Donde el tiempo nos encuentre.

36. En línea

Violeta llegó a su casa a las diez y veintisiete. No alcanzó a meter completamente la llave cuando escuchó pasos y la puerta se abrió desde dentro. Isis apareció al otro lado. Isis miró a su madre, la bolsa del helado, la taza verde que llevaba en una mano y la chaqueta de hombre que todavía tenía puesta. Después volvió a mirarla a la cara.

—¿Qué? —preguntó Violeta.

Isis levantó ambas cejas.

—Nada.

—Estás haciendo cara.

—No estoy haciendo ninguna cara.

—Sí.

—¿Trajiste el helado?

—Sí.

—Perfecto.

Isis tomó la bolsa, se dio vuelta y avanzó dos pasos antes de detenerse.

—Bonita chaqueta.

Violeta cerró los ojos.

—Isis.

—¿Qué?

—Nada.

—Yo tampoco dije nada.

Desde el living apareció Facu.

—¡¡¡HELADOOOO!!!

—Son las diez y media.

—¡PERO TÚ DIJISTE!

—Sí, ya sé.

—¡ME PROMETISTE!

—Ya sé.

—¡ENTONCES PUEDO!

Violeta miró a Isis.

—¿Por qué está despierto?

—Esperaba el helado.

—¿Desde cuándo?

—Desde que te fuiste.

Violeta abrió los ojos.

—¡FACU!

—¿Qué?

—¡SON CASI LAS DIEZ Y MEDIA!

—Pero no dormí.

—ESO LO VEO.

Diez minutos después los tres estaban comiendo helado en la cocina. Porque Violeta tenía autoridad parental. Claramente. Facu tenía chocolate en la nariz. Isis observaba a su madre y Violeta intentaba ignorarla con una concentración admirable. Duró poco.

—¿Qué?

—Nada.

—Isis.

—Estoy comiendo.

—Me estás mirando.

—También puedo mirar mientras como.

Violeta tomó otra cucharada. Isis señaló la taza.

—¿Y eso?

—Una taza.

—Gracias. Verde.

—También lo veo.

—Entonces ¿por qué preguntas?

Isis apoyó los codos en la mesa.

—¿Te la regaló?

Violeta miró la taza.

—Sí.

La palabra le gustó.

Regaló.

Julián la había comprado durante los meses en que no hablaban: vio una taza verde en una tienda y se acordó de ella. Esa noche por fin se la había entregado, y ahora estaba sobre la mesa de su cocina.

—Ah —dijo Isis.

Violeta levantó un dedo.

—No hagas “ah”.

—No hice nada.

—Lo hiciste.

Facu levantó la cabeza.

—¿Quién te regaló una taza?

—Un amigo.

—¿El que fuiste a ver?

—Sí.

—¿Cómo se llama?

Violeta sonrió apenas.

—Julián.

Facu lo pensó.

—¿Es viejo?

Violeta casi se atragantó.

—¿Qué significa viejo?

—Como tú.

Isis escupió una carcajada.

—¡JUAJUAJUAJUA!

Violeta dejó la cuchara.

—Se acabó el helado.

—¡MAMÁ!

—No vuelvas a decirme vieja mientras comes helado que yo pagué.

—Pero ya lo compraste —dijo Facu, sin dejar de comer.

Isis se rio más fuerte. Violeta levantó las manos: había perdido. Facu, completamente ajeno al conflicto, siguió comiendo. Durante unos segundos pareció satisfecho con la información. Violeta cometió el error de relajarse.

—¿Y Julián es bonito?

Silencio.

Isis dejó la cuchara. Violeta miró a Facu.

—Come.

—Pero ¿es bonito?

—Facu.

—¿Sí o no?

Isis estaba disfrutando demasiado. Violeta bebió agua.

—Sí.

Isis hizo un ruido absolutamente innecesario.

—¡AAAAAAAH!

—¡CÁLLATE!




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