—Julián.
—¿Qué?
—Necesito que me ayudes a elegir un color.
Hubo un silencio.
—Violeta, hemos discutido esto. Soy un hombre que casi mata una planta.
—No importa.
—No estoy capacitado para tomar decisiones estéticas.
—Cállate y concéntrate.
—No puedo mirar.
Violeta se detuvo.
—Verdad.
Julián empezó a reírse.
—Excelente comienzo.
—Ya, hueón.
Tenía abierta en el computador una fotografía que llevaba casi cuarenta minutos editando.
La misma imagen.
Tres versiones.
En una predominaban los tonos cálidos, casi mostaza. Otra tenía un matiz rosado muy leve. La tercera se inclinaba hacia un verde profundo y tranquilo.
Le interesaba la opinión de Julián, pero también quería probar algo con la conexión.
Desde que habían empezado a registrar la conexión, Violeta se había vuelto más atenta a las pequeñas diferencias. No solo a cuándo aparecía o cuánto duraba, sino también a qué conseguía atravesarla.
Hasta ahora habían compartido voces y algunas sensaciones. También habían logrado transmitir el retrato del Julián conceptual. Violeta quiso saber si podía comunicarle un color sin describírselo.
—Voy a intentar mandártelos.
—¿Cómo?
—No sé.
—Excelente protocolo científico.
—Cállate.
Violeta miró la primera versión y sostuvo el color en la atención. No intentó describirlo. Solo se concentró en él.
Mostaza.
La conexión cambió apenas.
—Mmmm —dijo Julián.
Ella levantó las cejas.
—¿Qué?
—Algo cálido.
Violeta sonrió.
—Ya.
—¿Le achunté?
—No te voy a decir todavía.
Segunda versión.
Rosado.
Julián tardó menos.
—No.
Violeta abrió los ojos.
—¡¿CÓMO QUE NO?!
—No.
—¡ES PRECIOSO!
—Entonces ¿para qué preguntas?
—¡PARA QUE ELIJAS CORRECTAMENTE!
Julián comenzó a reírse.
—Esto no es elegir.
—Sí.
—Esto es adivinar tu respuesta.
—Siguiente.
Tercera versión.
Verde.
Esta vez Julián permaneció callado unos segundos.
—Ese.
Violeta sonrió.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Por qué?
Él pensó.
—No sé.
Pausa.
—Se siente tranquilo.
Violeta miró la pantalla.
Eso mismo.
—Ese elegí yo.
—Entonces gané.
—¿Qué ganaste?
—No sé. Pero gané.
—No había competencia.
—Ahora hay.
Violeta guardó la versión verde.
—Listo.
—¿Para qué era?
—Para el portafolio.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—Hiciste “ah”.
—Pensé que podía ser algo para mí.
Violeta soltó una carcajada.
—¡¿POR QUÉ TODO TIENE QUE SER PARA TI?!
—No todo.
—Acabas de asumirlo.
—Me compraste una correa.
Silencio.
—Eso fue información confidencial.
—Me la contaste tú.
—Peor.
Julián sonrió.
—¿Sigue guardada?
Violeta miró hacia el escritorio.
La correa estaba junto a la cámara.
—Sí.
—Bien.
No dijo nada más.
Tampoco ella.
La Prueba 12 seguía marcada en ambos calendarios, pero ninguno la mencionó.
—¿Dónde estás? —preguntó Violeta.