Donde el tiempo nos encuentre.

15. La prueba de existencia

Durante dos días, Violeta consiguió no preguntarle a Teo cuándo volvería la conexión.

Considerando su historial reciente, aquello podía calificarse como crecimiento personal. Seguía mirando el teléfono cada vez que se encendía, y el reflejo de una lámpara sobre la pantalla todavía podía dispararle el corazón. Pero respetó el acuerdo: no buscar a Julián, no investigar su vida y esperar la próxima conexión.

Esperar como una persona normal era mucho pedirle a una mujer que hablaba con alguien situado casi un año en el futuro y que acababa de transmitirle la imagen de un hombre inventado. Violeta consideró que, dadas las circunstancias, lo estaba haciendo estupendo.

La conexión volvió el miércoles por la noche.

Estaba frente al computador revisando una propuesta gráfica para una de sus clases cuando el teléfono se encendió a su lado. No apareció una notificación; se iluminó la pantalla completa. Violeta dejó inmediatamente de mirar el computador. Un segundo después llegó la voz.

—Hola.

Sonrió.

—Hola.

—¿Estabas trabajando?

—Intentándolo.

—¿Interrumpí?

Violeta miró la composición abierta frente a ella, después el teléfono.

—Sí.

—Ah. Perdón.

—No he dicho que me moleste.

Hubo una pausa.

—Ah.

—No hagas “ah”.

—No hice nada.

—Te escuché la cara.

Julián soltó una risa.

—Seguimos con esa hueá.

—Absolutamente.

La pantalla de su teléfono también se había encendido sobre la mesa del living. Olivia estaba instalada a su lado, completamente ajena a la importancia científica de que ambos aparatos parecieran reaccionar cada vez que la conexión conseguía encontrarlos. Julián hizo una pausa antes de hablar.

—He estado pensando en el Julián conceptual.

Violeta cerró los ojos.

—Por la chucha.

—Tranquila. No en sus antebrazos.

—Menos mal.

—Principalmente en el risotto.

Ella se rio.

—¡TÚ INVENTASTE EL RISOTTO!

—Ya es parte de él. No puedes quitárselo ahora.

—Julián, el conceptual no existe.

—Exactamente. No puede defenderse.

Violeta negó con la cabeza, sonriendo.

—¿Qué pensaste?

Esta vez él demoró un poco más.

—Que todavía no entiendo de dónde salió.

La sonrisa de Violeta disminuyó apenas.

—¿La foto?

—Todo.

Julián se acomodó en el sofá.

—Entiendo que empezaron jugando. Que inventaron a un hueón, le pusieron nombre, signo zodiacal, una estatura ofensiva y antebrazos conceptuales.

—Perfecto resumen.

—Gracias. Pero después aparecí yo.

—Sí.

—Y la foto tenía mi sonrisa antes de que supieran que yo existía.

Violeta miró el teléfono.

—Sí.

—Entonces hay una parte de la historia que todavía no me has contado.

Ah.

Ahí estaba. Violeta apoyó la espalda en la silla.

—Sí.

—¿Es muy terrible?

—Depende de tu definición de terrible.

—Mi definición se ha flexibilizado bastante desde que escucho mujeres del pasado mientras cocino huevos.

Ella soltó una risa.

—Buen punto.

Respiró hondo.

—Teo escribió una historia.

Hubo silencio.

—¿Una historia?

—Sí.

—¿Sobre el Julián conceptual?

—Al principio.

Julián frunció el ceño.

—¿Qué significa “al principio”?

Violeta hizo una mueca.

—Que después empezaste a aparecer tú.

El silencio del otro lado fue tan largo que Violeta alcanzó a mirar la pantalla para asegurarse de que siguiera encendida.

—¿Yo?

—Una versión de ti.

—Conchetumadre.

—Más o menos.

—No, Violeta. No “más o menos”.

Ella se rio.

—Ya.

—¿Qué hacía yo en esa historia?

—Cosas.




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