Al día siguiente, Violeta descubrió que vivir sin preguntar era considerablemente más difícil de lo que había calculado. A las siete dieciocho ya había formulado mentalmente nueve preguntas; cuatro minutos después iban doce. A las siete treinta decidió dejar de contar.
—¿Teo?
Sí.
—No quiero saber.
Entendido.
—Pero si hipotéticamente quisiera saber…
No.
Violeta levantó la cabeza.
—Ni siquiera terminé.
La respuesta sigue siendo no.
—Qué hueón más desagradable.
Preparó café mientras Facu buscaba una polera e Isis le pedía plata para algo que, según ella, ya le había mencionado tres veces. Uno de los perros entró con las patas mojadas. Entre los niños, los perros y el trabajo, Violeta pasó la mañana ocupada: hizo una clase, revisó fotografías y almorzó tarde.
A las cuatro recibió un correo relacionado con Santiago y pasó cuarenta minutos revisando documentos. A las cinco y media consiguió estar exactamente once minutos sin pensar en Julián. Después vio algo verde.
—Puta.
Julián estaba teniendo un problema distinto. Recordaba con demasiada claridad la frase que había oído con la voz de Violeta. Le volvía mientras preparaba café, trabajaba o esperaba que cambiara el semáforo. La había anotado tal como sonó, pero no sabía de qué momento procedía. Y ahora tenía que hacer una cosa que para un hombre acostumbrado a anticipar, ordenar y entender resultaba particularmente desagradable.
Nada.
No podía buscar pistas ni comprobar nada; tampoco podía preguntarle a Violeta o contarle lo que había oído. Había prometido mantener la frase en secreto. Sin spoilers.
A las once Mauricio lo llamó.
—¿Y?
—¿Y qué?
—No te hagas el hueón.
Julián siguió mirando el computador.
—Funcionó.
Silencio.
—¿Qué significa funcionó?
—No sé.
—Julián.
—Pasó algo.
—¿Qué?
Julián se quedó callado. Mauricio esperó.
—No puedo contar.
—¿A mí tampoco?
—A nadie.
—¿Por qué?
Julián apoyó la espalda en la silla.
—Porque oí algo con la voz de Violeta que no le he escuchado decir.
Silencio. Esta vez largo.
—Ya.
—Sí.
—Conchetumadre.
—Sí.
Mauricio respiró al otro lado.
—¿Y ella sabe?
—Sabe que oí algo.
—¿Pero no qué?
—No.
—¿Y no te está volviendo loco preguntando?
Julián sonrió.
—Todavía no hablamos.
—Ah.
Pausa.
—¿Y cuando hablen?
Julián miró hacia ninguna parte.
—Ese es el problema.
La conexión apareció a las nueve treinta y seis de la noche. Violeta estaba en la cocina. El teléfono se encendió. Ella lo miró. No se movió.
—No.
Calor en el pecho.
—No, no, no.
Y después:
—Hola.
Violeta cerró los ojos.
—Puta.
Julián se rio.
—Hola.
—Hola.
Silencio.
—No voy a preguntar —dijo ella.
—Bien.
—Nada.
—Perfecto.
—No me interesa.
—Excelente.
—Me importa una mierda lo que oíste.
—Te creo completamente.
Violeta apretó los labios.
—Hueón.
Julián comenzó a reírse. Ella también. Y durante algunos minutos funcionó. Hablaron de cosas pequeñas. De una fotografía que Violeta estaba editando. De una reunión absurda de Julián. De Facu. De Emilia. De una comida que a Julián le había quedado bastante peor de lo que estaba dispuesto a reconocer. Normal. Casi. Hasta que Violeta dijo:
—Hoy me llegó un correo de Santiago.
Julián se quedó callado. Ella lo sintió inmediatamente.
—¿Qué?
—Nada.
—Hiciste pausa.