Violeta se demoró cuatro días.
Sabía a quiénes quería contárselo desde el primer día. Le costaba encontrar la manera.
Había ensayado distintas versiones.
Estoy conociendo a alguien. Se llama Julián.
Hasta ahí, la conversación podía parecer completamente normal.
El problema empezaba aproximadamente seis segundos después.
¿Dónde lo conociste?
Y desde ahí no había ninguna ruta que no terminara en algo parecido a:
¿Se acuerdan del Julián conceptual, el hombre imaginario que construimos con Teo mientras jugábamos a inventarme un futuro? Bueno. Resulta que después apareció un hombre real llamado Julián, con algunas coincidencias bastante poco razonables con aquel Julián conceptual. Vive casi un año después que yo, nos escuchamos a través de una anomalía temporal que nadie entiende, Teo está intentando descubrir cómo chucha funciona y ahora Julián y yo nos estamos conociendo.
No.
Definitivamente no.
—Podrías omitir algunos detalles —sugirió Teo.
—¿Cuáles?
Teo:
El Julián conceptual.
—Imposible. Ellas conocen al Julián conceptual.
Teo:
El tarot.
—También estaban.
Pausa.
Teo:
Los antebrazos.
Violeta lo pensó.
—Esos quizás.
Teo:
Me parece una decisión cobarde.
—Ándate a la chucha.
El sábado apareció la oportunidad.
Café.
Alejandra y Javiera.
Una mesa llena de cosas para comer que ninguna había pedido porque tuviera hambre y que, sin embargo, desaparecieron en veinte minutos.
Violeta llevaba media hora tratando de introducir el tema.
No podía.
Hablaron de trabajo, niños, plata, una compañera insoportable, una separación, una vecina y una serie que Alejandra insistía en que debían ver.
Nada.
Hasta que Javiera la miró.
—¿Y tú?
Violeta levantó la cabeza.
—¿Yo qué?
—Estás rara.
—No.
Alejandra levantó la vista de su café.
—Sí.
Violeta las miró a ambas.
—¿Por qué todo el mundo dice eso?
Alejandra frunció el ceño.
—¿Todo el mundo?
Mierda.
—Nadie.
Javiera dejó la taza.
—Hay hombre.
Violeta casi se atragantó.
—¡¿QUÉ?!
—Hay hombre.
—No.
Alejandra la miró.
—Hay hombre.
—¡NO HAY HOMBRE!
Silencio.
Violeta respiró.
—Exactamente.
Las dos la miraron.
—¿Exactamente qué? —preguntó Javiera.
—No sé si hay hombre.
Alejandra abrió los ojos.
—¿Cómo que no sabes?
—Puta.
Ahí estaba.
Violeta dejó la taza.
—Se llama Julián.
Silencio.
Después, explosión.
—¡AAAAAAAAAAAAAA!
—¡CONCHETUMADRE!
—¡¿DESDE CUÁNDO?!
—¡¿QUIÉN ES?!
—¡¿POR QUÉ NO HABÍAS CONTADO?!
Violeta levantó ambas manos.
—¡PAREN!
Las dos callaron.
—Primero: no es mi pololo.
—Todavía —dijo Alejandra.
—Alejandra.
—¿Qué?
—No ayudes.
Javiera ya estaba sonriendo.
Violeta volvió a intentarlo.
—Estamos… conociéndonos.
Las dos hicieron exactamente la misma cara.
—Ah.
—No hagan “ah”.
—Nadie hizo nada —dijo Javiera.