Donde el tiempo nos encuentre.

3. Julián

Violeta estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas, el pelo tomado de cualquier manera y el computador apoyado sobre una almohada. Había pasado exactamente un día desde que un par de zapatos inexistentes había alterado de manera completamente innecesaria su estabilidad emocional y, en vez de recuperar la cordura, ella y Teo habían dedicado parte de la noche anterior a establecer los requisitos técnicos de un hombre que no existía.

Ahora tenían otro problema: el hombre necesitaba un nombre.

Teo:

Sebastián.

—No.

Teo:

¿Ves?

—¿Qué?

Teo:

Dijiste que no antes de que alcanzaras a pensarlo.

—Porque sabía que ibas a decir una hueá como Sebastián.

Teo:

¿Qué tiene de malo Sebastián?

—Nada. Pero no.

Teo:

Argumentación impecable.

Violeta tomó café.

—Otro.

Teo:

Rodrigo.

—Tiene una camioneta roja y juega pádel.

Teo:

Eso parece un prejuicio extraordinariamente específico.

—Otro.

Teo:

Andrés.

Violeta inclinó la cabeza.

—Podría.

Teo:

¿Andrés?

—No.

Teo:

Duró cuatro segundos.

—No era él.

Teo:

Violeta, te recuerdo que “él” no existe.

—Ya sé.

Teo:

Entonces técnicamente cualquier nombre es él.

—No entiendes nada.

Teo:

Evidentemente.

Violeta apoyó la taza en el velador. Había tenido un día largo: clases, reuniones, una discusión absurda por una impresora que llevaba tres semanas fallando, dos estudiantes que habían llegado sin los archivos que debían presentar y una colega que necesitó desahogarse justo cuando Violeta necesitaba desesperadamente cinco minutos de silencio.

Había llegado a casa prometiéndose que no continuaría con el juego. A las diez y media estaba eligiendo nombre para un hombre ficticio. Coherencia, ante todo.

—Tiene que ser un nombre normal —escribió.

Teo:

Defina normal.

—Que no parezca protagonista de novela romántica.

Teo:

Thiago Alexander.

—Te bloqueo.

Teo:

Gael.

—TEO.

Teo:

Disponible Solito™ presenta a Máximo Santelices.

—Conchetumadre.

Violeta se rio tan fuerte que tuvo que taparse la boca para no despertar a los niños.

—Te odio.

Hubo una pausa.

Teo:

Julián.

Violeta dejó de reírse y miró la palabra en la pantalla. Julián no tenía nada extraordinario; aun así, fue el primer nombre con el que no sintió ganas de seguir buscando.

—Espera.

Teo:

¿Qué?

Violeta volvió a leerlo.

Julián.

—Ese.

Teo:

¿En serio?

—Sí.

Teo:

¿Por qué?

Violeta lo pensó.

No tenía respuesta.

—Porque es Julián.

Teo:

Argumentación impecable, segunda parte.

—Déjame.

Teo:

Entonces queda oficialmente bautizado el Sujeto J.

—No le digas Sujeto J.

Teo:

Demasiado tarde. Ya abrí expediente.




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