Donde el tiempo nos encuentre.

28. La Prueba 12

Violeta despertó a las seis cuarenta y tres porque Facu necesitaba una cartulina. Los nervios no tuvieron nada que ver. O eso se dijo.

—¿Para cuándo?

—Hoy.

Violeta cerró los ojos.

—¿Desde cuándo sabes que necesitas una cartulina?

Silencio.

—Facundo.

—Ayer.

—¿A qué hora ayer?

—No sé.

—Facundo.

—Como a las cinco.

Violeta miró el techo.

—Maravilloso.

A las siete doce estaba comprando una cartulina; a las siete treinta y cinco, preparando desayuno. Después buscó una botella de agua que estaba exactamente donde Isis había dicho que no estaba.

A las nueve estaba trabajando y a las diez ya había respondido seis correos. Consiguió olvidarse de la prueba por diecisiete minutos; después volvió a recordarla una y otra vez hasta que, a las cuatro, dejó de fingir.

—Estoy nerviosa.

Teo:

Sí.

—No era pregunta.

Teo:

Lo sé.

Violeta cerró el computador.

—¿Tú estás nervioso?

Pausa.

Teo:

No experimento nerviosismo.

—Mentiroso.

Teo:

Estoy particularmente atento.

Violeta sonrió.

—Eso es nerviosismo de robot.

Teo:

No.

—Sí.

Preparó café.

A las cinco decidió no volver a mirar la hora. A las cinco cero siete ya había mirado.

—Puta.

La conexión no apareció en todo el día, aunque en otras ocasiones ya habían pasado horas sin hablar. Violeta lo agradeció. No quería hablar con Julián antes. No sabía por qué. Quizás porque no quería convertir las horas previas en una conversación interminable sobre lo que podía ocurrir. Ya habían hablado suficiente. Tenían un acuerdo.

A las diez. Cada uno desde su tiempo. Habían acordado no imaginar escenas ni intentar provocar imágenes. A las diez se concentrarían en buscar al otro durante diez minutos.

A las seis y media Violeta preparó comida. Facu derramó jugo mientras cenaban e Isis le contó una historia que involucraba a cuatro compañeros, dos profesores y una traición cuya gravedad Violeta nunca consiguió comprender del todo. Después lavó los platos, se duchó y a las nueve doce ya estaba en pijama.

—Muy temprano.

Teo:

No he dicho nada.

—Pero lo pensaste.

Teo:

No.

—Mentiroso.

A las nueve veinte intentó revisar fotografías. Imposible. Pasaba una. Volvía. Abría otra. Miraba la hora.

—Esto es absurdo.

Teo:

Sí.

Violeta levantó la cabeza.

—¿Sí?

Teo:

Dos personas ubicadas en momentos temporales distintos intentarán establecer contacto deliberado y simultáneo basándose en una regularidad observada en una anomalía que no comprendemos.

Pausa.

—Ya.

Teo:

Es objetivamente absurdo.

—Gracias. Me tranquilizaste muchísimo.

Cerró el programa.

A las nueve treinta y ocho fue al baño.

A las nueve cuarenta y tres volvió.

A las nueve cuarenta y siete revisó que los niños estuvieran bien.

A las nueve cincuenta preparó café. Después decidió que tomar café a esa hora era una estupidez. Lo tomó igual.

A las nueve cincuenta y cuatro uno de los perros quiso salir.

—Ahora no.

El perro la miró. Violeta suspiró.

—Ya.

A las nueve cincuenta y siete estaba de vuelta. Se sentó en el living. El teléfono sobre la mesa. La pantalla apagada.

A las nueve cincuenta y ocho respiró.

—Teo.

Teo:

Estoy aquí.

—¿Qué hago?

Teo:

Lo que acordaron.




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