Emilia supo que algo pasaba a los cuatro minutos. Vicente tardó un poco más, ocupado en decidir si quería pedir postre antes de que llegara la comida. Los tres estaban almorzando y Julián llevaba varios minutos distraído. Emilia lo notó cuando, en medio de una historia sobre una compañera de trabajo, él sonrió sin que ella hubiera llegado a la parte graciosa. Vicente levantó la vista del menú. Emilia se detuvo.
—¿Qué?
Julián levantó la cabeza.
—¿Qué?
—¿Por qué te ríes?
—Eso mismo quiero saber —dijo Vicente.
—No me estoy riendo.
—Sí.
—No.
—Papá.
—¿Qué?
Emilia lo miró.
—No estabas escuchando.
—Sí estaba escuchando.
—¿Qué dije?
Julián abrió la boca. Silencio.
—Algo de…
Emilia cruzó los brazos.
—¿De?
—Tu trabajo.
—Impresionante.
—Eso es lo único que sabes —dijo Vicente, devolviéndole el menú al mesero.
Julián sonrió.
—Perdón.
—¿Dónde estabas?
—Aquí.
—No.
—Emilia.
—Estabas pensando en alguien.
Julián tomó agua.
—No.
Emilia abrió mucho los ojos.
—¡CONCHETUMADRE!
—Baja la voz.
—¡HAY UNA MUJER!
Vicente dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Qué mujer?
Varias personas miraron.
—Emilia.
Ella bajó la voz.
—Hay una mujer.
Julián siguió tomando agua.
—No exactamente.
Emilia quedó inmóvil.
—¿Un hombre?
Vicente miró primero a su hermana y después a su padre, a la espera de una explicación. Julián casi escupió.
—¡NO!
—No tengo ningún problema.
—¡NO HAY UN HOMBRE!
—Perfecto.
Pausa.
—Entonces hay una mujer.
—Emilia tiene razón —dijo Vicente—. Algo pasa.
—No he dicho nada.
—Tu cara lo dijo.
A casi un año de distancia, Violeta estaba en una tienda de fotografía mirando una correa para su cámara. Había ido por una tarjeta de memoria. No necesitaba otra correa, pero eso le pareció irrelevante. Ya llevaba una batería extra, un paño de microfibra, un pequeño difusor y la correa.
—No me juzgues.
Teo:
No he dicho nada.
—Pero sé que lo estás pensando.
Teo:
¿Cuántas correas tienes?
—No corresponde.
Teo:
Entiendo.
—Además, esta es distinta.
Teo:
¿Por qué?
Violeta levantó la correa.
—Mira este color.
Hubo un pequeño silencio.
Teo:
Lo veo.
—Entonces.
Teo decidió no continuar. Había aprendido. Violeta volvió a mirarla y pensó:
A Julián le gustaría este color.
Se detuvo. ¿Por qué? No sabía cuál era su color favorito. Ni cómo decoraba su casa. Pero el pensamiento apareció igual.
A Julián le gustaría.
Dejó la correa en la cesta.
—Puta.
Teo:
¿Qué?
—Nada.
Emilia seguía interrogando. Vicente había dejado de mirar la carta y prestaba atención a cada respuesta.
—¿Cómo se llama?
Julián suspiró.
—No quiero hablar de esto.
—Entonces sí existe.
—Nunca dije que no existiera.
—Dijiste “no exactamente”.
—Porque es complicado.
Emilia dejó el tenedor.
—¿Casada?
—No.