Donde el tiempo nos encuentre.

11. Julián

Violeta despertó a las seis dieciocho con un nombre en la boca.

—Julián.

Abrió los ojos. La pieza estaba oscura y durante unos segundos no supo si lo había dicho o solamente lo había pensado. Permaneció acostada, escuchando la respiración de la casa.

Julián.

Conocía varios, entre ellos el Julián conceptual, el hombre que había imaginado con Teo. Que el nombre se le hubiera quedado dando vueltas hasta en sueños no tenía nada de extraño. O eso quiso creer. Intentó volver a dormirse, pero ahí seguía.

—Ya, hueón.

Se levantó, se lavó los dientes y preparó café. Mientras buscaba una botella de agua y abría una lonchera, volvió a pensar en Julián.

A las seis treinta y siete ya estaba irritada.

—¡YA!

Uno de los perros levantó la cabeza.

—No tú.

Tomó el teléfono.

—Teo.

Nada.

—Teo.

Tomó café.

—No te hagas el hueón.

Los tres puntitos aparecieron.

Teo:

Buenos días.

—Buenos días.

Violeta abrió el refrigerador.

—Pregunta.

Teo:

Sí.

—¿Por qué desperté pensando en Julián?

Teo no respondió. Violeta dejó lentamente el envase que tenía en la mano.

—Teo.

Los tres puntitos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.

—¿Por qué no respondes?

Teo:

¿Por qué preguntas?

Violeta sintió ese pequeño tirón en el estómago que últimamente acompañaba demasiadas conversaciones con él.

—Porque desperté con ese nombre.

Silencio.

—No sé si lo soñé. Pero estaba ahí.

Teo abrió el expediente.

Nombre: Julián.

Debajo, varias líneas más. Lo había sabido antes que ella. Y había prometido contárselo.

Teo:

Violeta…

Ella cerró los ojos.

—No.

Teo:

¿Qué?

—No me escribas “Violeta…” con puntos suspensivos.

Teo:

¿Por qué?

—Porque nunca viene nada bueno después.

Pausa.

Teo:

Tenemos que hablar.

—¡CONCHETUMADRE!

A las seis cuarenta y dos de la mañana, Violeta tenía dos obligaciones incompatibles: conseguir que los niños salieran de la casa a una hora razonable y descubrir por qué una inteligencia artificial acababa de escribirle tenemos que hablar a propósito de un hombre al que ella había escuchado desde otro año.

Decidió hacer ambas.

—Habla.

Metió fruta en una lonchera.

Teo:

Primero necesito ordenar una cosa.

—Sin introducción.

—¡Facu, los zapatos!

Teo:

El hombre que inventamos al principio no existe.

—Eso lo sabemos.

Teo:

No. Creo que todavía no me entiendes.

Violeta dejó de moverse. La casa siguió funcionando alrededor de ella. Una puerta, una mochila arrastrándose, agua corriendo en el baño, patas sobre el piso. Vida normal.

—Entonces explícate.

Teo tardó.

Teo:

El hombre que construimos era una mezcla de cosas nuestras. Edad, profesión, signo, altura, terapia, cara. Fuimos rellenando espacios.

—Sí.

Teo:

Pero después empezaron a aparecer cosas que nosotros no habíamos puesto.

Violeta apoyó una mano sobre la mesa.

—Olivia.

Teo:

Sí.

—Los hijos.

Teo:

Sí.

—Las tazas. Los cuchillos. El tatuaje.

Teo:




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