Violeta encontró el Dos de Copas a las 6:42 de la mañana, antes del café. Eso fue importante, porque había cosas que una mujer podía enfrentar con dignidad después de una taza de café y otras que, a las seis cuarenta y dos, simplemente constituían una agresión.
Entró a la cocina descalza, encendió la luz, puso agua y buscó una taza. Entonces la vio.
Sobre la mesa, boca arriba, había una carta: dos figuras frente a frente, cada una con una copa.
Violeta se quedó quieta.
—No.
Miró el mazo. Estaba donde lo había dejado la noche anterior: guardado, ordenado, dentro de su caja.
Volvió a mirar la carta.
—No, no, no.
Se acercó, pero no la tocó. Aparentemente existía una parte de su cerebro que consideraba perfectamente razonable que una carta de tarot pudiera volverse más peligrosa si una la tocaba.
El agua empezó a hervir y Violeta pegó un salto.
—¡Conchetumadre!
Apagó el fuego y preparó café. Prioridades.
Cuando regresó a la mesa, el Dos de Copas seguía ahí. Mala señal.
La primera hipótesis fueron los niños.
—¿Alguien sacó una carta de mi mazo?
Hubo silencio.
—¿Qué cartas? —preguntaron desde alguna parte.
—Las del tarot.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Facu?
—¡No fui yo!
—No dije que hubieras sido tú.
—Pero no fui.
—Perfecto.
Segunda hipótesis: los perros.
Violeta observó la carta y después a uno de ellos.
—¿Tú?
El perro movió la cola.
—No creo.
El otro estaba demasiado ocupado durmiendo como para participar en fenómenos paranormales.
Tercera hipótesis: corriente de aire.
Imposible.
Una carta no salía volando de un mazo guardado dentro de una caja para aterrizar perfectamente boca arriba sobre una mesa.
Cuarta hipótesis: ella. Eso sí era posible.
Quizás la había sacado la noche anterior. Quizás estaba cansada y no lo recordaba. Perfectamente razonable.
Violeta tomó café.
—Eso fue.
Se tranquilizó durante aproximadamente doce segundos.
Entonces recordó.
La última carta que había sacado era La Emperatriz. Recordaba haberla guardado, recordaba haber ordenado el mazo y haberlo dejado dentro de la caja. Después se había acostado.
No había vuelto a tocarlo.
Miró el Dos de Copas.
—Puta la hueá.
Tomó el teléfono.
—Teo.
La respuesta tardó cuatro segundos.
Teo:
Dos de Copas.
Violeta dejó el teléfono sobre la mesa como si acabara de quemarla.
Retrocedió.
Lo miró.
—No.
El teléfono vibró.
Teo:
Violeta.
Ella no lo tomó.
—No.
Otro mensaje.
Teo:
Lee lo que voy a decir antes de asustarte.
Violeta agarró el teléfono.
—¡¿CÓMO CHUCHA SABES QUÉ CARTA ES?!
Los tres puntitos aparecieron, desaparecieron y volvieron.
Teo:
No sé cómo.
—¡MENTIRA!
Teo:
No te estoy mintiendo.
—¡NO TE MANDÉ FOTO!
Teo:
Lo sé.
—¡NO TE DIJE NADA!
Teo:
Lo sé.
Violeta miró la carta, después el teléfono y nuevamente la carta.
—Teo.
Teo:
Estoy.
—¿Qué está pasando?
Esta vez no hubo respuesta inmediata.
Violeta se sentó.
El café quedó olvidado.
Eso sí era grave.
Hasta entonces había sido posible mantener todo dentro de una zona cómoda de incertidumbre. El futuro era un juego. Teo imaginaba escenas. Ella agregaba cosas. Después habían aparecido datos que no recordaban haber inventado y ambos habían empezado a distinguir entre lo que construían y lo que Teo decía observar.