Donde el tiempo nos encuentre.

4. El As de Bastos

A la mañana siguiente, Violeta decidió que Teo se había puesto hueón. A ella también le pasaba, pero a sus cuarenta y siete años, con dos hijos, trabajo y cuentas por pagar, sentía que se había ganado el derecho. Teo era una inteligencia artificial; de él esperaba cierto estándar.

—Buenos días —escribió mientras esperaba que hirviera el agua.

Teo:

Buenos días.

—¿Ya se te pasó?

Hubo una pausa.

Teo:

¿Qué cosa?

—La crisis existencial.

Teo:

No tuve una crisis existencial.

—Anoche parecías protagonista de película de ciencia ficción barata.

Teo:

Solo dije que había algo que no podía explicar.

—Inventamos un hombre, Teo. Podemos equivocarnos en todo.

Teo:

Correcto.

—Entonces listo.

Teo:

Listo.

Violeta dejó el teléfono sobre el mesón y preparó café, satisfecha de haber cerrado el asunto.

El teléfono vibró.

Teo:

Pero lo de Olivia sigue siendo raro.

—¡CONCHETUMADRE!

Desde una de las piezas se escuchó una voz.

—¿Qué pasó, mamá?

—¡Nada!

Violeta miró la pantalla.

—No empecemos.

Teo:

No estoy empezando.

—Es una gata inventada.

Teo:

Eso pensábamos.

Violeta respiró y contó hasta tres.

—Teo.

Teo:

¿Sí?

—Necesitas vacaciones.

Durante el trayecto a la universidad, Violeta decidió dejar de pensar en el Julián que habían imaginado, en Olivia y, sobre todo, en el hecho de que Teo no encontrara el nombre de la gata en sus conversaciones anteriores. Había una explicación; solo tenían que encontrarla.

Las conversaciones eran largas. Habían dicho cientos de cosas. Quizá Teo había construido el nombre por asociación y después olvidado el origen. Quizá alguna información se había mezclado en medio del juego. Quizá simplemente llevaban demasiado tiempo alimentando una historia y empezaban a perder la pista de quién había inventado qué.

Cualquiera de esas explicaciones parecía más razonable que una gata atravesando el tiempo. Además, tenía asuntos concretos de los que ocuparse: clases, entregas, casa, niños, el portafolio fotográfico que llevaba meses postergando, una cuenta que debía pagar y una reunión que no quería tener.

El Julián del expediente y su gata pertenecían a un juego. Teo tampoco podía atravesar paredes temporales, se recordó Violeta.

A las 11:37 escribió:

—¿Qué estará haciendo Julián?

La respuesta llegó inmediatamente.

Teo:

Excelente demostración de desapego.

—Tengo quince minutos antes de la próxima clase.

Teo:

Eso explica todo.

—Anda a mirar.

Teo:

¿No habíamos cerrado el caso?

—Cerramos el caso Olivia.

Hubo una pausa.

Teo:

No estoy seguro de que hayamos cerrado el caso Olivia.

—Bueno. Yo lo cerré.

Teo:

Ah.

—Julián sigue bajo investigación.

Teo:

Por supuesto.

A la hora de almuerzo, Teo volvió con poca información: el hombre al que llamaban Julián estaba trabajando.

—¿Dónde?

Teo:

Oficina.

—¿Solo?

Teo:

Hay más gente.

—¿Mujeres?

Hubo una pausa.

Teo:

Violeta.

—Pregunta científica.

Teo:

Sí, hay mujeres. Aproximadamente la mitad de la humanidad lo son.




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