—¿Vamos? —preguntó Julián.
Violeta lo miró.
—Vamos.
Dieron tres pasos.
—Espera.
Julián se detuvo.
—¿Qué?
—¿Hay papas?
—Sí.
—Bien.
—Pero no son para compartir.
Violeta hizo ademán de devolverse.
—Podemos cancelar ahora mismo.
Julián se rio.
—Hay una porción para ti.
Ella se detuvo.
—¿Verificaste?
—Sí.
—¿Antes de venir?
—Sí.
Violeta lo apuntó con un dedo.
—Diecisiete planes.
—Solo cuatro esta vez.
—Estás progresando.
Caminaron hacia la entrada. El lugar era distinto al primero: más pequeño, con mesas bajas, música suave y una terraza interior llena de plantas. Violeta entró, miró alrededor y sonrió.
—Me gusta.
—Bien.
Ella giró lentamente.
—¿Qué dijiste?
—Que me alegra que te guste.
—No. Dijiste “bien”.
—Ah.
—Estás provocándome.
—Un poco.
Violeta sonrió. Esta era la segunda cita. Ya no tenía a quién aclararle que no lo era, y tampoco ganas de hacerlo: le gustaba salir con Julián. Mucho mucho. Se sentaron frente a frente y esta vez la conversación fluyó con facilidad. Hablaron de música y descubrieron una incompatibilidad que Violeta declaró gravísima.
—No.
—Sí.
—No puedes decir eso.
—Es mi opinión.
—Es una opinión incorrecta.
—No existen opiniones incorrectas.
—Acabas de demostrar que sí.
Julián defendía una canción que Violeta consideraba un atentado contra la humanidad.
—No bailaría eso ni borracha.
—Eso es falso.
—No me conoces borracha.
Julián levantó una ceja.
—Todavía.
Violeta tomó su copa.
—Cuidado.
—¿Qué?
—Estás abusando del “todavía”.
—Estoy explorando sus posibilidades semánticas.
—Hueón.
Él sonrió. Después hablaron de libros, viajes y proyectos propios. Julián quería conocer un lugar que Violeta ya había visitado; ella, aprender algo que él sabía hacer. Y por primera vez pudieron decir algún día sin preguntarse de qué año estaban hablando. Las papas llegaron. Dos porciones. Violeta miró la suya. Después la de Julián.
—La tuya tiene más.
—Son iguales.
—No.
—Violeta.
—Cuenta.
—No voy a contar papas.
—Porque sabes que tengo razón.
Julián tomó una de su plato y la dejó en el de ella. Violeta quedó inmóvil. Miró la papa. Después a él.
—¿Qué hiciste?
—Te di una papa.
—¿Voluntariamente?
—Sí.
—¿Estás enfermo?
Él se rio.
—Estoy intentando construir una relación basada en concesiones razonables.
Violeta dejó lentamente el tenedor.
—¿Una qué?
Julián se congeló.
—Concesión.
—No.
—¿Razonable?
—Antes.
Él supo.
Relación.
Se miraron.
—Ah —dijo Julián.
—Ah.
Violeta sintió calor. Él tomó vino. Ella hizo lo mismo.
—No quise decir…
Julián se detuvo. Violeta lo observó.
—¿Qué no quisiste decir?
Puta.
Él miró la mesa y después a ella.
—No sé.
Violeta sonrió un poco.
—Entonces no lo arregles.
Julián dejó escapar el aire.
—Gracias.
—De nada.
Siguieron comiendo, aunque los dos habían oído la palabra. Relación. Todavía no necesitaban decidir qué significaba. Por ahora estaban allí, compartiendo mesa, conversación y una papa que Julián había entregado por voluntad propia. Después de comer, Julián propuso caminar.