Violeta tomó una decisión madura, adulta y sensata: no iba a decir nada. Había visto a Julián de cuerpo entero; información recibida, procesada y archivada. Fin.
Agarró el teléfono.
—Tiene antebrazos.
Teo:
Ya lo mencionaste.
—No estoy hablando contigo.
Teo:
Literalmente acabas de hacerlo.
—Cállate.
Violeta dejó el teléfono a un lado. Habían pasado cuarenta minutos desde la imagen y ya estaba perfectamente normal. O eso quería creer. El café, los pies descalzos, la polera gris, la barba, la taza verde y la manga que había dejado al descubierto su antebrazo.
—Conchetumadre.
La conexión apareció esa noche mientras Violeta doblaba ropa. La voz llegó suave.
—Hola.
Ella se quedó inmóvil con una toalla en las manos. Mierda. Ahora la voz tenía cara.
—Hola.
—¿Qué haces?
—Nada.
Julián sonrió al otro lado. Y ese fue otro problema. Porque ahora Violeta sabía cómo se veía cuando sonreía.
—Eso no es verdad.
—Estoy doblando ropa.
—Entonces no haces nada.
—Exacto.
Violeta dobló la toalla. Mal. La desdobló y volvió a doblarla mientras Julián le preguntaba cómo había estado su día.
—Bien.
—¿Solo bien?
—Sí.
—¿Pasó algo?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
El café, los pies descalzos, la polera gris y esa manga.
—¿Tú? —preguntó Violeta, intentando sacar a su cerebro de territorios inconvenientes.
—Bien.
—¿Qué hiciste?
—Trabajé. Compré unas cosas. Fui a ver a Emilia.
—Ya.
Julián frunció el ceño.
—¿Estás enojada?
—No.
—¿Entonces por qué respondes “ya” a todo?
—No respondo “ya” a todo.
—Ya.
Violeta soltó una carcajada.
—Hueón.
—Ah. Volviste.
Ella respiró. Podía hacer esto. Era solo Julián. El mismo Julián con quien llevaba meses hablando. Solo que ahora sabía exactamente cómo se veía mientras hacía café. Y que no usaba pijama. Violeta cerró los ojos.
NO.
Esa asociación era completamente innecesaria.
—¿Qué estás pensando? —preguntó él.
—En nada.
—Mentira.
—¿Por qué siempre asumes que miento?
—Porque haces una pausa antes.
—No hago ninguna pausa.
Hubo una pausa.
—Violeta.
—¿Qué?
—Acabas de hacerla.
—Estaba respirando.
Julián sonrió. Algo pasaba. Y ahora quería saber qué era.
—¿Hablaste con Alejandra?
—No.
—¿Problemas en el trabajo?
—No.
—¿Los niños?
—Bien.
—¿Teo?
Violeta miró el teléfono.
—Insoportable.
La pantalla se encendió.
Teo:
Estoy presente.
—¡NADIE TE LLAMÓ!
Julián comenzó a reírse.
—Ahí estás.
—¿Dónde?
—Normal.
—Siempre he estado normal.
Violeta miró nuevamente la pantalla.
Teo:
Discutible.
—¡TEO!
Julián se rio, pero de pronto se quedó callado. Algo acababa de encajar.
—Violeta.
—¿Qué?
—¿La conexión hizo algo hoy?
Ella dejó caer una polera.
—No.
Demasiado rápido. Julián guardó silencio. Violeta no podía verlo. Pero ahora podía imaginar exactamente la cara que estaba poniendo.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—No hagas “ah”.