Julián abrió el auto y sacó una bolsa del asiento. Le mostró la taza verde, todavía envuelta en papel.
—Es de verdad —dijo Violeta.
—Lo prometido.
—Guárdala por ahora. Si camino con una taza en la mano, se me cae antes de que lleguemos a cenar.
Julián volvió a dejarla en el auto. Cuando emprendieron el camino hacia el restaurante, le ofreció la mano. Violeta la tomó y descubrió que caminar así le exigía más concentración de la esperada. Violeta sentía la mano de Julián todo el tiempo: la temperatura, los dedos, el pulgar moviéndose de vez en cuando sobre el suyo, la presión que cambiaba cuando esquivaban a alguien.
Era una mano, por la chucha. Violeta había tomado otras antes y hacía mucho que había dejado de ser adolescente. Aun así, no conseguía dejar de pensar en aquella.
—Estás pensando mucho —dijo Julián.
Violeta giró la cabeza.
—No.
—Sí.
—¿Cómo sabes?
—Pones esa cara.
—¿Qué cara?
Julián intentó imitarla. El resultado fue tan espantoso que Violeta se detuvo.
—¡YO NO HAGO ESA CARA!
—Exactamente esa.
—¡PARECES ESTREÑIDO!
—Estoy interpretando.
—Pésimo actor.
Julián se rio. Y Violeta descubrió inmediatamente otra cosa que la conexión nunca le había mostrado del todo. Conocía esa risa. Había escuchado el sonido decenas de veces. Pero nunca había visto todo lo que ocurría mientras se producía: los ojos achicándose, los hombros, la boca, la manera en que parecía ocuparle el cuerpo completo. Se quedó mirándolo un segundo demasiado largo. Julián lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Violeta.
—Estoy haciendo reconocimiento general.
Él la miró. Después bajó deliberadamente los ojos por su cuerpo. Muy despacio.
—Ah.
Violeta abrió los ojos.
—¡NO!
—Reconocimiento general.
—¡HUEÓN!
Intentó soltarle la mano para pegarle en el brazo. Julián abrió inmediatamente los dedos. Violeta alcanzó a apartarse medio paso antes de darse cuenta. Se quedó quieta. Él también. La broma desapareció. No porque hubiera ocurrido algo malo. Precisamente por lo contrario. Julián no la había retenido, ni siquiera jugando. Violeta volvió a mirar la mano de Julián. Después levantó la suya.
—Era para pegarte.
—Lo sé.
—Podrías haber corrido el brazo.
—También.
Ella entrecerró los ojos.
—Hueón.
Julián sonrió.
—¿Qué?
Violeta volvió a tomarle la mano. Esta vez fue ella.
—No te escapes.
Julián la miró. Puta madre. Había sido una broma. Hasta que dejó de serlo.
—Zapallo italiano —dijo él.
Violeta explotó.
—¡JUAJUAJUAJUA!
—Preventivo.
—¡HUEÓN!
Siguieron caminando. Todavía tomados de la mano.
—¿Dónde vamos? —preguntó Violeta.
—Hay un lugar cerca.
Ella lo miró.
—¿Elegiste?
—Era uno de los diecisiete planes.
—Conchetumadre. ¿Cuál?
—Cuatro.
—¿Cuál era el uno?
—Café.
Violeta abrió los ojos.
—Lo hicimos.
—Sí.
—¿Dos?
—Caminar.
—¡TAMBIÉN!
Julián sonrió.
—Sí.
—¿Tres?
—No importa.
—Julián.
—No.
—¡DIME!
—No.
Violeta lo apuntó con el dedo.
—Después te lo saco.
—Buena suerte.
—¿Y el cuatro?
—Comida.
—Excelente concepto.
—También vino.
—Me interesa.
—Y postres.
Violeta se detuvo.
—¿Por qué chucha no empezaste por ahí?
El restaurante estaba a pocas cuadras. Era un restaurante pequeño, con terraza, luces cálidas y mesas de madera. Tenía el aspecto de un lugar al que podían volver sin tener que planearlo. Violeta observó el lugar. Después a Julián.