Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo treinta ♡

³⁰

Siempre pensé que los viajes sacaban la verdadera personalidad de la gente.

Al segundo día ya nadie intentaba quedar bien.

Lucas roncaba.

Mateo hablaba dormido.

Tayler desaparecía cada vez que había que lavar los platos.

Y Jaz tenía la costumbre de levantarse antes que todos para salir a caminar.

Yo descubrí otra cosa.

Dylan seguía despertándose cinco minutos antes que sonara cualquier alarma.

Siempre.

Como si su cuerpo tuviera un reloj propio.

Aquella mañana abrí los ojos por casualidad.

Todavía era temprano.

El resto de la casa seguía completamente en silencio.

Vi una sombra cruzar el living.

Era él.

Llevaba un buzo gris y una taza de café.

No hizo ruido.

Abrió despacio la puerta de la cabaña y salió al porche.

No sé por qué.

Pero lo seguí.

Sin hacer ruido.

Cuando abrí la puerta, el aire frío me golpeó de lleno.

—Sabía que ibas a aparecer.

Dijo sin darse vuelta.

Me crucé de brazos.

—¿Ahora también adivinás el futuro?

Sonrió.

—No.

Solo escuché tus pasos.

Me acerqué hasta quedar apoyada sobre la baranda.

Frente a nosotros había un lago cubierto por una neblina finita.

Era de esos paisajes que parecían inventados.

—Es lindo.

Murmuré.

—Mucho.

Contestó.

Después agregó:

—Pero no estaba mirando el lago.

Giré la cabeza.

Él seguía observándome.

Desvié la mirada enseguida.

—No aprendés más.

—No quiero aprender.

Respondió con una tranquilidad que me desarmó.

Sentí calor en las mejillas.

Qué hombre insoportable.

El resto del día pasó entre caminatas, mates y competencias absurdas organizadas por Mateo.

A la tarde alquilamos unos kayaks.

Lucas insistió en remar solo.

Duró exactamente cuatro minutos antes de terminar en el agua.

Las risas se escucharon desde la otra punta del lago.

—¡No se rían!

Gritaba.

—¡Hace frío!

Mateo apenas podía respirar de tanto reírse.

Jaz filmó absolutamente todo.

Y Tayler prometió subir el video apenas tuvieran señal.

Era imposible aburrirse con ese grupo.

A la noche prepararon un asado.

El cielo empezó a oscurecer mucho más de lo normal.

Jaz levantó la vista.

—Va a llover.

Cinco minutos después el viento confirmó que tenía razón.

Las primeras gotas cayeron justo cuando Lucas servía la comida.

—¡Entren todo!

Gritó Mateo.

En cuestión de segundos la terraza quedó vacía.

Entre las bandejas, las bebidas y las sillas, todos corrían de un lado para otro.

Yo levanté una fuente enorme.

No vi que el piso ya estaba mojado.

Resbalé.

No llegué a caer.

Dos brazos me sujetaron antes.

Sentí una mano firme rodeando mi cintura.

La otra sosteniendo mi brazo.

Quedé completamente inmóvil.

Dylan.

Nos miramos.

Muy cerca.

Demasiado.

—¿Estás bien?

Preguntó en voz baja.

Asentí.

Pero seguía sin moverme.

Ni él tampoco.

Durante un segundo el ruido de la lluvia desapareció.

Solo existíamos nosotros.

Su mano seguía apoyada en mi cintura.

Podía sentir el calor incluso a través de la tela del buzo.

—Gracias...

Murmuré.

Él sonrió apenas.

—Siempre llegás al límite.

—¿Y vos siempre aparecés?

Pregunté casi sin pensar.

Su sonrisa cambió.

Se volvió más pequeña.

Más sincera.

—Si puedo...

Siempre.

No supe qué responder.

Porque había dicho exactamente lo que sentía.

No como una promesa.

Como un hecho.

—¡Eh!

La voz de Tayler rompió el momento.

—¿Piensan quedarse abrazados o nos ayudan?

Los dos reaccionamos al mismo tiempo.

Nos separamos enseguida.

Yo carraspeé.

Él pasó una mano por la nuca, claramente incómodo.

Mateo empezó a reírse.

—Creo que interrumpimos algo.

—No interrumpieron nada.

Respondimos los dos exactamente al mismo tiempo.

Las carcajadas fueron inmediatas.

Hasta nosotros terminamos riéndonos.

La lluvia siguió durante horas.

Terminamos todos adentro de la cabaña.

Jugando cartas.

Comiendo.

Contando historias vergonzosas.

En algún momento se cortó la luz.

Lucas levantó los brazos.

—Listo.

Ahora sí parece una película de terror.

—Con vos alcanza.

Contestó Jaz.

Todos volvieron a reír.

Yo miré alrededor.

Después miré a Dylan.

Él ya me estaba mirando.

Y esta vez ninguno desvió la vista.

Porque ya no había dudas.

Había pasado demasiado tiempo intentando convencernos de que podíamos vivir separados.

La verdad era mucho más simple.

Nos seguíamos eligiendo.

Aunque todavía no supiéramos cómo decirlo.

Y, curiosamente...

esa noche, mientras la lluvia golpeaba el techo de la cabaña, sentí algo que hacía meses no aparecía.

No era tranquilidad.

Era esperanza.

Porque, por primera vez desde nuestra separación...

dejé de pensar en todo lo que habíamos perdido.

Y empecé a imaginar...

todo lo que todavía podíamos construir.




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