²⁷
Siempre me causó gracia la gente que dice que las ciudades son enormes.
No lo son.
Al menos no cuando una persona ocupa demasiado espacio en tu cabeza.
Era Domingo.
Había decidido salir temprano para despejarme un poco.
Después de toda una semana encerrada entre trabajo, apuntes y videos, necesitaba caminar sin un destino específico.
Entré a una librería del centro.
De esas antiguas.
Con estanterías de madera.
Aroma a café.
Y ese silencio tan particular que solo existe en los lugares donde la gente va a buscar historias.
Me encantaban.
Podía pasar horas ahí.
Empecé a recorrer los estantes.
Novelas.
Psicología.
Viajes.
Cocina.
Tomé un libro.
Lo abrí.
Leí una página al azar.
No entendí nada.
Lo devolví.
Seguí caminando.
Hasta que una voz habló detrás de mí.
—Sabía que te iba a encontrar acá.
El corazón me dio un vuelco.
Conocía esa voz.
Demasiado.
Me giré despacio.
Dylan.
Tenía un libro bajo el brazo y una taza de café en la mano.
Me miraba con una sonrisa tranquila.
Como si encontrarme fuera la cosa más normal del mundo.
—¿Me estabas siguiendo?
Levantó una ceja.
—¿En serio pensás eso?
Me reí.
—No.
Pero admití que por un segundo sonó bastante sospechoso.
Él levantó el libro que llevaba.
—Vine a buscar esto.
Leí la tapa.
Una novela policial.
—No sabía que leías ese género.
—Hay muchas cosas que no sabés de mí.
La frase salió tan natural que los dos nos quedamos en silencio.
Porque era verdad.
Y porque ninguno quiso convertirla en un reproche.
Respiré hondo.
—Supongo que sí.
Él dio un paso hacia una estantería.
—¿Y vos?
Miré el libro que tenía en la mano.
—Todavía no encontré ninguno.
Se acercó.
Miró los títulos.
Después sacó uno.
Me lo alcanzó.
—Este.
Lo observé.
—¿Lo leíste?
Negó con la cabeza.
—No.
Pero pensé que te iba a gustar.
—¿Y por qué?
Se encogió apenas de hombros.
—Porque habla de personas que piensan demasiado.
Lo miré fingiendo indignación.
—¿Me estás diciendo intensa?
—No.
Sobreanalizadora.
—Es peor.
Nos reímos.
Y, por unos segundos...
todo volvió a sentirse increíblemente fácil.
Como cuando todavía compartíamos departamento.
Como cuando ninguna conversación necesitaba medir las palabras.
Terminamos sentándonos en la cafetería que había dentro de la librería.
No estaba planeado.
Simplemente pasó.
Él pidió un café negro.
Yo un capuchino.
La señora que atendía dejó las tazas sobre la mesa y sonrió.
—Hace linda pareja.
Los dos levantamos la vista al mismo tiempo.
Después nos miramos.
Y, por primera vez en semanas...
nos reímos sin sentir incomodidad.
—Gracias...
Respondimos casi al mismo tiempo.
La mujer se fue convencida de que seguíamos juntos.
Ninguno sintió la necesidad de corregirla.
Hubo un silencio corto.
Después Dylan tomó un sorbo de café.
—Extrañaba hablar con vos.
No respondió mi cabeza.
Respondió mi corazón.
Porque sentí exactamente lo mismo.
Solo que nunca habría sido capaz de decirlo primero.
Apoyé la taza.
—Yo también.
Él sonrió apenas.
No era una sonrisa de triunfo.
Era de alivio.
Como si hubiera estado esperando esa respuesta desde hacía días.
Hablamos de cualquier cosa.
Del trabajo.
De una serie nueva que Mateo insistía en que viéramos.
De un video mío que se había hecho viral sin ninguna explicación.
Hasta que apareció un silencio distinto.
Uno de esos que anuncian una pregunta importante.
Dylan apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Al...
Lo miré.
—¿Sí?
Bajó la vista unos segundos.
Como buscando las palabras.
—¿Vos también sentís que estamos intentando volver...
pero ninguno sabe cómo dar el primer paso?
No respondí enseguida.
Porque acababa de hacer la pregunta exacta.
La que yo llevaba días haciéndome.
Sonreí con un poco de vergüenza.
—Todos los días.
Él soltó una risa baja.
—Menos mal.
—¿Por?
—Porque pensé que era el único.
Nos quedamos mirándonos.
Y por primera vez desde que dejamos de vivir juntos...
la distancia dejó de sentirse tan grande.
Cuando salimos de la librería ya era de tarde.
Nos despedimos con un abrazo.
Más largo que los anteriores.
Más tranquilo.
Más sincero.
Él caminó hacia su auto.
Yo seguí por la vereda.
A los pocos metros me di vuelta.
No sé por qué.
Solo lo hice.
Él también se había dado vuelta.
Y los dos nos descubrimos haciendo exactamente lo mismo.
Nos reímos desde lejos.
Nos saludamos otra vez con la mano.
Y cada uno siguió su camino.
No hacía falta correr.
Por primera vez...
sentía que el destino también sabía esperar.
#5526 en Novela romántica
#493 en Joven Adulto
amor juvenil novela romantica, romance acción drama reflexión amistad, friends to lovers
Editado: 25.09.2026