³⁵
Todo el viernes me repetí exactamente la misma frase.
"No es una cita."
Me la dije mientras trabajaba.
Mientras volvía a casa.
Mientras abría el placard.
"No es una cita."
Entonces...
¿por qué llevaba cuarenta minutos probándome ropa?
Tiré una remera sobre la cama.
Después otra.
Y otra.
—Ridícula...
Murmuré para mí misma.
Como si el problema fuera la ropa.
Y no el hecho de que quería verme linda.
El timbre sonó exactamente a las ocho.
Respiré hondo.
Abrí la puerta.
Y me olvidé por completo del discurso que venía ensayando.
Dylan estaba apoyado en el marco.
Jean oscuro.
Camisa negra con las mangas dobladas hasta los antebrazos.
El pelo apenas despeinado, como si se hubiera acomodado con la mano cinco minutos antes de llegar.
Nunca lo había visto especialmente preocupado por cómo vestirse.
Esa noche sí.
Él también me recorrió con la mirada.
Muy despacio.
No de una manera incómoda.
Más bien...
como si intentara guardar esa imagen.
—Hola.
Dijo al fin.
—Hola.
Nos quedamos mirándonos dos segundos más de lo normal.
Hasta que los dos nos reímos.
—Estamos rarísimos.
Dije.
—Bastante.
Fuimos caminando.
Ninguno había elegido un restaurante elegante.
Terminamos entrando a una hamburguesería que siempre estaba llena.
—¿En serio me trajiste acá?
Pregunté.
Él levantó una ceja.
—¿Preferías un lugar con manteles blancos?
Me reí.
—No.
La verdad...
prefiero esto.
Y era cierto.
Había algo muy nosotros en elegir un lugar simple.
Sin necesidad de impresionar a nadie.
La comida llegó.
Las papas desaparecieron antes que las hamburguesas.
Como siempre.
—Seguís robándome las papas.
Comentó.
—Las tuyas son más ricas.
—Son exactamente las mismas.
—No importa.
Me gustan más.
Negó con la cabeza.
—Nunca voy a entender tu lógica.
—Ni yo.
Cuando salimos ya era de noche.
El aire estaba fresco.
Caminábamos sin apuro.
Como si ninguno tuviera ganas de terminar la noche.
En una esquina encontramos una plaza casi vacía.
Había una hamaca libre.
Me senté sin pensarlo.
Empecé a balancearme apenas.
Él me observaba.
Sonriendo.
—¿Qué?
Pregunté.
—Nada.
Es que...
hacía mucho que no te veía hacer eso.
—¿Hamacarme?
Asintió.
—Siempre lo hacías cuando necesitabas despejar la cabeza.
Me quedé quieta.
Era impresionante la cantidad de cosas que recordaba de mí.
—¿Cómo hacés para acordarte de todo?
Él tardó unos segundos en responder.
—Porque cuando quiero a alguien...
presto atención.
Sentí que el pecho se me apretaba un poco.
No por tristeza.
Por ternura.
Muchísima.
Bajé de la hamaca.
Quedé frente a él.
—Dyl...
Él esperó.
Como siempre.
Y otra vez me di cuenta de algo.
Nunca me apuraba.
Nunca me exigía respuestas.
Nunca completaba mis silencios.
Simplemente...
estaba.
Le acomodé el cuello de la campera.
Él soltó una risa bajita.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Hacés eso cada vez que te ponés nerviosa.
Abrí grande los ojos.
—¿En serio?
—Hace años.
Sentí una vergüenza tremenda.
—No puede ser.
—Puede.
Me tapé la cara con las manos.
Él empezó a reír.
—No te rías.
—Perdón.
No puedo.
Le pegué un golpecito suave en el brazo.
—Qué pesado sos.
Él dejó de reír de a poco.
Pero seguía sonriendo.
Y entonces hizo algo que no esperaba.
Sacó algo del bolsillo.
Era una pulsera de hilo.
Muy sencilla.
Negra.
Con un pequeño detalle plateado en el centro.
Fruncí el ceño.
—¿Y eso?
Se encogió de hombros.
Con esa humildad que siempre tenía cuando hacía algo lindo.
—Había un artesano en la plaza.
La vi.
Y pensé en vos.
La sostuvo entre los dedos.
—No es por ninguna fecha.
Ni porque haya pasado algo especial.
Solo...
la vi y me dieron ganas de regalártela.
Me quedé completamente muda.
No por el regalo.
Sino por el motivo.
No necesitaba una excusa.
No esperaba una ocasión importante.
Simplemente había pensado en mí.
Extendí la muñeca.
Él la ató con cuidado.
Sus dedos rozaron mi piel apenas unos segundos.
Lo suficiente para acelerar mi corazón.
Cuando terminó...
levantó la vista.
—Listo.
Miré la pulsera.
Era hermosa.
Pero había algo todavía más lindo.
La forma en que me estaba mirando.
Como si la reacción que esperaba no fuera un "gracias".
Sino verme sonreír.
Y funcionó.
Porque sonreí.
Muchísimo.
Lo abracé.
Sin pensarlo.
Él tardó apenas un segundo en devolverme el abrazo.
Firme.
Tranquilo.
Sin apuro.
Cuando me separé un poco, seguíamos muy cerca.
Tan cerca que pude notar una pequeña marca de tinta azul en su mano.
—¿Qué es eso?
Le pregunté.
Él escondió la mano enseguida.
—Nada.
Le agarré la muñeca antes de que pudiera guardarla en el bolsillo.
Tenía escrita una sola palabra.
Con birome.
"20:00."
Lo miré confundida.
Él se rascó la nuca, claramente avergonzado.
—Me la anoté esta mañana.
Por si me distraía con el trabajo.
No quería llegar tarde.
Lo miré unos segundos.
Después otros.
Y entendí que el regalo no había sido la pulsera.
El regalo era descubrir que alguien podía tener tantas ganas de verme...
como yo de verlo a él.
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Editado: 25.09.2026