Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo Veintiocho ♡

²⁸

Hay decisiones que se toman con la cabeza.

Y hay otras que, cuando llegan, uno entiende que en realidad las viene tomando hace mucho tiempo.

Después de aquella tarde en la librería dejamos de escribirnos únicamente por las noches.

Los mensajes aparecían durante el día.

Una foto de un café.

Un chiste malo.

Una canción.

Una recomendación de una película.

Nada extraordinario.

Y, sin embargo, todo se sentía distinto.

No había presión.

No había promesas.

Solo dos personas intentando volver a encontrarse.

Una tarde, mientras terminaba de trabajar, sonó el teléfono.

Dyl.

Sonreí antes de atender.

—Hola.

—Hola, Ali.

Su voz seguía teniendo ese efecto absurdo sobre mí.

Como si automáticamente bajara el volumen del resto del mundo.

—¿Estás ocupada?

Miré el reloj.

—No mucho. ¿Por?

Hubo un pequeño silencio.

—¿Te puedo invitar a cenar?

Me sorprendió.

No porque me invitara.

Sino porque lo preguntó.

Antes simplemente aparecía en la puerta de mi departamento con comida y decía:

"Vamos."

Ahora esperaba mi respuesta.

Y entendí por qué.

Estaba aprendiendo a respetar mis espacios.

—Sí.

Me encantaría.

Nos encontramos en un restaurante pequeño.

Nada lujoso.

Nada preparado.

El tipo de lugar donde podíamos hablar durante horas sin sentir que el tiempo corría.

Él ya estaba sentado cuando llegué.

Se levantó apenas me vio.

Sonrió.

—Hola.

—Hola, Dyl.

Por un instante ninguno supo si saludarse con un abrazo.

Con un beso en la mejilla.

O simplemente con la mano.

Terminamos riéndonos de nuestra propia incomodidad.

Y el abrazo salió solo.

Natural.

Como si nunca hubiera dejado de existir.

La cena transcurrió entre anécdotas.

Mateo.

El trabajo.

Un cliente que casi incendia la oficina de Dylan por conectar mal una cafetera.

Yo terminé llorando de la risa.

—No te rías.

Casi me echan la culpa.

—Porque seguro estabas mirando sin hacer nada.

—Obviamente.

Era más entretenido.

Le pegué un pequeño golpe en el brazo.

—Sos imposible.

—Vos seguís riéndote igual.

Tenía razón.

Siempre la tenía cuando conseguía hacerme reír.

Y eso era un poco injusto.

Cuando terminamos de cenar salimos a caminar.

La ciudad estaba tranquila.

El aire era fresco.

No hacía falta hablar todo el tiempo.

Había aprendido que los silencios con Dylan nunca pesaban.

De repente él frenó.

Yo también.

—¿Qué pasa?

Metió una mano en el bolsillo del abrigo.

Sacó algo.

No era una caja.

Ni un regalo.

Eran unas llaves.

Las reconocí enseguida.

Las del departamento donde habíamos vivido juntos.

Las apoyó sobre la palma de su mano.

Las miró unos segundos.

Después levantó la vista.

—Todavía son tuyas.

Sentí un nudo en la garganta.

—Pensé que las habías cambiado.

Negó despacio.

—Nunca pude.

Hubo un silencio.

Él respiró hondo.

—Ali...

No quiero que vuelvas porque tengas que hacerlo.

Quiero que vuelvas solamente si volvés convencida.

Miré las llaves.

Después a él.

—¿Y si todavía me da miedo?

Sonrió con una ternura que me desarmó.

—Entonces volvamos despacio.

No hace falta resolver nuestra vida esta noche.

Solo dar el próximo paso.

Las lágrimas aparecieron antes de que pudiera evitarlas.

Qué hombre tan raro.

Siempre encontraba una forma de quitarle dramatismo a todo.

Cuando yo esperaba una discusión...

él proponía paciencia.

Cuando yo esperaba un reproche...

él ofrecía tiempo.

Me acerqué.

Lo abracé.

Esta vez fui yo.

Él tardó apenas un segundo en rodearme con los brazos.

—Extrañé esto.

Murmuré.

Sentí cómo apoyaba la mejilla sobre mi cabeza.

—Yo también, Al.

Nos quedamos así un largo rato.

Sin apuro.

Hasta que levanté apenas la vista.

—¿Sabés qué?

—¿Qué?

Sonreí.

Una sonrisa chiquita.

De esas que nacen antes que las palabras.

—Creo que podemos intentar otra vez.

No prometo hacerlo perfecto.

Él negó enseguida.

—No quiero perfecto.

Quiero que sea con vos.

Sentí que el pecho se me aflojaba.

Como si durante meses hubiera estado sosteniendo una respiración que recién ahora podía soltar.

Él tomó mi mano.

Entrelazó los dedos con los míos.

Esta vez ninguno tuvo miedo.

Seguimos caminando.

La ciudad era exactamente la misma.

Las luces seguían encendidas.

Los autos seguían pasando.

Pero algo había cambiado.

No era que hubiéramos vuelto al lugar donde estábamos antes.

Era mejor.

Porque ahora sabíamos lo fácil que era perderse.

Y también...

lo mucho que valía la pena volver a encontrarse.

Esa noche no dormí en su departamento.

Ni él en el mío.

Todavía no.

Los dos entendimos que algunas cosas necesitaban tiempo.

Pero cuando me dejó en la puerta de casa y me dio un beso en la frente antes de despedirse...

tuve la certeza de que acabábamos de empezar una nueva etapa.

Sin imaginarnos que, a veces, las historias no ponen a prueba el amor cuando todo va mal.

Lo hacen justamente cuando uno cree que, por fin...

todo volvió a estar en calma.




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