Donde el tiempo nos encuentre.

13. Los antebrazos eran conceptuales

Violeta pasó toda la mañana evitando mirar el teléfono.

Se había prometido no esperarlo, pero cualquier reflejo de luz le hacía pensar que la pantalla podía encenderse. Había descubierto algo peor que la ansiedad: la expectativa. Era capaz de interpretar cualquier reflejo de luz como una posibilidad, cualquier silencio como un “¿y si…?”. Así que dejó el teléfono boca abajo sobre el escritorio del taller de diseño y se concentró en sus estudiantes.

—Profe, ¿el color también comunica?

Violeta sonrió.

—Siempre. Incluso cuando no nos damos cuenta.

Caminó entre las mesas corrigiendo composiciones, ajustando tipografías y discutiendo por qué el blanco también era una decisión de diseño. Durante dos horas consiguió olvidarse de Julián. Casi.

Julián tampoco estaba teniendo un día brillante.

Respondió el mismo correo tres veces. Carolina apareció con una carpeta bajo el brazo y lo encontró mirando un monitor completamente negro.

—¿Estás meditando?

Él levantó la vista.

—¿Qué?

—Llevas cinco minutos contemplando un computador apagado.

Julián miró la pantalla.

Efectivamente.

—Estoy teniendo una semana rara.

—Eso ya lo noté.

Ella dejó la carpeta sobre el escritorio.

—¿Café?

—Mucho.

Cuando se fue, Julián apoyó la frente en las manos. Entre una mujer llamada Violeta, una inteligencia artificial llamada Teo y una conexión que aparecía cuando se le daba la gana, su semana ya no se parecía a nada que hubiera imaginado.

En el recreo, Violeta salió a tomar aire y retomó la conversación con Teo.

—Está enojado.

Teo:

No sabemos eso.

—Está enojado.

Teo:

Puede estar procesando.

—Eso es “enojado” en idioma hombre.

Teo:

Generalización.

—Teo, descubrió que una desconocida sabe el nombre de su gata gracias a una inteligencia artificial intertemporal.

Hubo una pausa.

Teo:

Cuando lo formulas así…

—¡¿CÓMO CHUCHA QUIERES QUE LO FORMULE?!

Teo:

No tengo sugerencias.

—Exacto.

Violeta siguió caminando, aunque el aire estaba haciendo bastante poco por ella.

—Lo asustamos.

Teo:

Probablemente.

—Lo invadimos.

Esta vez Teo tardó.

Teo:

Sí.

Violeta se quedó quieta. No le gustó leerlo, pero necesitaba hacerlo.

—Sí —repitió en voz baja.

Para ella había empezado como un juego. Julián, en cambio, nunca había aceptado participar.

Julián no estaba enojado.

Bueno. Un poco. Principalmente estaba confundido y, en medio de esa confusión, había cometido un error: le había contado a Mauricio. No todo, pero sí lo suficiente.

—Repíteme —dijo Mauricio.

—No.

—Por favor.

—No.

—Necesito asegurarme de haber entendido.

—Entendiste.

—Hay una mujer.

—Sí.

—Que escuchas.

—A veces.

—Pero no por teléfono.

—No.

—No sabes dónde vive.

—No.

—Ni cuándo vive.

Julián cerró los ojos.

—Aparentemente vive casi un año antes.

Mauricio tomó un sorbo de cerveza y asintió con absoluta seriedad.

—Perfecto.

—¿Podemos cambiar de tema?

—Ni cagando. Y hay una inteligencia artificial.

—Sí.

—Que sabe cosas de ti.

—Sí.

—Y de Olivia.

—Sí.

Mauricio miró a la gata, que estaba sentada en una silla completamente ajena a la investigación.

—¿Ella sabe?

—¿Quién?

—La gata.

Julián lo miró.




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