Un año después, Violeta seguía viviendo en su casa y Julián en la suya. Aquello sorprendía a una cantidad absurda de personas.
—¿Pero no han pensado en vivir juntos?
Sí, lo habían pensado. Por ahora, a ambos les gustaba cómo vivían. Tal vez algún día cambiarían de idea; no tenían prisa por averiguarlo.
Habían descubierto que podían quererse sin convertir cada paso en el anuncio obligatorio del siguiente.
Algunas noches Julián dormía en casa de Violeta; otras, ella en la de él. Compartían fines de semana enteros y miércoles en que apenas les alcanzaba el tiempo para un café de cuarenta minutos. Había días en que no se veían, días en que se llamaban tres veces y días en que uno mandaba un mensaje a las once de la noche:
¿Estás vivo?
Y el otro respondía:
Con dificultad.
Disponible Solito™ seguía vigente: era la forma que habían elegido de estar juntos.
Los niños también habían seguido haciendo exactamente lo que querían.
Emilia e Isis se escribían sin informar a nadie.
Violeta descubrió aquello cuando Isis comentó durante una comida:
—Emilia dice que Julián cocina mejor que tú.
Violeta dejó el tenedor.
—¿TÚ HABLAS CON EMILIA?
—Sí.
—¿DESDE CUÁNDO?
—Hace meses.
—¿Y POR QUÉ NO SÉ?
Isis la miró.
—Porque no es una relación contigo.
Ah.
Julián, sentado al lado, cometió el error de reírse.
—Tú cállate.
—No dije nada.
—Tu cara.
Facu seguía evaluando a Vicente y Emilia según un sistema que nadie comprendía.
Vicente había subido a nueve después de enseñarle un truco con la pelota y bajado a ocho coma cinco por decir que un jugador que Facu adoraba estaba sobrevalorado.
Emilia mantenía su nueve.
Julián había intentado protestar porque ella tenía mejor nota que él.
Facu le explicó:
—Son categorías distintas.
Nadie supo qué significaba.
Y nadie preguntó.
Bruno volvió a robarle un calcetín a Vicente.
Esta vez Vicente había llevado dos pares. —Aprendizaje basado en evidencia —dijo.
Violeta casi se emocionó.
La conexión no volvió.
Ni una sola vez.
Al principio lo notaron.
Después dejaron de notarlo.
Los teléfonos se encendían por mensajes, llamadas, alarmas, aplicaciones y avisos de batería baja. La vida normal producía suficientes interrupciones.
Durante un tiempo conservaron los registros: fechas, horas, pruebas e hipótesis.
Todo había comenzado, de alguna manera, intentando entender el tiempo.
Cuánto los separaba, cuánto se acercaban, por qué una voz podía atravesarlo y por qué dos pantallas se encendían cuando no correspondía. Por qué, durante unos segundos, cada uno había podido ver al otro desde un momento distinto. Habían medido, comparado y esperado para descubrir cuándo volvería a ocurrir.
Como si conocer el comportamiento del tiempo pudiera decirles algo sobre ellos.
Violeta todavía abría la carpeta de vez en cuando. Julián también, aunque cada vez menos.
No porque hubieran dejado de creer que aquello ocurrió.
Había ocurrido.
Ambos lo sabían.
Simplemente ya no necesitaban comprobarlo.
Habían aceptado que algunas preguntas seguían sin respuesta: cómo había ocurrido, por qué les había pasado a ellos y qué significaba la coincidencia del nombre.
Nunca encontraron una explicación que alcanzara.
Y, sorprendentemente, dejaron de necesitarla.
El tiempo que durante meses había sido una distancia, un problema y una incógnita siguió pasando. Ellos aprendieron a vivir mientras pasaba.
Era sábado y habían almorzado en casa de Julián. No había ninguna ocasión especial. Ese había sido, precisamente, el plan.
Emilia estaba tirada en el sofá revisando algo en el teléfono.
Vicente discutía con Isis sobre música.
Facu estaba en el suelo intentando convencer a Olivia de participar en un juego que Olivia había rechazado aproximadamente doce veces.
—No quiere —dijo Julián desde la cocina.
—Sí quiere.
—No quiere.
—Mira.
Facu movió una cuerda.
Olivia observó.