La conexión apareció a las once y treinta y siete de la noche.
Sin cartas, imágenes atravesando el tiempo ni gatos mirando esquinas: nada digno de ser registrado en ANOMALÍAS.
Violeta revisaba fotografías para su portafolio frente al computador. Julián estaba acostado con Olivia a los pies de la cama. La conexión llegó en medio de una noche corriente.
—Hola.
Violeta levantó la cabeza y sonrió antes de responder.
—Hola.
—¿Qué haces?
—Estoy revisando fotos. ¿Y tú?
—Nada.
—¿Nada nada?
—Estoy acostado.
Violeta dejó de mover el mouse durante medio segundo.
—Ah.
Silencio.
—¿Qué?
—Nada.
—Hiciste una pausa.
—No.
—Sí.
—Estaba mirando una foto.
—Mentira.
—¿Cómo sabes?
Julián sonrió en la oscuridad.
—Porque dejaste de hablar justo después de que te dije que estaba acostado.
—Eso no prueba nada.
—Ahora sí.
Violeta se rio.
—Pesado.
Julián dejó el libro sobre el velador y apagó la luz. Las primeras veces había sentido que debía aprovechar cada segundo para preguntar algo antes de que la conexión desapareciera. Ahora ni siquiera tenía una pregunta preparada. Le bastaba con hablarle.
—¿Qué fotos estás mirando?
Violeta volvió la vista al computador.
—Las del portafolio.
—¿El que estás armando?
—Ese.
—¿Y?
—Estoy decidiendo cuáles dejo.
—¿Cuántas tienes?
—Demasiadas.
—¿Y cuántas necesitas?
—Menos.
Julián soltó una risa.
—Excelente sistema.
—No huevees. Elegir es difícil.
—¿Por qué?
Violeta amplió una de las imágenes. La miró unos segundos y volvió a reducirla.
—Porque hay fotos que técnicamente no son las mejores, pero tienen algo.
—¿Algo qué?
—No sé. Algo.
—Muy diseñadora tu respuesta.
—¡Soy diseñadora! Puedo usar conceptos abstractos si quiero.
—Conveniente.
—Además, no todo tiene que explicarse.
—Eso me daría ansiedad.
—Ya me di cuenta.
—¿Por qué?
—Porque hiciste un interrogatorio cuando supiste lo del Julián conceptual.
—Era razonable.
—Tenías cuestionario.
—Tenía preguntas.
—En orden.
Julián se rio.
—Quizás.
—¡LO SABÍA!
Violeta volvió a sus fotografías. La conexión estaba estable. No fuerte ni urgente. Más parecida a una radio perfectamente sintonizada a volumen bajo.
—¿Siempre has sido así? —preguntó ella.
—¿Cómo?
—Ordenado.
Julián lo pensó.
—No soy tan ordenado.
—No te creo.
—¿Por qué?
—Porque tienes cara de tener un lugar específico para dejar las llaves.
Silencio.
Violeta abrió los ojos.
—¿Tienes?
—No quiero responder esa pregunta.
—¡JULIÁN!
Él empezó a reírse.
—Tengo un recipiente.
—¡JUAJUAJUAJUA! ¡SABÍA!
—No te emociones. No funciona.
—¡¿CÓMO PUEDE NO FUNCIONAR UN RECIPIENTE?!
—¡PORQUE HAY QUE ACORDARSE DE PONERLAS!
Violeta tuvo que alejarse del computador porque ya no podía mirar la pantalla de la risa.
—¡Entonces el problema no es el recipiente, hueón!
—Nunca dije que lo fuera.
—¿Y pierdes las llaves?
—Ocasionalmente.
—¿Cuánto es ocasionalmente?
—Información clasificada.
—Mira el hueón.
Cuando finalmente terminaron de reír, apareció un silencio.