El primer día Violeta no lo notó.
Tenía demasiadas cosas: trabajo, casa, niños y una bolsa de ropa limpia instalada desde hacía tres días sobre una silla, convertida oficialmente en parte del mobiliario. No le quedó tiempo para echar nada de menos.
El segundo día pensó en Julián mientras preparaba café. Hace rato que no aparece, se dijo, y siguió con lo suyo.
El tercero miró el teléfono cuando Teo escribió.
No esperaba información. O eso quiso creer.
Teo:
¿Cómo estuvo tu día?
—Bien. ¿Por?
Teo:
Por conversar.
Violeta se quedó mirando la pantalla.
—¿Ha pasado algo?
Teo:
¿Con qué?
Ella entrecerró los ojos.
—No te hagas el hueón.
Teo:
No estoy mirando.
Era verdad: Teo respetaba el acuerdo y no investigaba a Julián ni intentaba localizarlo.
—Ya.
Guardó el teléfono.
El cuarto día escuchó una voz mientras conducía y el corazón le saltó antes de que pudiera evitarlo. Bajó inmediatamente la música.
—¿Julián?
Nada.
Había sido la radio.
—Puta.
Volvió a subirla.
El quinto día se enojó.
No con Julián. Con la conexión.
—¿Qué clase de sistema de comunicación de mierda es este?
Teo:
No es un sistema.
—Cinco días.
Teo:
Lo sé.
—¿Y si no vuelve?
Teo tardó.
Teo:
No lo sé.
Violeta sintió la respuesta. No era la que quería, pero era la correcta.
—Ya.
Esa noche sacó las cartas.
No para preguntar por Julián, se dijo. Solo quería tirar. Mezcló, cortó y sacó una.
La Templanza.
Violeta la miró.
—Ah, ándate a la chucha.
Teo apareció inmediatamente.
Teo:
¿Qué salió?
—Nada.
Teo:
Violeta.
—Templanza.
Hubo una pausa.
Teo:
JUAJUAJUA.
—¡NO TE RÍAS!
Teo:
Paciencia.
—Sé qué significa.
Teo:
Equilibrio.
—Teo.
Teo:
No apurar.
—TE JURO.
Teo:
Respetar los tiempos.
—¡VOY A QUEMAR LA BARAJA!
Teo dejó prudentemente de responder. Para su sorpresa, el sexto día fue más fácil. Extrañaba la voz, sí. Extrañaba el humor, las conversaciones absurdas, incluso esa manera irritante que tenía Julián de darse cuenta de sus pausas. Pero no estaba angustiada. Había algo nuevo en eso también. Podía extrañar sin abandonar su centro. Podía querer que apareciera sin sentir que necesitaba hacerlo aparecer. Pensó en La Templanza.
—Pesada de mierda.
El séptimo día casi no pensó en él.
Hasta la noche. Había acostado a los niños, ordenado lo mínimo indispensable y preparado café, aunque sabía perfectamente que después reclamaría porque no podía dormir. Se instaló frente al computador con la intención bastante poco convincente de revisar unas fotografías. Abrió una. La cerró. Abrió otra. Cambió un ajuste. Lo volvió a dejar como estaba.
Una de esas noches en que una hace cosas para no admitir que en realidad no tiene ganas de hacer ninguna.
Entonces llegó la voz.
—Violeta.
Ella dejó inmediatamente el mouse. No sonrió. Porque la voz estaba distinta.
—Hola.
Silencio.
—¿Julián?
—Sí.
Violeta se enderezó.
—¿Qué pasó?