Donde el tiempo nos encuentre.

30. No quiero saber

Durante un tiempo, Violeta creyó que funcionaba. Hablaron de Santiago, de los niños, de fotografía, del trabajo de Julián y de sus amigos. Hablaron de Olivia, de comida, de café y de las treinta y dos tazas que Teo consideraba evidencia estadística de un problema que ella se negaba a reconocer. Hablaron como antes.

Cada vez que Julián hacía una pausa, Violeta procuraba no interpretarla ni hacer preguntas para buscar pistas. Era sorprendentemente agotador.

—Me mostraron otra casa —dijo una noche.

—¿Dónde?

Violeta le contó el sector. Silencio. Uno. Dos. Tres.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Hiciste pausa.

—Estaba pensando.

—¿En qué?

Julián tardó. Violeta sintió inmediatamente el cambio.

—No.

—¿Qué?

—No respondas.

—Ya.

Silencio. Puta. Ahora sabía que había algo que no podía responder.

—¿Tiene que ver con lo que oíste?

—Violeta.

—¡NO! ¡NO CONTESTES!

—No estoy contestando.

—¡PERO DIJISTE MI NOMBRE CON VOZ DE NO PUEDO CONTESTAR!

Julián soltó aire.

—¿Tengo una voz específica para eso?

—Ahora sí.

—Excelente.

Violeta se tapó la cara.

—Conchetumadre.

—Podemos cambiar de tema.

—Sí.

Pausa.

—¿Qué comiste?

Julián empezó a reírse.

—¿Eso es suficientemente seguro?

—Espero.

—Arroz.

—¿Con?

—Pollo.

Violeta esperó.

—¿Nada verde?

—No.

—Cobarde.

—No voy a comer brócoli para demostrar estabilidad emocional.

Ella se rio. Funcionó. Durante siete minutos. Después Julián mencionó que el fin de semana probablemente iría a caminar.

—¿Dónde?

Silencio.

—¡CONCHETUMADRE!

—¡NO PASÓ NADA!

—¡HICISTE PAUSA!

—¡PORQUE ESTABA PENSANDO DÓNDE!

—¡NO TE CREO!

—¡VIOLETA!

Ella terminó riéndose. Pero cuando la conexión desapareció, no siguió riendo. Se quedó mirando el teléfono. Algo no estaba funcionando.

Al día siguiente recibió una llamada por uno de los colegios. Buena. No definitiva. Pero buena. Colgó sonriendo. Su primer impulso fue buscar a Isis. El segundo fue pensar:

Tengo que contarle a Julián.

Sonrió. Después recordó. Y apareció inmediatamente otra pregunta.

¿Qué cara pondrá?

No. Peor.

¿Hará una pausa?

Violeta cerró los ojos.

—Puta.

Ahí lo entendió. Ya no estaba solamente viviendo las cosas. Una parte de ella estaba empezando a observarlas desde el secreto de Julián. Una casa, un barrio, una fecha o una fotografía empezaban a parecerle posibles pistas. Hasta las pausas de Julián cambiaban de sentido cuando las escuchaba desde aquel secreto. Y eso era exactamente lo que había dicho que no quería.

La conexión apareció dos noches después. Violeta estaba sentada en la cama.

—Hola —dijo Julián.

—Hola.

Él notó algo.

—¿Qué pasa?

Violeta respiró.

—Creo que no puedo hacer esto.

Silencio.

—¿Qué cosa?

—Hablar contigo.

Julián no respondió. El pecho de Violeta dolió inmediatamente.

—No así.

—Ya.

—No estoy diciendo que no quiera hablar contigo.

—Lo sé.

—No digas eso.

Pausa. Julián entendió.

—Perdón.

Violeta soltó aire.

—¿Ves?

—Sí.

—Todo significa algo.

Él se quedó callado.

—Si haces una pausa, pienso que sabes algo.

Silencio.

—Si respondes rápido, pienso que sabes algo.

Julián escuchó.




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