Donde el tiempo nos encuentre.

43. Lo que no cabía en la imagen

A las seis cincuenta y ocho, Violeta estaba estacionada frente al edificio de Julián. No bajó. Comparó la dirección del teléfono con el número del edificio y volvió a comprobarla. Era el lugar.

—Ya.

No hizo nada. A las seis cincuenta y nueve abrió el espejo.

—No.

Lo cerró, pero enseguida volvió a abrirlo.

—Conchetumadre.

No estaba nerviosa. Eso era importante establecerlo. Estaba realizando una verificación facial completamente razonable antes de entrar por primera vez a la casa de un hombre con el que había hablado durante meses a través de una conexión inexplicable, al que había conocido físicamente hacía relativamente poco, había besado varias veces y con quien tenía bastantes ganas de hacer cosas que definitivamente no requerían ropa. Perfectamente normal. El teléfono vibró.

Julián:

¿Llegaste?

Violeta miró hacia el edificio.

Violeta:

No.

Aparecieron los tres puntos.

Julián:

Estoy viendo tu auto.

Violeta levantó lentamente la cabeza. En una ventana del tercer piso estaba Julián, mirándola. El hueón levantó una mano. Violeta cerró los ojos.

Violeta:

Te odio.

Julián:

¿Subes o bajo a buscarte?

Violeta:

Puedo subir sola.

Julián:

Bien.

Violeta salió del auto. Miró hacia arriba.

—¡NO DIGAS BIEN!

Julián desapareció de la ventana riéndose.

Cuando la puerta del departamento se abrió, lo primero que hizo Violeta fue mirar detrás de Julián. Él la observó.

—Hola.

—Hola.

Violeta siguió mirando.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Estás buscando a Olivia.

—No.

—Sí.

—Estoy mirando tu casa.

—Todavía estás en el pasillo.

—Estoy anticipando.

Julián sonrió.

—Pasa.

Ah. Una palabra absolutamente normal: pasa. Violeta cruzó la puerta y no reconoció nada. No había una imagen escondida esperando encajar, ni un recuerdo imposible, ni un rincón que le produjera la sensación de haber estado ahí. Era simplemente un lugar nuevo. La casa de Julián.

Junto a la entrada había un mueble, dos pares de zapatos, un bolso apoyado contra la pared, una chaqueta y unas llaves dentro de un recipiente pequeño. Más adelante, el living parecía efectivamente habitado, sin el orden artificial de una casa preparada para recibir visitas. Violeta giró lentamente.

—Ah.

—¿Qué?

—Eres ordenado.

Julián frunció el ceño.

—¿Eso te sorprende?

—Un poco.

—¿Por qué?

—No sé.

—¿Pensabas que vivía en una pocilga?

—No.

Pausa.

—Pero tampoco descartaba posibilidades.

—Gracias.

—Investigación abierta.

Julián cerró la puerta.

—¿Quieres tomar algo?

Violeta iba a responder cuando vio movimiento al fondo del pasillo. Algo negro y pequeño. Se quedó inmóvil.

—Julián.

—¿Qué?

—Julián.

Él siguió su mirada.

—Ah.

Olivia estaba sentada en medio del pasillo. Mirándola. Violeta sintió una emoción completamente desproporcionada.

—Conchetumadre.

—Es una gata.

—¡NO ES UNA GATA CUALQUIERA!

Olivia parpadeó.

—Para ella probablemente tú eres una humana cualquiera.

Violeta lo miró.

—Cállate.

Volvió hacia la gata.

—Hola, Olivia.

Silencio.

Julián ladeó la cabeza.

—Es raro.

—¿Qué?

—Que sepas su nombre.

—Me hablaste de ella mil veces.

—Ya sé.

Él miró a Olivia. Después a Violeta.




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