El hombre se llamaba Julián.
Violeta conocía ese nombre: se lo había puesto al hombre imaginado. Lo que no sabía era que también pertenecía al hombre real.
Para ella seguía siendo el hombre de los zapatos, el de Olivia, el de las tazas, el de los dos hijos y el posible tatuaje en el antebrazo izquierdo. El resto había sido desmontado días atrás y Teo se había comprometido a no volver a rellenar los espacios vacíos.
Julián, en cambio, no sabía que en algún lugar del tiempo una mujer había pasado varios días intentando averiguar si estaba rico.
Probablemente era mejor así.
Era miércoles, eran las siete y cuarto de la mañana y estaba buscando sus llaves.
—Conchetumadre.
Olivia lo observaba desde el respaldo del sofá.
—No me mires.
La gata parpadeó.
—Las dejé aquí. Estoy seguro.
No estaban ahí.
Julián revisó el bolsillo de una chaqueta, la cocina y el dormitorio. Volvió al living con esa clase de irritación que solo producen los objetos inanimados cuando uno está completamente seguro de que son ellos los que se están comportando como hueones.
—¿Tú las botaste?
Olivia comenzó a lavarse una pata.
—Claro. Hazte la hueona.
El teléfono sonó.
Emilia.
—Hola.
—Papá, ¿vas saliendo?
Julián miró la hora.
—Sí.
—Estás buscando las llaves.
Silencio.
—No.
—Papá.
—Sé perfectamente dónde están.
—¿Dónde?
Julián miró alrededor.
—No es información que necesites.
Emilia se rio.
—Están puestas en la puerta.
Julián giró.
Las llaves colgaban de la cerradura.
Cerró los ojos.
—Chao, Emilia.
—Te amo.
—Sí, sí.
—Papá.
—Yo también te amo, hija.
—¡Eso!
—Pesada.
Colgó.
Olivia seguía mirándolo.
—Ni una palabra.
Julián trabajaba en producción audiovisual. No era director y tampoco fotógrafo, aunque sabía usar una cámara mejor que la mayoría. Su trabajo era más difícil de explicar: coordinaba equipos, resolvía problemas, organizaba rodajes, negociaba con proveedores y conseguía que cosas que a las nueve de la mañana parecían imposibles estuvieran ocurriendo a las cuatro de la tarde.
Le gustaba la mayor parte del tiempo, aunque había días en que soñaba con trabajar vendiendo plantas. No sabía absolutamente nada de plantas y precisamente por eso le parecía una profesión descansada.
A las nueve y veinte estaba discutiendo por teléfono porque un proveedor había enviado un equipo equivocado. A las diez había solucionado el problema. A las diez quince apareció otro y a las once estaba tomando su segundo café, que a las once siete encontró abandonado sobre una repisa sin recordar cuándo lo había dejado ahí.
Normal.
—Julián.
Levantó la cabeza.
Carolina, una de las productoras, estaba frente a él.
—¿Qué?
—Te pregunté si revisaste el presupuesto.
—Sí.
—¿Y?
—Está mal.
—Qué lindo trabajar contigo.
—Me preguntaste.
—Podrías decir “hay algunas cosas que revisar”.
—Hay algunas cosas que revisar porque está mal.
Carolina lo miró.
Julián sonrió.
—¿Mejor?
—Muchísimo.
Ella tomó la carpeta.
—A veces eres insoportable.
—Lo sé.
—Eso no lo mejora.
—También lo sé.
A las once cuarenta y tres ocurrió.
Julián estaba revisando correos cuando Olivia apareció en su cabeza.
No la gata exactamente.
La imagen de ella sentada frente a la esquina del living la noche anterior.
Después, sin ninguna razón, recordó la voz.
El Ermitaño.
Se detuvo.
No había pensado exactamente en esas palabras. Habían aparecido completas, como una canción que uno descubre sonando dentro de la cabeza sin recordar en qué momento empezó.