—No hagamos una hueá de esto.
Julián miró a Violeta.
—Estoy de acuerdo.
—Es un almuerzo.
—Sí.
—Nada más.
—Exacto.
—Nuestros hijos van a conocerse.
—Sí.
—Pero no significa nada.
Julián ladeó la cabeza.
—Significa que nuestros hijos van a conocerse.
Violeta lo apuntó.
—Eso.
—Eso acabas de decir.
—Necesitaba escucharlo en voz alta.
—Ah.
—No digas ah.
Era domingo, doce treinta y siete, y estaban en la cocina de Violeta. Emilia y Vicente llegarían a la una. Isis seguía en su pieza; Facu daba vueltas por la casa preguntando cada siete minutos cuánto faltaba. Bruno llevaba toda la mañana convencido de que algo extraordinario iba a ocurrir. Mili, en cambio, dormía.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Julián.
—No.
—Violeta.
—Un poco.
—Mucho mucho.
Ella lo miró.
—No.
—Has ordenado esa servilleta tres veces.
Violeta bajó la vista.
La servilleta estaba perfectamente doblada.
—Estaba mal.
Julián sonrió.
—Claro.
—Tú ordenaste cubiertos cuando yo iba a conocer a tus hijos.
—No recuerdo eso.
—Yo sí.
—No hay evidencia.
—Te vi moverlos. Varias veces.
Julián la miró.
—¿Qué?
—Nada.
Sonó el timbre.
Ambos quedaron inmóviles.
—Llegaron —dijo Violeta.
—Probablemente.
—¿Quién más sería?
—No sé.
El timbre volvió a sonar.
Desde el pasillo apareció Facu.
—¿Son ellos?
—Sí.
—Ya.
Y caminó hacia la puerta.
Violeta lo siguió.
—¡Espera!
Facu se detuvo.
—¿Qué?
Violeta abrió la boca.
No tenía idea.
—Nada.
Facu la miró.
—Ya.
Julián soltó una risa detrás de ella.
—Cállate.
Emilia entró primero.
—Hola.
—Hola —respondió Violeta.
Después Vicente.
—Hola.
Julián los saludó.
Y entonces aparecieron Isis y Facu.
Durante un instante, las seis personas fueron perfectamente conscientes de por qué estaban ahí. Violeta sintió unas ganas violentas de decir cualquier cosa.
No alcanzó.
—Ella es Isis —dijo Facu.
Todos lo miraron.
Isis levantó una ceja.
—Gracias.
Facu señaló a Emilia y Vicente.
—Y ellos son los hijos de Julián.
—Sí, Facu —dijo Violeta.
—Ya.
Emilia sonrió.
—Hola, Isis.
—Hola.
Se miraron.
—Me gusta tu pelo —dijo Emilia.
Isis se tocó instintivamente.
—Gracias. El tuyo también.
—Gracias.
Silencio.
Vicente miró a Facu.
Facu lo miró.
—Hola —dijo Vicente.
—Hola.
Silencio.
—¿Te gusta el fútbol? —preguntó Vicente.
—Sí.
—A mí también.
—Ya.
Violeta cerró los ojos.
Julián se acercó a su oído.
—Está saliendo increíble.
—Cállate.
Los primeros quince minutos fueron raros, aunque no malos.
Emilia e Isis encontraron conversación bastante rápido.
Primero hablaron de ropa, después de música y, por último, de una profesora de Isis que, según su descripción, parecía ser una amenaza para la educación nacional.