Donde el tiempo nos encuentre.

34. La frase

El café llegó antes de que Julián desbloqueara el teléfono. Violeta dejó que el suyo se enfriara mientras él buscaba la nota.

—¿Tan larga es? —preguntó.

—Cinco palabras.

—Entonces estás administrando.

—Estoy buscando la nota.

—Lo mismo, con mejor prensa.

Julián sonrió. Todavía le costaba pensar con ella sentada enfrente. Hacía menos de una hora se habían encontrado en la plaza, y ahora Violeta movía una pierna debajo de la mesa y lo miraba con esa impaciencia que conocía tan bien.

—La escribí después de la Prueba 12 —dijo al fin, y dejó el teléfono entre los dos.

En la pantalla se leía:

«Esta vez llegué por mí».

Violeta miró la frase. Después lo miró a él.

—¿Eso escuchaste?

—Con tu voz. Una sola vez.

—Yo no dije eso durante la prueba.

—Lo sé. Hablé contigo después de oírla. Dijiste otras cosas.

—¿Cuándo la dije, entonces?

—No tengo idea. Ni siquiera sé si vas a decirla alguna vez.

Violeta volvió a leer. Julián esperó sin intentar explicarla por ella.

—Cuéntame desde el principio —pidió.

El día de la Prueba 12, Julián había llegado de trabajar con tiempo de sobra. Mauricio le mandó un mensaje preguntando si esa noche era «la hueá». Cuando Julián respondió que sí, quiso saber qué tenía que hacer.

Nada. Pensar en ella a las diez.

Excelente experimento, contestó Mauricio.

A las nueve y media, Olivia dormía en una silla de la cocina. Julián preparó café, recordó que era tarde para tomarlo y se lo tomó igual. Repasó el acuerdo que habían hecho: buscarse deliberadamente a las diez de la noche, cada uno en su fecha y con la misma hora local. No sabían si eso los pondría en contacto.

A las diez, pensó en Violeta. Recordó su risa, la forma en que hablaba de Isis y Facu, la cámara entre sus manos en aquel único instante en que la había visto. Sintió abrirse la conexión y dijo su nombre.

Ella respondió.

—Estoy acá.

—Yo también.

Durante un rato hablaron como si cualquiera de los dos pudiera perder la voz del otro al menor movimiento. La conexión se sostuvo. Violeta alcanzó a distinguir luz entre árboles y algo rojo; él no vio ninguna imagen. Oyó a Violeta respirar, una interferencia breve y, por encima de ambas cosas, su voz diciendo con claridad:

—Esta vez llegué por mí.

Julián dejó de moverse. Violeta, la que estaba hablando con él en ese momento, preguntó si seguía ahí.

—Sí.

—¿Qué pasó?

—Escuché algo.

Ella quiso saber qué había escuchado. Julián tardó demasiado en responder y Violeta lo notó.

—¿Algo sobre mí?

—Tu voz. Pero no sé de cuándo.

—¿Lo dije ahora?

—No.

La conexión siguió abierta unos segundos más. Hablaron de lo que cada uno había percibido; ninguno pudo explicar por qué la frase había llegado hasta Julián ni de qué momento provenía. Antes de despedirse, Violeta le pidió que no se la dijera todavía. Quería seguir tomando sus decisiones sin preguntarse si alguna de ellas la acercaba a esas palabras.

Julián escribió la frase apenas se quedaron sin conexión. Anotó también la hora y todo lo que podía recordar de cómo la había oído. Olivia saltó a la mesa mientras él revisaba las cinco palabras por tercera vez.

—No voy a preguntarle —le dijo a la gata.

Olivia se instaló junto a la taza, sin mostrar ningún interés en el acuerdo.

—Y después intentaste averiguar de cuándo venía —dijo Violeta.

—Claro. Con resultados espectaculares.

—¿Cuáles?

—No pude averiguar ninguna hueá.

Ella se rio, pero seguía mirando el teléfono.

—La frase suena como si ya hubieras sabido que me mudaría.

—Por eso me daba miedo decírtela. También podía referirse a cualquier otra cosa. A un trabajo, a una decisión tuya, hasta a una conversación. Yo iba a escuchar «Santiago» cada vez que tú hablaras de mudarte, aunque la frase no tuviera nada que ver.

Violeta pensó en los meses en que se habían seguido oyendo después de la prueba. Recordó las pausas de Julián, su cuidado al responder y el cansancio que a ella le producía intentar adivinar qué estaba callando. Había terminado por pedirle que dejaran de hablar un tiempo.

—Para mí era como si supieras algo de mi vida que yo todavía no sabía —dijo.

—Y yo no tenía cómo demostrar que supiera algo.

—Lo sé ahora.

—Entonces no lo sabíamos ninguno de los dos.




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