El mensaje de Vicente llegó a las 8:12 de la mañana.
Hablemos en la tarde. Yo también me fui a la mierda. Te quiero.
Julián leyó el mensaje tres veces. Dejó el teléfono sobre la mesa mientras preparaba café y lo tomó de nuevo para responder. Escribió:
Ya. Me avisas.
Borró. Probó otra vez.
Sí. Cuando quieras.
También lo borró. Finalmente mandó un corazón. Lo miró unos segundos.
—Qué hueá más de viejo.
Olivia estaba comiendo.
—¿Qué?
La gata no respondió.
A casi un año de distancia, Violeta estaba explicando algo por tercera vez.
—No. Mira.
Señaló la pantalla. El estudiante miró.
—No entiendo.
—Ya.
Violeta respiró y volvió a mostrarle la composición.
—¿Qué quieres que mire primero?
—El título.
—¿Y qué estoy mirando primero?
El estudiante observó su propio trabajo.
—La foto.
—¿Y entonces?
Silencio.
El estudiante abrió los ojos.
—Ah.
—¿Viste?
—Sí.
—¿Qué hiciste?
—La hice más grande.
—¿Y?
—Empeoró.
Violeta lo miró. El estudiante sonrió.
—Perdón.
—Me vas a matar.
Se rio justo cuando la clase terminó y los estudiantes empezaron a guardar sus cosas. Violeta cerró el computador, ordenó un par de papeles y entonces pensó:
Tengo algo que contarle a Julián.
Se detuvo. Quería contarle la anécdota del estudiante que había intentado resolver un problema de jerarquía visual haciendo todo más grande. O tal vez solo quería contarle que estaba cansada.
Sonrió y guardó la idea para cuando volvieran a hablar. Ya no necesitaba cerrar los ojos y repetir su nombre hasta que la conexión respondiera.
Esa tarde Julián habló con Vicente.
Se encontraron en un café. Vicente llegó primero, lo que a Julián ya le pareció sospechoso.
—Hola.
—Hola.
Se abrazaron, se sentaron y hubo unos segundos de silencio. Julián decidió no hacer introducción.
—Perdón por ayer.
Vicente miró la mesa.
—Yo también.
—No.
El hijo levantó la vista.
—Lo mío primero.
Vicente sonrió apenas.
—Te hablé como si todavía tuvieras quince años.
—Un poco.
—Bastante.
—Bastante.
—Y no corresponde.
Julián hizo una pausa. La siguiente frase le costó un poco más.
—Puedes tomar decisiones que no me gusten.
—Sí.
—Y no necesito convencerte de que yo tengo razón.
Vicente levantó una ceja.
—¿Quién eres?
Julián sonrió.
—Cállate.
Hablaron. Salieron del café pensando distinto sobre la Fran, pero sin estar peleados. Afuera, el hijo le dio un abrazo.
—Te quiero.
—Yo también.
Vicente empezó a alejarse, pero se devolvió.
—Y, papá.
—¿Qué?
—La Fran y yo volvimos.
Julián cerró los ojos.
—No voy a decir nada.
—Gracias.
—Nada.
—Papá.
—Estoy practicando.
Vicente se rio.
—Chao.
Julián caminó hacia el auto y, antes de abrir la puerta, pensó:
Tengo algo que contarle a Violeta.
Se quedó quieto. Después sonrió.
—Mierda.
Esa noche la conexión no apareció.
Ni la siguiente.
Al tercer día, ambos tenían acumuladas pequeñas cosas.
Violeta quería contarle la barbaridad que había dicho un estudiante en clases, una fotografía que llevaba dos horas tratando de decidir si entraba o no al portafolio, una canción que había escuchado y que había comprado una taza nueva que definitivamente necesitaba, pese a la campaña de difamación de Teo. Julián tenía la conversación con Vicente, una discusión absurda en la pega, una película que había visto y una planta que había comprado.