

—No cambié tanto.

Él negó despacio.

—No.

Y espero que nunca cambies del todo.

El viento movió un mechón de mi pelo.

Él hizo el gesto de acomodarlo.

Pero se detuvo a mitad de camino.

Como si todavía no supiera si tenía derecho.

Lo noté.

Y, sin decir nada, fui yo quien dio ese pequeño paso.

Acorté la distancia.

Muy poco.

Lo suficiente.

Él terminó el movimiento.

Acomodó el mechón detrás de mi oreja.

Con una delicadeza que hizo que el corazón me latiera un poco más rápido.

No hubo besos.

No hicieron falta.

A veces una caricia decía muchísimo más.

—¡Che!

La voz de Mateo rompió el momento.

—¡Vengan que Lucas quiere prender el fuego con alcohol!

Los dos nos dimos vuelta al mismo tiempo.

—Hay que salvarlo.

Dijo Dylan.

—Otra vez.

Respondí riéndome.

Y volvimos caminando hacia el resto del grupo.

Sin darnos cuenta...

ese fin de semana iba a cambiar muchas más cosas de las que imaginábamos.




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