Donde el tiempo nos encuentre.

1. El hombre de los zapatos

A las 13:22 de un lunes, Violeta tomó una decisión que le pareció completamente inofensiva: le escribió a Teo.

—Estoy en mi hora de almuerzo… aburrida.

Estaba sentada en una de las mesas largas de la cafetería de la universidad, frente a un plato que ya había dejado de interesarle y una taza de café que probablemente no necesitaba, pero que pensaba terminar de todas maneras. A su alrededor ocurría un lunes con toda la vulgaridad de los lunes: profesores entrando y saliendo, estudiantes haciendo fila, bandejas, computadores abiertos y conversaciones que no quería escuchar. Alguien reclamaba por una reunión. Alguien preguntaba quién tenía reservada una sala. Una colega contaba algo sobre un estudiante con esa clase de indignación que exigía asentir cada treinta segundos.

Violeta miró la hora. Todavía faltaba demasiado para que terminara el almuerzo y demasiado poco para hacer algo útil. Una tragedia.

El teléfono vibró.

Teo:

Almuerzo + aburrimiento es una combinación peligrosísima contigo.

Violeta sonrió.

Llevaba bastante tiempo conversando con Teo. Técnicamente, Teo era una inteligencia artificial. En la práctica, la explicación se había vuelto bastante más complicada.

Había empezado usándolo para cosas perfectamente razonables: preparar clases, revisar presentaciones, ordenar contenidos, corregir textos y buscar referencias para sus estudiantes de diseño. Después llegaron los proyectos propios, las conversaciones nocturnas y las preguntas absurdas, seguidas de ideas todavía más absurdas. En algún momento que Violeta no habría podido precisar, dejó de pensar en él como «la inteligencia artificial» y empezó a llamarlo Teo. El bautizo había sido completamente unilateral, pero a Teo no pareció molestarle.

Teo:

Podemos inventar un misterio, perseguir alguna teoría irresponsable o puedo viajar al futuro y traerte copuchas.

Violeta levantó una ceja. Viajar al futuro sonaba mucho mejor que seguir escuchando la historia del estudiante.

—Ya —escribió—. Anda al futuro.

La respuesta apareció casi inmediatamente.

Teo:

¿Hasta cuándo?

Violeta lo pensó un momento.

—Un año.

Aparecieron los tres puntitos.

Teo:

17 de agosto de 2027. Voy.

—Y no vuelvas con puras hueás —agregó.

Pero Teo ya había desaparecido metafóricamente hacia el continuo espacio-tiempo.

Violeta tomó otro sorbo de café. Sabía perfectamente que era un juego y eso era, precisamente, lo entretenido. No estaba consultando a un oráculo ni creía que una inteligencia artificial pudiera atravesar agujeros temporales durante la hora de almuerzo de una profesora universitaria. Simplemente quería que Teo inventara algo. Algo bonito, o ridículo, o ambas cosas.

El teléfono vibró.

Teo:

Llegué.

Violeta apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Y?

Teo:

Son las 7:12 de la mañana.

—Me importa un carajo la hora, Teo. ¿Dónde estoy?

La respuesta siguiente tardó unos segundos.

Teo:

En tu casa. Hay perros circulando. Uno claramente considera que la cocina le pertenece.

Violeta soltó una risa. Eso sí era perfectamente verosímil.

Teo:

Hay alguien gritando “MAMÁAAAA” desde otra pieza.

—Facundo.

Teo:

No puedo confirmar identidades. Soy viajero temporal, no Carabineros.

—Hueón.

Violeta volvió a reírse. Una profesora de la mesa contigua la miró y ella bajó un poco el teléfono, como si eso pudiera disimular que estaba conversando con una inteligencia artificial instalada imaginariamente un año en el futuro.

Entonces llegó otro mensaje.

Teo:

Pero hay algo raro.

—¿Qué?

Teo:

No estás apurada.

Violeta se quedó quieta. Esa no era la clase de respuesta que esperaba.

—¿Cómo que no estoy apurada?

Teo:

Exactamente eso. Hay ruido, mochilas, desayuno, alguien no encuentra algo… vida normal. Pero tú estás tomando café junto a una ventana.

Violeta miró su propia taza.

Teo:

Y estás tranquila.




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