Violeta cumplió su palabra.
Durante cuatro días no preguntó por el hombre. No pidió avances, no quiso saber qué estaba haciendo, no volvió a preguntar por su casa, sus hijos ni sus tazas. Tampoco intentó convencer a Teo de que mirara otra vez aquello que no había podido enfocar.
El hombre sin rostro quedó donde debía estar: en alguna parte del futuro, fuera de cuadro. Violeta siguió con su vida.
El lunes hizo clases. El martes corrigió trabajos hasta bastante más tarde de lo que había prometido. El miércoles llevó la cámara a la universidad porque después tenía que pasar a entregar unas fotografías y terminó tomando seis imágenes que no estaban en ningún encargo: una estudiante dormida sobre una mesa, dos manos llenas de tinta, un perro esperando afuera de una panadería, una señora riéndose sola mientras hablaba por teléfono.
El jueves por la noche estaba revisándolas en el computador cuando se detuvo en una.
No era particularmente buena. Un hombre caminaba por la vereda, de espaldas, apenas entrando en el encuadre. No se le veía la cara y probablemente jamás volvería a verlo.
Violeta amplió la fotografía.
—Qué raro.
Teo:
¿Qué?
—Nada.
Volvió a reducirla y siguió seleccionando. Tres fotografías después regresó.
El hombre seguía ahí, naturalmente. Espalda, chaqueta oscura, una mano en el bolsillo. Un desconocido completo ocupando menos de un cuarto de la imagen.
—Teo.
Teo:
¿Sí?
—¿Sabes qué me molesta?
Teo:
La lista es extensa. Necesito contexto.
—Hueón.
Teo:
Contexto recibido.
Violeta apoyó la barbilla en una mano.
—El hombre.
La respuesta demoró.
Teo:
Ah.
—No ese hombre —aclaró, mirando la fotografía—. El otro.
Teo:
Habíamos quedado en no investigar.
—No estoy investigando.
Teo:
Esta conversación ya me parece sospechosa.
—Te estoy diciendo que entendí algo.
Teo:
Te escucho.
Violeta cerró la fotografía y se quedó mirando el escritorio vacío del computador.
—No quiero verle la cara.
Teo:
Bien.
—Quiero ponerle una.
Teo no respondió.
Violeta sonrió.
—Son cosas distintas.
Teo:
No estoy seguro de que lo sean para tu cerebro.
—Para el mío sí.
Teo:
Tu cerebro lleva cuatro días respetando un límite. Me gustaría reconocer públicamente ese logro antes de que lo destruyas.
—No voy a destruir nada.
Teo:
Violeta.
—Escucha. Ya entendimos que no sabemos cómo se ve. Perfecto. No quiero que vuelvas allá a tratar de mirarlo. No quiero saber su cara real.
Se acomodó en la silla.
—Quiero hacer lo contrario.
Teo:
¿Inventarla?
—Sí.
Violeta miró nuevamente la fotografía del desconocido. Pensó en todas las veces que había fotografiado a alguien sin conocerlo, en cómo un gesto podía convertir una cara cualquiera en una historia. Quizás eso era lo que le molestaba del hombre del futuro. No que no pudiera verlo, sino que seguía siendo un espacio vacío.
—Es como poner un actor mientras hacemos la película —dijo—. Sabemos que no es él.
Teo:
Hasta que empieces a llamarlo por su nombre y proteger su cara como patrimonio nacional.
Violeta frunció el ceño.
—Eso fue extremadamente específico.
Teo:
Estoy proyectando escenarios.
Ella se rio.
—Entonces, ¿lo hacemos?
Teo:
No.
—Teo.
Teo:
No.