El sábado, Julián llegó dieciocho minutos tarde. Dieciocho. Violeta lo sabía porque a los nueve había mirado la hora; a los doce había decidido que no volvería a hacerlo, y a los catorce la había mirado otra vez. A los dieciocho ya consideraba seriamente una rebaja de puntaje. El mensaje había llegado antes:
Julián:
Voy atrasado. Perdón.
Después:
Calculo 15 minutos.
Eso había evitado el homicidio, aunque no la irritación. Violeta estaba apoyada contra el auto cuando lo vio aparecer caminando rápido desde la esquina.
—Dieciocho.
Julián ni siquiera había alcanzado a saludarla.
—Hola.
—Dieciocho.
—Lo sé.
—Dijiste quince.
—Me equivoqué en tres.
—Eso significa que además calculas mal.
Julián se detuvo frente a ella.
—Se complicó una cosa antes de salir.
—¿Qué cosa?
—Una cosa.
Violeta levantó una ceja.
—Excelente explicación.
—Te la puedo contar, pero primero…
Levantó una bolsa de papel. Violeta la miró.
—¿Qué es eso?
—Una medida de mitigación.
—¿Me estás sobornando?
—Sí.
Eso la hizo reír.
—Por lo menos eres transparente.
Julián le entregó la bolsa. Violeta miró dentro.
—¿Pasteles?
—Dos.
—¿Por qué dos?
—No sabía cuál ibas a querer.
Violeta lo miró.
—Eso es una estrategia peligrosa.
—¿Por qué?
—Porque ahora quiero los dos.
—Lo consideré.
—Siete coma ocho.
—¡¿BAJÉ?!
—Llegaste tarde.
—¡AVISÉ!
—Por eso sigues sobre siete.
Julián cerró los ojos.
—Este sistema es una mierda.
—Evaluación formativa.
—Hola, Violeta.
Ella sonrió.
—Hola, Julián.
Se besaron. Primero uno corto. Después, otro que no lo fue tanto. Cuando se separaron, Violeta levantó la bolsa.
—Ocho.
—Corrupción.
—Absoluta.
El plan era simple: caminar, sacar fotos y comer algo. Nada que pudiera alterar la estructura del universo. Violeta llevaba la cámara. Julián la había visto trabajar una sola vez, durante unos segundos, desde otro tiempo: Una imagen breve de ella concentrada, inclinada sobre la cámara, completamente ajena a que alguien la estaba mirando. Pero eso no significaba que supiera cómo era salir con ella a fotografiar. Violeta tampoco sabía cómo era tenerlo al lado mientras lo hacía.
Y descubrieron la respuesta aproximadamente veinte minutos después. Era paciente. Mucho. Demasiado, incluso. Violeta podía detenerse frente a una pared durante cuatro minutos y Julián no preguntaba qué estaba mirando. Podía retroceder, cambiar de ángulo, esperar, cruzar y volver. Julián simplemente encontraba algún lugar donde ponerse sin atravesarse. Al principio Violeta pensó que estaba siendo especialmente considerado. Después empezó a sospechar que el hueón tenía un talento natural para entretenerse solo. Lo encontró mirando una ferretería.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Llevas como tres minutos mirando esa vitrina.
—Sí.
—¿Por qué?
Julián señaló.
—Ese taladro está muy barato.
Violeta miró el taladro. Después a él.
—¿Necesitas un taladro?
—No.
—Entonces ¿por qué lo miras?
—Porque está barato.
Violeta quedó en silencio.
—No entiendo a los hombres.
—No creo que esto sea representativo.
—Espero que no.
Siguieron caminando. Dos cuadras después, Violeta encontró una escena. Un hombre mayor estaba sentado afuera de un negocio, en una silla de plástico, bajo la sombra de un toldo. Una bicicleta descansaba contra la pared amarilla. Se detuvo. Julián siguió dos pasos y después también se detuvo. Violeta levantó la cámara. Miró y esperó. El hombre movió una mano.
No.
Bajó la cámara y esperó otra vez. Una mujer salió del negocio y le pasó una botella de agua. Él sonrió. Violeta levantó la cámara. Clic. Otra. Clic. Bajó la cámara y miró la pantalla. Julián seguía unos metros atrás.