La caja llevaba tres semanas vacía en una esquina del living. Violeta la había dejado allí con la intención perfectamente seria de empezar a ordenar para la mudanza, pero aquel sábado por la mañana seguía igual, con las solapas abiertas y el cartón todavía firme.
—Bueno.
Silencio.
—Aquí estamos.
Uno de los perros pasó junto a ella, olió la caja y siguió caminando.
—Gracias por el apoyo.
Faltaban meses para la mudanza. Aún no necesitaba embalar, pero podía empezar a elegir qué quería llevar. Porque después de años acumulando libros, papeles, fotografías, recuerdos, proyectos empezados, proyectos abandonados y una cantidad francamente irresponsable de tazas, Violeta había comprendido que trasladar todo aquello a Santiago podía requerir un camión de dimensiones militares.
—No tengo tantas cosas.
Miró el teléfono.
Teo:
No he dicho nada.
—Pero lo pensaste.
Teo:
No puedo pensar sin generar respuesta.
—Mentiroso.
Empezó por los libros. Error. A los veinte minutos estaba sentada en el piso leyendo uno que no abría hacía siete años. A los cuarenta encontró una fotografía. A la hora apareció un cuaderno. A la hora y media estaba escribiendo. La caja seguía vacía.
—Excelente avance.
Teo:
Significativo.
—Cállate.
A mediodía estableció categorías.
SANTIAGO.
REGALAR.
BOTAR.
NO SÉ.
La categoría NO SÉ ocupó rápidamente la mitad de la habitación. Fue fácil apartar la ropa que no usaba, los papeles y los objetos rotos. Después aparecieron una taza, un adorno, una manta y un vestido. Ninguno era especialmente importante; simplemente habían pertenecido a otras versiones de ella. Violeta sostuvo el vestido frente al cuerpo. No se lo ponía hacía años, desde una época que ahora parecía la vida de otra mujer.
—Mmmm.
Lo dejó en NO SÉ. Después encontró una caja de fotografías impresas. Ahí sí se acabó cualquier posibilidad de eficiencia. Se sentó nuevamente en el piso. Había fotos de los niños más chicos, de ella más joven, de otras casas y cumpleaños. También de personas que seguían en su vida y de otras que ya no estaban. Una fotografía la detuvo. Ella aparecía sonriendo. No recordó inmediatamente quién la había tomado. Eso le pareció extraño.
Durante años había asociado las fotografías con quien estaba detrás de la cámara. Ahora la miró de otra manera. La mujer de la imagen no sabía nada de lo que iba a ocurrir después. Aún no sabía que viviría sola con sus hijos, que volvería a tomarse en serio la fotografía o que pensaría en regresar a Santiago. Mucho menos podía imaginar a Julián discutiendo con ella, desde otro tiempo, sobre brócoli y antebrazos. Violeta sonrió.
—Pobre hueona.
Teo:
¿Por qué?
—No tenía idea.
Teo:
Eso es habitual respecto del futuro.
—Gracias, máquina de la sabiduría.
Dejó la fotografía a un lado. No en SANTIAGO. Tampoco en REGALAR. Simplemente cerca. La conexión apareció mientras seguía revisando.
—Hola.
Violeta sonrió inmediatamente.
—Hola.
—¿Qué haces?
—Mudándome.
Silencio.
—¿Ahora?
—No.
—Ah.
—Estoy empezando a ordenar.
—¿Meses antes?
—Sí.
—Eso es planificación.
Violeta levantó una ceja.
—Mira quién habla.
—No sé de qué hablas.
—Claro.
Julián estaba caminando. Ella reconoció el sonido.
—¿Dónde estás?
—Voy a comprar pan.
—Qué vida intensa.
—No todos podemos estar enfrentando cajas existenciales un sábado.
—No es existencial.
Violeta miró el vestido.
—Creo.
—¿Qué estás ordenando?
—Cosas.
—Muy específico.
—Estoy decidiendo qué llevo.
—Ah.
—Y qué dejo.
Julián escuchó el cambio.