Donde el tiempo nos encuentre.

6. Las cosas que una no ve

El sábado por la mañana, Violeta estaba borrando fotografías.

Llevaba casi una hora frente al computador revisando carpetas antiguas. Sesiones, paseos, pruebas, imágenes que había tomado sin ninguna intención particular y otras que, en su momento, había considerado suficientemente buenas como para guardarlas.

Tenía demasiadas imágenes porque fotografiaba mucho y descartaba poco. Las malas eran fáciles de eliminar: algunas estaban desenfocadas, mal expuestas o no tenían nada que decir. Le costaba más decidir con las fotografías técnicamente correctas que, aun así, no le provocaban nada. Violeta abrió una, la observó y la eliminó. Con la siguiente hizo lo mismo.

—Tampoco.

Siguió avanzando hasta que apareció una fotografía que no recordaba.

Se detuvo.

Era una imagen sencilla. Una mujer sentada junto a una ventana, de perfil. La luz caía sobre una parte de su cara y dejaba el resto casi completamente oscuro. Violeta amplió la imagen. No estaba perfectamente enfocada ni tenía una composición impecable, pero había algo en ella. Violeta volvió a verla completa antes de acercarse otra vez al rostro de la mujer.

—¿Cómo chucha no vi esta?

Buscó la fecha. Dos años atrás. La había marcado como descartada.

Violeta se quedó mirándola.

Tomó el teléfono.

—Teo.

Teo:

¿Qué pasó?

—Encontré una foto.

Teo:

Me alegro mucho de que tus años de formación profesional finalmente estén dando frutos.

—Hueón.

Sacó una fotografía de la pantalla y se la envió.

—Esta.

Teo:

Es bonita.

—La descarté hace dos años.

Teo:

¿Por qué?

Violeta intentó recordarlo.

—No sé.

Amplió nuevamente la imagen. Quizá la había descartado por el foco o porque entonces buscaba otra cosa. Había tomado una decisión rápida y no había vuelto a cuestionarla.

—Supongo que no era lo que estaba buscando.

Teo:

¿Y ahora sí?

Violeta apoyó la espalda en la silla.

—Ahora no estoy buscando nada.

Teo tardó unos segundos.

Teo:

Ah.

—No te pongas profundo. Son las diez de la mañana.

Teo:

No dije nada.

Violeta sonrió. Volvió a la fotografía. Le resultaba extraño que, después de dos años, la imagen le pareciera completamente distinta. La fotografía no había cambiado; había cambiado su manera de mirarla.

—Qué hueá —murmuró.

Teo:

¿Qué?

—Nada.

Guardó la imagen en una carpeta distinta. No la puso entre las seleccionadas ni la devolvió a las descartadas. Creó una carpeta nueva.

VOLVER A MIRAR.

Teo vio el nombre en la captura que ella le mandó.

Teo:

Eso parece peligrosamente metafórico.

—Cállate.

Siguió revisando. Pasó buena parte de la mañana en su escritorio, con música, café, perros entrando y saliendo y una interrupción cada aproximadamente nueve minutos.

—¡Mamá!

—¿Qué?

—¿Dónde está…?

—¡NO SÉ!

Hubo un silencio.

—¿Pero puedes buscarlo?

Violeta cerró los ojos.

—Busca tú primero.

—¡Ya busqué!

—¿Buscaste de verdad o miraste desde la puerta?

Otro silencio.

—Desde la puerta.

—Busca de verdad.

Volvió al computador.

Teo:

Disponible Solito™ comienza en la infancia.

Violeta soltó una carcajada.

—¡CÁLLATE!

—¿Qué, mamá?

—¡Nada!

A mediodía había eliminado casi trescientas fotografías y recuperado siete.

No había recuperado esas siete imágenes porque su decisión anterior hubiese sido un error, sino porque ahora veía en ellas algo que antes se le había escapado. Violeta abrió nuevamente la primera. La mujer junto a la ventana. La observó unos segundos más. Después cerró el computador.




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