Violeta se dio vuelta y ahí estaba Julián, a pocos pasos. En aquel único destello lo había visto preparando café; ahora podía mirarlo tanto como quisiera. Durante un segundo ninguno hizo nada. Ni siquiera sonrieron: solo se miraron. Violeta había pensado muchas veces en ese momento, aunque últimamente había dejado de ensayarlo en su cabeza.
Había imaginado que reconocería inmediatamente cada rasgo. Que sentiría algo enorme. Que el cuerpo le daría alguna señal. Que el universo, después de toda la hueá que había hecho para llevarlos hasta ahí, tendría la decencia de producir al menos una brisa dramática.
Nada.
Frente a ella había un hombre real, más alto de lo que había calculado, con el pelo oscuro salpicado de canas y una polera oscura. Tenía las manos quietas junto al cuerpo y los ojos puestos completamente en ella. Pero había algo que Violeta nunca le había visto. Julián estaba asustado. No mucho mucho. Muchísimo. Eso fue lo primero que la hizo sonreír. Él vio la sonrisa y algo en su cara se aflojó.
—Hola —dijo.
Violeta sintió el golpe de esa voz que la había acompañado durante meses en el auto, en la cocina y en noches separadas por fechas distintas. Ahora llegaba desde el hombre que estaba frente a ella; oía incluso la respiración entre una palabra y otra.
—Hola —respondió ella.
Su propia voz también sonó extraña. Julián sonrió. Y Violeta lo miró.
Ahora sí.
Se detuvo en sus ojos, en la barba, en la boca. La mirada le bajó por el cuello y los hombros hasta llegar a los antebrazos.
Error.
Volvió inmediatamente a la cara. Demasiado tarde. Julián levantó una ceja. Violeta apretó los labios.
No.
Él intentó mantener la seriedad. No pudo.
—¿En serio?
Violeta explotó.
—¡JUAJUAJUAJUAJUA!
Julián se tapó la cara.
—¡CONCHETUMADRE, VIOLETA!
—¡NO HICE NADA!
—¡ME MIRASTE LOS BRAZOS!
—¡NO!
—¡LO VI!
—¡ESTABA HACIENDO UN RECONOCIMIENTO GENERAL!
—¡¿GENERAL?!
—¡VISUAL!
—¡TE DETUVISTE!
—¡NO ME DETUVE!
—¡HUBO UNA PAUSA!
Violeta estaba doblada de la risa. Julián también. Una señora que caminaba cerca los miró. Violeta intentó recuperar la compostura.
—Perdón.
—Meses.
Julián señalaba sus propios brazos.
—Meses hueveando con esto.
—¡NO ES MI CULPA!
—¿De quién?
—¡TUYA POR TENERLOS!
Silencio.
Violeta abrió los ojos.
—No.
Julián quedó inmóvil. Ella se tapó la cara.
—No dije eso.
Julián empezó a reírse tan fuerte que tuvo que darse vuelta.
—¡JUAJUAJUAJUA!
—¡CÁLLATE!
—¡“TUYA POR TENERLOS”!
—¡NO ERA ESO!
—¡¿ENTONCES QUÉ ERA?!
—¡NO SÉ!
Violeta quería desaparecer. No literalmente. Pero bastante.
—¿Podemos reiniciar?
Julián respiró.
—Sí.
Se acomodó. Volvió a ponerse frente a ella. Serio.
—Hola.
Violeta lo miró.
—Hola.
Pausa.
Los dos aguantaron. Tres segundos. Julián bajó lentamente la mirada hacia sus propios brazos. Violeta explotó otra vez.
—¡HUEÓN!
Y ahí terminó cualquier posibilidad de un encuentro solemne.
Cuando dejaron de reírse ocurrió algo distinto. El silencio regresó. Pero ya no daba miedo. Violeta lo miró otra vez. Esta vez sin apuro. Y Julián hizo lo mismo. Ella pudo verlo. No al hombre que había construido en su cabeza. No al Julián conceptual. No al futuro. No a una posibilidad.
A él.
Descubrió cosas que tres segundos nunca habrían podido mostrarle: una línea junto a sus ojos al sonreír, una cana que desde lejos no se veía, la leve inclinación de su cabeza cuando la observaba. En el antebrazo izquierdo tenía una montaña irregular tatuada; cerca de una mano, una pequeña marca. Julián también estaba descubriendo cosas nuevas.
Violeta movía mucho más las manos de lo que él había imaginado. Sus expresiones cambiaban rápido. Los ojos se le achicaban antes de reír. Cuando estaba nerviosa se llevaba el pelo detrás de la oreja. Y ahora estaba nerviosa. Mucho. Julián sonrió.
—¿Qué?
—Nada.