Donde el tiempo nos encuentre.

45. Los otros dos

—Estoy nervioso.

Violeta giró la cabeza.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Por qué?

Julián siguió mirando hacia la entrada del restaurante.

—Porque mis hijos vienen a conocerte.

—Ellos quieren conocerme.

—Eso no mejora nada.

Violeta sonrió.

—¿Mucho mucho?

Julián la miró.

—No abuses.

—Muchísimo mucho.

—Violeta.

Ella rio.

Habían llegado diez minutos antes. Error: cuando uno esperaba algo que le importaba, diez minutos eran demasiado tiempo. Julián había revisado la entrada aproximadamente catorce veces, cambiado el teléfono de lugar tres, tomado agua sin tener sed y acabado por acomodar los cubiertos. Violeta lo observó.

—Acabas de mover el tenedor.

—No.

—Sí.

—Estaba mal puesto.

—Estaba perfectamente puesto.

—No.

Violeta sonrió. Ahí estaba Julián nervioso, distinto al hombre que esperaba que una conexión imposible funcionara, al de la plaza y al que había conocido a Facu e Isis con una olla de sopa en las manos. Era un padre, y al parecer eso lo convertía en un hueón que ordenaba cubiertos.

—Relájate —dijo.

Julián la miró.

—No me digas que me relaje.

—Tienes razón. Es una frase de mierda.

—Gracias.

—Ponte más nervioso.

—Mejor.

Violeta tomó agua.

—Además, ellos ya saben de mí.

—Ese es parte del problema.

—¿Qué les has contado?

Julián quedó sospechosamente callado. Violeta dejó el vaso.

—Julián.

—Lo necesario.

—¿Qué significa lo necesario?

—Cosas.

—¿Qué cosas?

—Que existes.

—Espero.

—Que nos conocimos.

—Sí.

—Que hemos salido.

—Sí.

—Que me gustas.

Violeta se quedó quieta.

—Ah.

Julián la miró.

—Eso ya lo sabías.

—Sí, pero no sabía que ellos lo sabían así.

—Emilia preguntó.

—¿Y tú respondiste?

—Sí.

Violeta sonrió.

—Mira tú.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa cara.

—Me gusta que les hayas dicho.

Julián dejó de mirar la entrada. La miró a ella.

—Bien.

—No arruines el momento.

—Perdón.

Violeta sonrió.

—¿Saben lo de las notas?

—No.

—Excelente.

—Y van a seguir sin saberlo.

—Obviamente.

—Violeta.

—¿Qué?

—Te conozco.

Ella levantó una ceja.

—Estamos trabajando en eso.

Julián sonrió. Y entonces su expresión cambió. Violeta siguió su mirada. Dos personas acababan de entrar.

—Llegaron —dijo él.

Ah.

Violeta reconoció primero a Vicente. No porque lo hubiera visto antes: tenía algo de Julián, una manera de mirar alrededor y detenerse un momento antes de avanzar. Después vio a Emilia, más joven, con el cabello suelto y una mirada rápida y directa. Los dos encontraron a su padre, luego a Violeta y caminaron hacia la mesa. Julián se puso de pie. Violeta también.

—Hola —dijo Emilia.

—Hola.

Julián hizo las presentaciones aunque todos sabían perfectamente quiénes eran.

—Violeta, Emilia. Vicente.

—Mucho gusto —dijo Violeta.

Vicente sonrió.

—Igualmente.

Emilia la miró.

—Por fin.

Julián cerró los ojos.

—Emilia.

—¿Qué?

Violeta empezó a reírse.

—No, está bien. Yo también pensé lo mismo.

Emilia sonrió.




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