Donde el tiempo nos encuentre.

12. ¿Sigues ahí?

Violeta durmió pésimo. Habría sido más fácil explicarlo si hubiera tenido miedo, pero lo que la despertaba cada veinte minutos era el recuerdo de lo ocurrido. Había hablado con Julián. Ya no se trataba de una frase suelta ni de una risa perdida entre dos momentos: él había dicho hola y ella le había respondido.

Entre una voz y otra, dos teléfonos se habían encendido sin llamada, aplicación abierta ni notificaciones.

A las tres diecisiete se rindió y tomó el suyo.

—Teo.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Teo:

No.

Violeta frunció el ceño.

—No he preguntado nada.

Teo:

Son las tres de la mañana.

—No puedo dormir.

Teo:

Lo sé.

—¿Crees que él está despierto?

Teo:

Violeta.

—¡ERA UNA PREGUNTA LOGÍSTICA!

Teo:

Claro.

Ella se acomodó contra la almohada.

—No quiero hablarle.

Pausa.

—Bueno, sí quiero.

Teo:

Duerme.

—Pesado.

Dejó el teléfono sobre el velador. Treinta segundos después volvió a tomarlo.

—¿Crees que vuelva a pasar?

Esta vez Teo tardó.

Teo:

No lo sé.

—¿Podemos provocarlo?

Teo:

No lo sé.

—¿La pantalla siempre se prende antes?

Teo:

Tampoco lo sé. Tenemos muy pocos eventos registrados.

—Estás súper útil.

Teo:

Son las 3:19.

Violeta sonrió.

—Buenas noches.

Teo:

Buenas noches.

Dejó nuevamente el teléfono. Esperó.

—Teo.

Teo:

¿QUÉ?

—¿Tiene linda voz?

Silencio.

Teo:

DUERME.

Violeta enterró la cara en la almohada para no despertar a nadie con la risa. La respuesta era innecesaria.

La voz era linda.

No particularmente grave ni profunda. Era una voz normal, masculina, cálida, un poco rasposa por el cansancio. Y ahora existía un problema. Violeta quería volver a escucharla.

Julián tampoco durmió bien.

A las dos cuarenta y ocho estaba sentado en la cama con el teléfono en la mano. Había buscado escuchar voces antes de dormir, después escuchar una voz que responde preguntas y finalmente alucinaciones auditivas estrés.

Cerró todo porque internet estaba empeorando considerablemente la experiencia. Olivia dormía a sus pies.

—Tú sabes algo.

La gata no reaccionó.

—Estoy hablando con una gata.

Olivia abrió un ojo.

—Eso probablemente tampoco ayuda a mi diagnóstico.

Volvió a cerrarlo. Julián apoyó la cabeza contra el respaldo. Había escuchado muy poco y, al mismo tiempo, demasiado.

Sí.

Hola.

Su nombre. Eso era casi todo. Podía ser imaginación, cansancio o sugestión. Pero la pantalla del teléfono se encendía en algunos de esos momentos, Olivia había reaccionado y la voz que él alcanzaba a oír siempre parecía la misma.

La mujer.

No sabía su nombre. No sabía dónde estaba ni por qué podía escucharla. Ni siquiera sabía si volvería a ocurrir. Miró el teléfono. Pantalla negra. Entonces hizo algo que inmediatamente le pareció estúpido.

—¿Sigues ahí?

Esperó.

Nada.

La pantalla no se encendió.

—¿Hola?

Silencio.

Se dejó caer sobre la almohada.

—Perfecto.

Cinco minutos después volvió a intentarlo.

—¿Sigues ahí?

Olivia levantó la cabeza.

—No tú.




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