²³
Aura Lounge tenía esa clase de ambiente que hacía que la gente bajara la voz sin darse cuenta.
No porque fuera obligatorio.
Sino porque todo parecía estar diseñado para que uno quisiera quedarse.
Las luces eran cálidas.
La música estaba lo suficientemente alta para acompañar la conversación, pero no para impedirla.
Había mesas llenas de amigos riendo.
Parejas hablando cerca.
Personas disfrutando una noche cualquiera.
Una noche normal.
Y quizás eso era lo que más me gustaba.
Que por unas horas nadie esperaba que pasara nada.
Solo estábamos ahí.
Nos sentamos todos alrededor de una mesa grande.
Como siempre, tardamos más en decidir qué pedir que en comer.
—Necesito que alguien me explique por qué todos dicen "pedimos algo para compartir" y después nadie quiere compartir —dijo Emma mirando la carta.
—Porque es una mentira social aceptada —respondió Mateo.
Tayler soltó una risa.
—La frase "probá un poco" siempre termina en que alguien pierde la mitad de su comida.
—Exactamente —dijo Mateo señalándolo—. Gracias por entender.
Me reí.
Y me sorprendió lo fácil que era.
Habían pasado semanas donde todo parecía complicado.
Donde cada conversación tenía un peso.
Donde cada silencio parecía decir algo.
Pero ahí...
era solo una cena.
Levanté la vista.
Dylan estaba escuchando a Lucas contar una historia absurda del trabajo.
Sonreía.
Esa sonrisa tranquila que siempre tenía cuando estaba cómodo.
Y me quedé mirándolo un segundo más de lo necesario.
Hasta que él giró la cabeza.
Me encontró.
No aparté la mirada inmediatamente.
Antes lo habría hecho.
Antes habría fingido que estaba mirando otra cosa.
Pero esta vez no.
Solo sonreí.
Él hizo lo mismo.
Y volvió a la conversación.
Un gesto pequeño.
Pero lo sentí enorme.
Después de cenar, algunos propusieron caminar hasta Aura Club.
El lugar estaba conectado al mismo edificio, pero la diferencia era completa.
Aura Lounge era calma.
Aura Club era energía.
La entrada estaba llena de luces.
La música se escuchaba desde afuera.
La gente esperaba para entrar.
Cuando pasamos, sentí esa emoción típica de una noche que recién empieza.
Como si cualquier cosa pudiera pasar.
El interior era enorme.
Luces moviéndose por todo el salón.
Música vibrando en el piso.
Personas bailando.
Risas.
Conversaciones mezclándose.
Nos llevaron a la zona reservada.
No era un lugar completamente cerrado.
Seguía teniendo vista al resto del club.
Pero era más tranquilo.
Más cómodo.
Nos acomodamos.
Mateo levantó su vaso.
—Por una noche sin dramas.
Todos levantaron los suyos.
Yo miré a Dylan.
Él levantó una ceja.
—¿Qué?
Negué sonriendo.
—Nada.
Pero ambos sabíamos.
Era un deseo bastante específico.
Con el paso de las horas, el grupo empezó a separarse.
Como siempre pasaba.
Algunos fueron a bailar.
Otros quedaron hablando.
Emma desapareció con Martina.
Lucas encontró conocidos.
Tayler estaba en la barra pidiendo algo.
Y de repente...
quedamos Dylan y yo sentados.
Solos.
No incómodos.
Solo...
solos.
—Es raro —dije.
Él me miró.
—¿Qué cosa?
Miré alrededor.
—Estar acá.
—¿Por?
Jugué con la servilleta entre mis dedos.
—Porque hace unas semanas pensé que no íbamos a volver a hacer algo así.
Él bajó la mirada.
No parecía triste.
Solo pensativo.
—Yo también lo pensé.
Hubo un silencio.
Pero uno bueno.
De esos que no necesitan llenarse.
—¿Sabés qué aprendí? —dijo después.
Lo miré.
—¿Qué?
Se encogió apenas de hombros.
—Que a veces dos personas pueden quererse mucho y aun así necesitar aprender cómo estar juntas.
No esperaba esa respuesta.
Porque no sonó como una frase de película.
Sonó como algo que había pensado de verdad.
Bajé la mirada.
—Eso fue bastante maduro para vos.
Sonrió.
—Estoy creciendo.
—Milagro.
Le di un pequeño golpe en el brazo.
Él negó divertido.
Y ahí estaba.
Ese nosotros que había extrañado.
No perfecto.
No arreglado.
Pero vivo.
Más tarde, la música cambió.
Una canción conocida empezó a sonar.
Mis amigos fueron a bailar.
Mateo apareció frente a nosotros.
—Bueno, ustedes dos.
Dylan lo miró.
—¿Qué?
—Dejen de actuar como si fueran desconocidos.
Me reí.
—Mateo...
—No dije nada malo.
Y desapareció antes de que pudiéramos responder.
Dylan me miró.
—Tiene demasiada confianza.
—Siempre.
Nos quedamos viendo la pista.
Personas bailando.
Luces pasando sobre nosotros.
—¿Querés bailar?
La pregunta salió de él.
Simple.
Sin presión.
Lo pensé un segundo.
Después asentí.
—Bueno.
Fuimos.
No fue una escena perfecta.
No como las películas.
No hubo una canción especial.
No hubo todo el mundo desapareciendo alrededor.
Solo dos personas intentando volver a sentirse cómodas.
Él puso una mano en mi cintura.
Con cuidado.
Como preguntando sin palabras si estaba bien.
Yo apoyé una mano sobre su hombro.
Y durante unos minutos...
dejamos de pensar.
Más tarde, cuando volvimos a la mesa, alguien apareció con una botella.
—¡Foto grupal!
Todos protestaron.
Pero todos fueron.
Nos acomodamos.
Dylan quedó detrás mío.
Su mano descansó apenas sobre mi hombro.
Una posición completamente inocente.
Pero suficiente para que recordara algo.
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Editado: 25.09.2026