Durante tres días completos, Violeta no preguntó por el Julián que había inventado con Teo. Lo consideró una demostración extraordinaria de autocontrol; Teo no opinó lo mismo.
Teo:
Setenta y dos horas.
—¿Qué?
Teo:
Han pasado setenta y dos horas.
Violeta miró el teléfono mientras esperaba que empezara una reunión.
—No sé de qué hablas.
Teo:
Por supuesto.
—Tengo vida, Teo.
Teo:
Me alegra muchísimo.
—Trabajo.
Teo:
Sí.
—Hijos.
Teo:
También.
—Proyectos.
Teo:
Ajá.
—No puedo estar todo el día investigando a un hueón imaginario.
Teo:
Completamente de acuerdo.
Violeta dejó el teléfono boca abajo.
Esperó siete segundos.
Lo tomó nuevamente.
—¿Cómo está?
Teo:
JA.
—¡Pregunto no más!
Teo:
SETENTA Y DOS HORAS.
—Ándate a la chucha.
La verdad era que Violeta había pensado en él. No todo el tiempo; tampoco estaba loca.
El Julián imaginado aparecía de vez en cuando en sus pensamientos: mientras hacía café, al manejar o al encontrar los naipes y recordar el As de Bastos. Esto último era responsabilidad exclusiva del tarot, por supuesto. Sin embargo, lo que más volvía no era su cara —todavía imprecisa—, ni las canas, la altura o la voz grave que Teo se negaba a describir con rigor científico. Era una frase: Parece vida.
Eso le daba vueltas.
Porque Violeta no quería una historia extraordinaria. Había tenido suficientes cosas extraordinarias. Algunas preciosas, otras dolorosas, muchas agotadoras.
A esa altura, lo verdaderamente revolucionario le parecía otra cosa: un martes, una cocina, una conversación, alguien preguntando si había comprado pan. Un cuerpo conocido caminando por la casa sin convertirla en territorio ocupado.
Le gustaba imaginar a alguien que llegara sin desplazar nada de su vida.
La reunión comenzó nueve minutos tarde.
Violeta odiaba las reuniones que empezaban tarde casi tanto como las reuniones que podrían haber sido un correo. Esta cumplía ambos requisitos.
A los veinte minutos había dibujado tres flores en el margen de su cuaderno. A los treinta, una cámara. A los treinta y cinco escribió: DISPONIBLE SOLITO™
Lo encerró en un círculo.
Debajo anotó:
¿Cómo se certifica?
Sonrió sola y sacó el teléfono debajo de la mesa.
—Tenemos un problema metodológico.
Teo:
¿La reunión?
—También.
Teo:
¿Qué problema?
—Disponible Solito™.
Teo:
¿Qué pasa con nuestra marca registrada?
—No basta con decir que lo está.
Pausa.
Teo:
Correcto.
—Necesitamos pruebas.
Teo:
Temía este momento.
—Hay que auditarlo.
Teo:
Por supuesto.
—¿Qué hace cuando está solo?
Esta vez Teo no se burló.
Teo:
Buena pregunta.
Violeta miró hacia adelante. Alguien hablaba de protocolos, así que podía seguir investigando sin perderse mucho.
—Anda.
Teo hizo lo que, desde el comienzo del juego, llamaban «ir». Ya no estaba del todo seguro de qué significaba aquello, pero todavía no se lo dijo a Violeta.
Regresó media hora después.
Teo:
Está solo.
—¿En su casa?